En la séptima carta, Platón vincula su decisión de consagrarse a la filosofía a las desastrosas condiciones políticas de la ciudad en la que vivía. Tras haber intentado de todas las formas participar en la vida pública, escribe, al final se dio cuenta de que todas las ciudades estaban políticamente corrompidas (kakos politeuontai) y se sintió entonces obligado a abandonar la política y a dedicarse a la filosofía.
La filosofía se presenta, desde esta perspectiva, como un sustituto de la política. Debemos ocuparnos de filosofía porque —hoy no menos que entonces— hacer política se ha vuelto imposible. Es necesario no olvidar este particular nexo entre política y filosofía, que hace del filosofar un sucedáneo de la acción política, una suplencia y un resarcimiento ciertamente no del todo satisfactorio de algo que ya no podemos practicar. ¿Qué valor debemos entonces dar a este sustituto que no habríamos elegido si la vida política hubiera sido aún posible? La filosofía muestra aquí su verdadero significado, que no es el de elaborar teorías y opiniones para proponer a quienes creen que aún pueden hacer política. La filosofía es una forma de vida que nos permite vivir en condiciones políticamente invivibles. En esto —en cuanto nos permite habitar la inhabitable e impolítica ciudad— la vida filosófica muestra ser la única política posible en el tiempo de la imposibilidad de la política.
Fuente: Quodlibet.it
