Aunque nos parezca una ambición desmedida —y en efecto lo es—, aunque se nos repita que “no estamos preparados” para pensarla y aunque sepamos de antemano que nuestro pensamiento llega siempre tarde a aquello que pretende comprender, lo único que hoy, cuando todo parece precipitarse, merece ser pensado es la forma. No la forma como ídolo último, no la forma de las formas que vendría a garantizarnos una verdad, sino la forma en el único sentido que no se deja capturar por una definición: como formación, como formándose. Y es en este punto donde la forma revela su vínculo inseparable con la imaginación y con el poder, con la vida y con la muerte, con el lugar y con la utopía.
Porque la forma no es un contorno quieto que delimita una sustancia: es el choque mismo de fuerzas que se delimitan al chocar. Intensidades, volúmenes, ritmos: lo que se expande y lo que se pliega; lo que se ama y lo que se muerde; lo que se sostiene y lo que se quiebra; lo que se vuelve abstracto y, por esa abstracción, queda subsumido en una figura que se pretende neutral. Si hay una ilusión constante del pensamiento occidental, es creer que primero existe “algo” y luego su forma; pero quizá ocurre lo contrario: sólo hay algo en la medida en que hay una cierta manera de formarse, un cierto estilo de aparecer, una cierta economía de lo visible y lo invisible.
De ahí que la tarea sea eminentemente política. No porque la forma sea un “tema” de la política, sino porque la política no es, en el fondo, otra cosa que una deriva de la forma: el modo en que un conjunto de cuerpos, palabras, técnicas y afectos se organiza, se distribuye, se hace habitable o inhabitable. Lo político acontece allí donde una forma pretende convertirse en destino, donde un esquema se endurece y se presenta como natural, donde un orden se confunde con la vida misma. Y, sin embargo, una forma viva —si merece ese nombre— es siempre reversible, vulnerable, expuesta a su propia deformación.
Por eso tal vez nuestra época no pueda prometerse la invención serena de una “nueva forma”. Nos correspondería, más modestamente y a la vez con mayor radicalidad, una operación preliminar: la deformación, la desfiguración de las formas que nos gobiernan. Esto no es una consigna estética (aunque la estética aquí es imprescindible), sino una exigencia ética y política: sustraer a las formas dominantes su evidencia, devolverles su carácter de artificio, mostrar el punto exacto en que se han convertido en máquina. La forma, cuando se absolutiza, se hace ley; y la ley, cuando se separa de la vida, se vuelve mortífera. Desfigurar una forma no significa destruirla sin resto, sino liberarla de la necesidad que finge: devolverle su posibilidad.
Pero ¿dónde aprender de nuevo la posibilidad de la forma? Aquí se impone el gesto —aparentemente arcaico y en realidad intempestivo— de volver a los clásicos. No para venerarlos, sino para usarlos contra la tradición que los domesticó. Releer a los griegos allí donde dicen morphḗ, eîdos, schêma, y distinguir lo que en ellos es figura móvil de lo que se volvió esencia. Releer a los árabes cuando piensan la ṣūra (forma) no como cárcel de la materia, sino como modo de aparición en una inteligencia que no está separada del mundo. Releer a los chinos cuando la “forma” (xíng) no se entiende sin el lǐ (trama, patrón) y sin el soplo (qì) que atraviesa las cosas: no un molde, sino una circulación.
Y, al mismo tiempo, desentrañar los modos perdidos, no oficiales, truncados o falseados de los pueblos oprimidos. Porque la historia de las formas es también la historia de su confiscación: lo que una comunidad inventa para habitar, otra potencia lo captura para gobernar. Los archivos del vencedor siempre contienen, como en negativo, el boceto de otras formaciones posibles: técnicas menores, analogías prohibidas, cosmologías ridiculizadas, paradigmas borrados. La tarea no consiste en “rescatar identidades”, sino en restituir capacidades formativas: modos de relación, de medida, de transmisión.
En este punto, ciertas palabras antiguas vuelven a tener fuerza: analogía, paradigma, lo parecido. El pensamiento moderno desconfía de ellas porque no “demuestran”; pero acaso su virtud sea precisamente esa: no cierran, no totalizan, no convierten el mundo en objeto. La analogía no identifica, aproxima; el paradigma no deduce, muestra; lo parecido no define, deja entrever. Y junto a ellas reaparecen lo inacabado y lo infinito, lo extremadamente pequeño y lo tremendamente grande: no como extremos cuantitativos, sino como regiones donde la forma se vuelve inestable y revela su dependencia de una imaginación que no es fantasía privada, sino potencia común de configurar mundo.
Entonces se comprende que “pensar la forma” no sea un lujo teórico, sino la urgencia más concreta. Allí donde una administración, una técnica, una seguridad, un mercado o una guerra imponen sus formatos —sus plantillas, sus protocolos, sus métricas— lo que se decide es qué puede aparecer y qué debe desaparecer, qué cuenta como vida y qué queda reducido a residuo. Por eso la lucha no es entre contenidos, sino entre formaciones: entre maneras de ordenar lo sensible, de repartir lo posible, de instituir lugar o de prometer una utopía que no es “ningún lugar”, sino la apertura misma del lugar.
Si de esta búsqueda aparece “otra manera de formar”, tanto mejor. Pero incluso si no llegamos a verla, incluso si nuestra generación sólo pudiera dejar como herencia una deformación decisiva —una interrupción, un pliegue, una grieta en las formas que se presentaban como inevitables— esa sería ya una tarea titánica. Pues lo verdaderamente difícil no es imaginar una forma nueva, sino sustraer la vida a la forma que se ha vuelto destino y devolverle, por un instante, la dignidad de lo posible.
