SEGUNDA PARTE. BERLÍN, SANTIAGO DE CHILE
La Fuerza Pública (…) representa la organización que el Estado se ha dado para el resguardo y defensa de su integridad física y moral y de su identidad histórico-cultural. (Augusto Pinochet)1
Esta lógica fascista, en sentido amplio, fue esencial en la filosofía esotérica del hitlerismo, a comienzos del siglo XX. La Sociedad Thule (Thule-Gesellschaft), un grupo ocultista alemán que en aquel entonces tuvo fuerte influjo sobre el nazismo, inseminaba la mitología de la “raza aria”, “quinta raza raíz descendiente de los atlantes” (una adaptación de la teosofía de Helena Blavatsky), así como el de la “patria hiperbórea” (Thule), que no era un lugar geográfico, sino un símbolo abstracto de pureza espiritual en el extremo norte del planeta. El racismo, además, se entendía no sólo desde la “ciencia de la raza” de la época, sino también desde la concepción de un “racismo esotérico”, según el cual el judío no era sólo un “enemigo racial” en sentido biológico-político, sino una “fuerza metafísica corruptora del espíritu ario” (antisemitismo esotérico): el judaísmo representaba la “contra-raza” que encarna el materialismo (apego a lo corporal, concreto), versus el espiritualismo ario (dedicado a símbolos abstractos: origen, destino, honor, espíritu). En consecuencia, el cuerpo judío —y luego el eslavo, gitano, no-heterosexual, comunista, discapacitado, etc.— era un obstáculo material (contaminación degenerativa física, estética, moral e intelectual) para la realización del símbolo abstracto y su teleología: la raza aria como realidad espiritual. Todo esto se alineó, por supuesto, desde fines de los años veinte, con la “metafísica de la sangre” de Alfred Rosenberg: la sangre como vehículo del alma racial. La sangre no sería un mero fluido biológico, sino un símbolo espiritual que porta el “alma étnica”, de modo que los cuerpos individuales sólo importan como portadores de esa sangre simbólica: como corolario, el sufrimiento corporal es irrelevante si sirve a la purificación de la sangre racial (símbolo abstracto). En efecto, las SS (Schutzstaffel, Escuadrón de Protección), bajo su aspecto de aparato policial-militar dirigido por Heinrich Himmler, funcionaba como “orden esotérica”, y tenía bajo su comando a la Ahnenerbe (Forschungsgemeinschaft Deutsches Ahnenerbe, Sociedad de Estudios de la Herencia Ancestral Alemana), que entre otras cosas buscaba vehementemente “artefactos simbólicos” (Santo Grial, Lanza de Longinos) para “activar el poder espiritual ario”. En el Castillo de Wewelsburg, en el norte del Estado federado alemán de Nordrhein-Westfalen, Himmler estableció un centro de rituales SS donde se practicaba una suerte de religión que reemplazaba al cristianismo (considerado “judaizado” por su compasión por los débiles), y, en ese contexto, los cuerpos de los oficiales SS eran vistos como “templos del espíritu ario”, mientras los cuerpos “inferiores” eran considerados descartables, sacrificables, matables impunemente.
Es interesante notar las líneas discursivas que se entretejen. Por una parte, el curioso gnosticismo de los nazis: si para el gnosticismo tradicional (Egipto, zoroastrismo, judaísmo y cristianismo primitivo, catarismo, maniqueísmo, herejía cristiana) el espíritu es prisionero de la materia, y la salvación es escapar de lo corporal. Pero según el gnosticismo del esoterismo hitleriano, el espíritu racial ario está prisionero en la materia corrupta (mezcla racial, degeneración), y la salvación es purificar la materia (cuerpos) mediante segregación y exterminio. Según esto, los campos eran laboratorios alquímicos donde se separaba lo “puro” (oro) de lo “impuro” (cuerpos judíos). Racismo esotérico (Arthur de Gobineau y Houston Stewart Chamberlain): la raza no es biología, es espiritualidad encarnada (acá es interesante otra vez leer el libro de Karmy antes referido), de modo que la “mezcla racial” es un pecado metafísico que corrompe el símbolo abstracto de la pureza (comunidad pura, sociedad disciplinada). El Holocausto como acto de higiene metafísica: no sólo matanza, sino ritual de purificación simbólica, genocidio. Julius Evola, luego, elogiaría desde los discursos del “imperialismo pagano” y el “mito de la sangre” una espiritualidad heroica expresada en la acción del individuo sacrificial, despreciando la “compasión” y la “igualdad” como “valores burgueses” que obstaculizan el desarrollo espiritual: el sufrimiento de los débiles es irrelevante frente al despertar de los fuertes (símbolo abstracto de la jerarquía espiritual). Y de ahí a la lectura de Nietzsche en la torsión de las runas, con su “desprecio por la compasión” (la moral de esclavos versus la moral de señores, dicen), la “voluntad de poder” (Wille zur Macht) y el “superhombre” (Übermensch) como figuraciones filosóficas del señorío (Herrschaft) del “ario puro que crea valores más allá del bien y del mal”.
Por supuesto que el corolario de este complejo discursivo es la cosificación absoluta del cuerpo “inferior(izado)”. En la filosofía esotérica hitleriana el cuerpo ario es templo del espíritu racial (símbolo). El cuerpo no-ario es materia sin espíritu o, más dialécticamente, con espíritu antagónico —ergo, eliminarlo no es asesinato, sino “cirugía metafísica” o “exterminio de parásitos” (lenguaje usado por Himmler).2 El sufrimiento de esos cuerpos es invisible porque no pertenecen al símbolo sagrado (la comunidad racial). La filosofía esotérica del hitlerismo puede contarse entre los ejemplos más extremos y sistemáticos de cómo los símbolos abstractos (raza, origen, destino, espíritu nacional) pueden justificar la aniquilación de cuerpos concretos, de pueblos, de formas de vida. No se trataría aquí, pues, de una simple estrategia política, sino de una metafísica arcóntica y cosmovisión religiosa donde lo abstracto (símbolo racial de la propia comunidad) es sagrado, y lo concreto (el cuerpo del “otro”) es sacrificable y prescindible. El líder político, el “conductor” (il Duce, der Führer, the leader, etc.), es el sumo sacerdote de esta religión política —de la muerte y la clausura de la imaginación—, por lo que su “misión histórica” exonera sus crímenes. Esta estructura discursiva, que es precisamente la del “rey lobo”, es formalmente similar a la justificación religiosa que excusa los pecados de un líder por su “lucha contra el mal”, sólo que llevada a su conclusión genocida. Ambas comparten la misma inversión idolátrica: sacrificar lo real (cuerpos) en el altar de lo abstracto (símbolo).
Hoy, tal inversión idólatra coincide con el punto en que se atraviesan “la cultura” y “la política”: el sentido de lo colectivo como dispositivo idólatra de organización técnica del mundo (culturas políticas del estalinismo, fascismo, nazismo, democracia neoliberal, gubernamentalidad cibernética, etc.). ¿Qué pasa en Chile, centro dictatorial y postdictatorial de experimentación neoliberal desde el último cuarto del siglo XX, hoy, mientras Estados Unidos ataca militarmente a Venezuela? En Chile la discursividad del “rey lobo” tiene, como en todos lados, turbia y mala historia. El pinochetismo fue el último rey-lobismo chilensis, antes de la transición tecnocrática del capital neoliberal “global” a su régimen cibernético de guerra, pandemia mediante, y en medio de implosiones fundamentalistas nacionalistas, religiosas, conservadoras, futuristas, identitarias, apocalípticas, filogenocidas, etc.
En Chile, sin duda, el discurso rey-lobista coincide con la articulación portaliana3del símbolo abstracto supremo de la “Nación Chilena” como entidad metafísica civilizacional (“esencia cristiana y occidental de Chile”), construido durante el siglo XIX, con el mito fundacional del “pronunciamiento militar” (golpe de Estado cívico-militar del 11 de septiembre de 1973, orquestado por Estados Unidos y las oligarquías y militares locales, en contexto de Guerra Fría), comprendido no como una toma del poder por la fuerza, con sus condicionantes geopolíticas imperiales y neocoloniales del caso, sino como un acto de “salvación nacional” anticomunista. Chile se habría encontrado bajo amenaza metastásica por el “cáncer del marxismo internacional”, lo que requería “cirugía mayor” (la violencia estatal).4 El símbolo sagrado: la “esencia cristiana y occidental de Chile”, amenazada por el “materialismo marxista”. Remitiendo a la Declaración de Principios del gobierno militar y a un sugestivo pasaje de un mensaje del dictador Pinochet a los profesores, ambos documentos de 1974, escribe Carlos Ruiz Scheneider:
Como lo recuerda la Declaración de Principios del Gobierno de Chile, de marzo de 1974, el régimen militar que se instaura en 1973 no es “neutral” y se propone terminar con las ideologías o acciones que suponen resquebrajar la “Unidad nacional”. En general, durante todo este primer período y aún también durante la etapa que se abre en 1979, el campo educacional es percibido fundamentalmente en términos de “seguridad”, como área de “infiltración” por el “enemigo interno” de la nación, es decir, por el “marxismo” y sus aliados. En el Mensaje del Excelentísimo Sr. Presidente de la Junta de Gobierno a los Educadores de Chile, el general Pinochet denunciaba “el deseo de alejar a nuestra Patria de los valores esenciales de su tradición cristiana, pretendiendo implantarnos el dominio de una ideología foránea anti-chilena, como es el marxismo-leninismo. A ello obedeció el deseo de uniformar las conciencias hacia derroteros ajenos a nuestro ser nacional, lo cual quedó de manifiesto en el proyecto de la llamada ‘Escuela Nacional Unificada’ propiciado por el régimen depuesto, y que con razón la inmensa mayoría de los chilenos combatió y rechazó” (Revista de Educación, nº 47, 1974, p.2).5
De este modo, en los ámbitos de la escuela y la universidad, la dictadura lleva adelante la represión –hostigamientos, detenciones, torturas, asesinatos, exilios– en orden a una depuración de las instituciones educacionales, mediante una violencia purificadora de todo elemento considerado como “ajeno a nuestro ser nacional” o “anti-chileno”. Estos elementos, tanto en el magisterio como en el estudiantado, son todos aquellos que hacen parte del “enemigo interno”, es decir, “el marxismo y sus aliados” que con su revuelta pretenden trastocar los “valores esenciales de la tradición cristiana de la Patria” –valores patrios que en Chile tradicionalmente arraigan en la familia y su interiorización de hábitos de orden y unidad, trabajo y obediencia.6 Esta preocupación por la depuración de la chilenidad respecto de las distorsiones marxistas se expresa, por ejemplo, cuando días después del golpe militar Augusto Pinochet decreta que:
La Fuerza Pública (…) representa la organización que el Estado se ha dado para el resguardo y defensa de su integridad física y moral y de su identidad histórico-cultural.7
Tal “integridad física y moral” de los chilenos, expresión de su “identidad histórico-cultural”, sería lo que habría que resguardar y defender de su destrucción por efecto de “los principios foráneos del marxismo”. Según la interpretación del propio general Pinochet y sus asesores, firmada como decreto unas semanas más tarde:
La doctrina marxista: 1) Encierra un concepto del hombre y de la sociedad que lesiona la dignidad del ser humano y atenta en contra de los valores libertarios y cristianos que son parte de la tradición nacional; 2) Es incompatible con el concepto de unidad nacional; 3) Se orienta a la destrucción de elementos esenciales y constitutivos del ser nacional.8
De ello se sigue la determinación de la “misión” de la dictadura en términos de “salvar a Chile”:
Sobre el nuevo Gobierno recae la misión de extirpar de Chile el marxismo, de reconstruir moral y materialmente el país hacia el desarrollo económico.9
Así como los nazis hablaban de “purificación racial”, la junta militar del pinochetismo hablaba de “purificación nacional” respecto de elementos “antichilenos”. Eso era posible y razonable porque la misma “doctrina de la Seguridad Nacional” (doctrina estadounidense, adaptación local vía Escuela de las Américas) funcionaba como discurso de religión política justificándolo: el enemigo no era sólo adversario político, sino enemigo existencial… el marxismo era una “fuerza metafísica” que corrompía el alma nacional. Corolario: los cuerpos de les prisioneres, torturades, ejecutades y detenides-desaparecides eran sacrificios necesarios para realizar el símbolo espiritual (origen, comando y teleología) de la nación esencial. Chile era “el último bastión de la cristiandad en Latinoamérica” contra el “ateísmo marxista”, y así.
La personificación de todo esto, como es característico del discurso del “rey lobo”, se tramitó en la figuración de un líder como instrumento del destino histórico. Así es como se estetiza a Pinochet, desde los primeros días de la dictadura, como “Salvador Providencial” —donde la “Providencia”10 de la teología cristiana ya se ha transubstancializado en el “Progreso” del orden secular del capital. Había quienes, en esa época, comparaban al general Augusto Pinochet con “Moisés conduciendo a Chile a través del mar Rojo del marxismo”. Hoy, décadas más tarde, sabemos a las claras que sus “defectos personales” (crueldad, corrupción posteriormente revelada, prepotencia, nepotismo) eran ocultados o justificados como “pecadillos” frente a su “misión histórica”. Dios usa instrumentos imperfectos para fines mayores, dicen. Y en el plano político, hasta hoy se esgrime el discurso sacrificial de que las violaciones a los derechos humanos fueron “excesos lamentables pero necesarios” en una “guerra total”, es decir, en una batalla por la existencia de un mundo jerárquico, familiar y propietario, amenazado por la materialidad irreductible del comunismo sin Dios ni ley, los indios, negros y mujeres insurrectas, los trans- y las transformaciones incomprensibles. En este contexto, la doctrina utilitarista del mal menor —el sufrimiento de miles (tortura, desaparición) “es preferible al sufrimiento de millones bajo el comunismo ateo”— dibuja un paralelo exacto con la lógica fascista: el símbolo sagrado (el “espíritu de la nación” salvado) justifica el sufrimiento concreto de la carne de los pueblos.
De hecho, bajo esta luz, el “milagro económico” chileno de los “Chicago Boys” y su modelo neoliberal fueron presentados no como una mera política económica, sino como una suerte de redención técnica de la esencia chilena (nacional-catolicismo mezclado con doctrina de “Seguridad Nacional” y tecnocracia capitalista norteamericana de avanzada). Pero mientras los cuerpos sufrían (desempleo, pobreza, represión), se exaltaba el símbolo del “éxito macroeconómico”, el “país moderno”: los excluidos del “milagro” eran considerados daños colaterales necesarios e invisibilizados como tales, constituyendo algo así como los desaparecidos económicos del sistema, en un país donde la estética del orden y progreso costaba la realidad del trauma represivo dictatorial —el Santiago limpio y ordenado (símbolo abstracto de progreso) convive ominosamente con los centros clandestinos de tortura (realidad concreta), así como los desfiles militares impolutos (símbolo de unidad nacional) conviven con las fosas comunes clandestinas del terror estatal del capital (realidad de la disidencia eliminada). La estetización fascista prioriza la apariencia de orden por sobre el sufrimiento real. En ese sentido, la desaparición forzada —los desaparecidos políticos— ha querido funcionar en Chile como técnica metafísica: no sólo matar, sino además hacer desaparecer el cuerpo, negando la materialidad del sufrimiento, convirtiendo a la víctima en un símbolo espectral (el “desaparecido” como categoría política). Este fuerte contraste se expresa en la escena de los familiares buscando los cuerpos de los desaparecidos, mientras el Estado niega la materialidad del crimen. Pero también en el “pacto de silencio” de los militares y la priorización de la “reconciliación” abstracta por parte de los políticos —la transición chilena, frente a la amenaza de los militares, priorizó la “estabilidad” institucional” por sobre la justicia plena (cuerpos de víctimas, esclarecimiento y condenas judiciales), de modo que los informes Rettig y Valech avanzaron en ese camino, pero con impunidad real para victimarios. Finalmente, esto también tiene su expresión discursiva en el orden del tiempo: “mirar el futuro” (posibilidad pura), dejando atrás el pasado (la realidad del terror estatal del capital y sus consecuencias).
De modo que tanto el nazismo como el pinochetismo intentaron destruir la evidencia corporal de sus crímenes para mantener intacto el símbolo sagrado (la nación pura, la patria ordenada), y en ambos casos —y desde su propia lógica— tuvieron como objetivo destruir no sólo el cuerpo, sino la identidad simbólica del disidente (su “alemanidad” pura, su “chilenidad” esencial, pues ser adversario de la dictadura pinochetista era considerado ser “antichileno”, así como hoy criticar el colonialismo genocida de los sionistas es acusado de ser “antisemita”). El pinochetismo aplicó en Chile una versión local de la lógica que sacrifica cuerpos reales en el altar de símbolos abstractos, usando un sincretismo ideológico donde el anticomunismo apocalíptico reemplazó al racismo esotérico como justificación metafísica del horror.
En el Chile de postdictadura, el símbolo abstracto perdurable de todo esto es el cadáver espiritual e institucional de Pinochet: el pinochetismo cultural y la Constitución de 1980. Aunque reformada, la Constitución mantiene su lógica de “democracia tutelada” (desconfianza en el pueblo) y primacía del mercado como orden natural. En tal sentido, los cuerpos (víctimas, pobres, excluidos) siguen sacrificialmente subordinados al símbolo del “orden constitucional” —que resuena, a su vez, con otros símbolos (Nación, Mercado, Libertad, Occidente “judeocristiano”, etc.). El discurso del “rey lobo” es una justificación teológico-política que presenta a un líder cruel y violento como un instrumento divino o histórico cuya misión (proteger a un pueblo, defender una civilización o combatir un “mal”) es más importante que sus actos atroces o deleznables. Esta lógica sacrifica la ética concreta en favor de símbolos abstractos (del orden de la nación, la religión, etc.), permitiendo excusar crímenes y violencias en nombre de un fin superior. En esta dirección, la lógica del “rey lobo” se podría estar desplegando hoy en Chile como un mecanismo de alineamiento con el imperio en declive: se justifica la sumisión a Estados Unidos —y su relanzamiento de la doctrina Monroe y la operación Cóndor— como una “misión histórica” necesaria para defender la “civilización occidental” frente a amenazas como el BRICS, China o gobiernos disidentes. Si Chile se embarca a navegar esas rutas, habrá que ver qué pasa con la relación entre capital y trabajo, y con el extractivismo y el saqueo intensificados, pero por de pronto ya veremos cómo se acentúan los ataques a la universidad crítica (“la catedral”) y los recortes a humanidades, artes y ciencias básicas, redirigiendo recursos hacia áreas estratégicas para el capital (ciencia aplicada, cibernética, industria militar, variando según región). La violencia simbólica y material —como el ataque a Venezuela hace unas horas— se presentarán como una “cirugía necesaria” para purgar lo “hostil o extraño” (los “comunistas narcoterroristas” venezolanos, los chinos, etc.) y realinear la región bajo hegemonía estadounidense. El nuevo gobierno chileno de Kast, al unirse a la comparsa de Trump, Netanyahu y Milei, ya está actuando como un “rey lobo” local. Pero, frente a las presiones de Estados Unidos, ¿hasta qué punto estará Kast dispuesto a sacrificar a los pueblos de Chile mientras naturaliza, en nombre del “Occidente” judeocristiano y capitalista, la destrucción de la ficción jurídica del “mundo basado en reglas”, el genocidio palestino y las agresiones neoimperiales en el propio continente?
NOTAS
1 General Augusto Pinochet, Decreto Ley nº 1 (Diario Oficial, 18 de septiembre de 1973).
2 En sus discursos, especialmente en los discursos de Posen de octubre de 1943, Himmler comparó explícitamente a los judíos con un “bacilo” o un “virus” que infectaba el “cuerpo” de la nación alemana. Himmler también usó la figura de la “cirugía metafísica”: el exterminio se presentaba como una intervención quirúrgica necesaria para extirpar un “tumor” o una parte podrida antes de que la infección destruyera todo el organismo. Así mismo, el proceso de asesinato masivo era descrito internamente con términos como “desinfectar”, “limpiar” o “purgar”, convirtiendo el crimen en una tarea de “higiene racial”.
3 Karmy, Rodrigo, «El fantasma portaliano. Arte de gobierno y república de los cuerpos», Ediciones UFRO, Temuco, 12022.
4 Henry Kissinger fue un destacado guerrerista de la política exterior estadounidense de los tiempos de la Guerra Fría, uno que, entre otras tropelías, orquestó el golpe de Estado en Chile, junto con las oligarquías y militares locales, el mismo año que recibió el Premio Nobel de la Paz (“Con Pinochet queríamos un cirujano, y contratamos a un carnicero”, sostuvo entonces en privado el galardonado).
5 Ruiz Schneider, Carlos, «De la República al mercado. Ideas educacionales y política en Chile», Editorial Lom, Santiago, 12010, pp. 100-101.
6 Para una ilustración del discurso ético-político de los civiles que apuntalan el sentido de la dictadura militar, cfr. documental «Chili: ordre, travail, obéissance» (dir. André Gazut, Chile-Suiza, 1976).
7 General Augusto Pinochet, Decreto Ley nº 1 (Diario Oficial, 18 de septiembre de 1973).
8 General Augusto Pinochet, Decreto Ley nº 77 (Diario Oficial, 13 de octubre de 1973).
9 Ibídem.
10 La avenida Nueva Providencia, anteriormente llamada avenida 11 de Septiembre, es una importante arteria vial de la comuna de Providencia, en Santiago, ciudad capital de Chile. Corre en sentido poniente-oriente, semiparalela a avenida Providencia, y fue creada para separar los flujos de subida y bajada de esta calle que estaba sobrecongestionada.
