El mundo aparece transparente. Pero cuidado: no es que el mundo parezca transparente, sino que, en su aparecer, se muestra así, supuestamente sin mediaciones. Sólo gracias a tal concepción afincada en la idea del transparente darse del mundo ante nuestra consciencia, el capitalismo cibernético es capaz de presumir del éxito ejercido por su propio proceso de absorción y abstracción de la vida, dando fruto a una lengua des-potenciada hasta su mínima expresión: la informática datificación de la transparencia.
En efecto, la empresa del capital cibernético consiste en asignar a los fenómenos la irrefutable univocidad de los datos. Las cosas, los horizontes, las experiencias mundanas, hoy han dejado de hacer resonar los ecos de su murmullo opaco y ambiguo en nuestros oídos. Al contrario, el capital cibernético se jacta de barajar los datos, y con ello de moldear y supeditar nuestra experiencia y afectos a la frenética velocidad de los flujos financieros; ostenta de su éxito a la hora de cifrar y recombinar innumerables cadenas de significantes neuronales, carentes de pensamiento, sobreabundantes de estimulación y anestésicos de la sensibilidad, absorbiendo, así, no sólo el mundo en códigos, sino también nuestra experiencia en su envolvente vacuidad. Con ello, reconduce el multiforme, proliferante y atonal caudal de la vida hacia un reseco estanque de datos veloces pero monocordes, de representaciones seductoras pero planas; estanque desprovisto de la tesitura y vibratos, de los ritmos, danzas y contradanzas, incluso inalterado frente a los gritos de quienes nos ahogamos en su solipsista y desértica lisura. El lenguaje del capital cibernético, con su clichés e imágenes sin imaginación ni demora, se trata de una máscara que, sin embargo, se nos presenta en como retrato y genuina -aunque precaria- narración descriptiva del mundo.
Máscara
Sobre toda máscara refulge la coloratura de las estrellas, pues en su faz se constelan los misterios y las formas. En su superficie habitan y se desfiguran las fuentes con sus derroches, los contornos barrocos que anuncian los placeres de nuestra fugaz demora y el éter que, algún día mortuorio y también liberador, diluirá la amargura de nuestra espera. Por eso, sólo se puede bailar y reír, sólo hemos de rozar la felicidad por medio de la piel de una máscara. En oposición, bajo toda máscara, allí donde emerge la identificable personalidad de un rostro, el misterio cesa en su danza, las coloraturas se fijan a las pupilas y los rubores se avergüenzan de sus -sólo ahora- desenmascarados pecados. El bajo la máscara es, en un ámbito de indeterminación, el designio religioso de la culpa sobre la persona, el proyecto del capital sumergido en la deuda, el principio de realidad que, según nuestra vana creencia, se anuda y resulta garantizado en la identidad de la persona. Hablamos de la persona en cuanto un atrás, un fundamento originario que, siendo reflejo individual de la voluntad de Dios, determinaría el uso de su propia máscara. Se trata de la presunta garantía del rostro. Tanto del rostro de la persona, tras la máscara, como del mundo tras la lengua de la cibernética.
Por cierto, el rostro personal y la lengua de la cibernética, han obliterado su constitutivo devenir máscara, presentándose, de golpe e inmediatamente, como una representación natural y fidedigna emanada desde atrás de aquella máscara. No asumen que, como nos enseñara Nietzsche, detrás de la máscara nos encontramos otra máscara ad infinitum. He ahí la transparencia: la ciega soberbia con que la máscara reniega de sí misma, mientras busca asirse a la salvación de un postrero rostro, mientras se aboca a delinear los rasgos personales cuya identidad le esperarían bajo ella. En suma, la máscara del capital cibernético se vale de una idea absolutista: la del fundamento que sienta el “aquí para siempre”. Sólo por eso el mundo se torna susceptible de transponerse a criterios de univocidad y lógicas de datificación que han de aparecernos, inmediatamente y en presunta correspondencia con la experiencia afectiva, como si fueran el mundo mismo. Pasa por la constante personal y mundanal que, dándole soporte y sentido, proyectarían las variables de su propia identidad en las figuras de la máscara.
Junto con esto habría que añadir algo importante. La transparencia no sólo es invocada en calidad de neutral y legitimadora garantía de lo que ya está dado para exhibirlo sin distorsión, como datos transmitiendo hechos. También, ella posee una connotación moral, cuyo énfasis se asocia a la honestidad de quien, siendo transparente en el discurso que profiere ante un semejante, confiesa aquello que bien podría ocultar. Es decir, enarbolar el discurso de la transparencia presupone una opacidad inicial, además de epistémica, moral: una falta originaria, un pecado a expiar. La transparencia, a la vez, se activa en calidad de profilaxis, previniendo la reiteración del pecado. Su función moral estaría destinada, siguiendo a Foucault, a abogar por un decir veraz que sería, en sí mismo, un hacer veraz.
En definitiva, el discurso de la transparencia se constituye en una ideología doblemente salvífica: moral y epistémicamente. En ella se juega no sólo la verdad, sino su relación con la santidad, con la extirpación de toda voluntad de engaño, del interés y de la mala conciencia. Inmediata relación con la verdad del mundo a través de la datificación; inmediata relación con la moral del mundo a través de la veracidad. La transparencia, en cuanto la máscara de su lenguaje opera en dependencia de su portador, no sólo se logra invisibilizar ella misma, sino también se torna inmune a la crítica.
Pero toda máscara, en cuanto asume su irreductible diferencial con respecto a la piel impersonal de la otra máscara -de la máscara otra– sobre la cual descansa, resulta redentora de la presuposición de la persona. La única máscara malsana es aquella que, ya sea por vergüenza o crueldad, encubre su propia mostración, haciéndola pasar por obra de la transparencia de un rostro.
Metafísica de la presencia
Uno de lo tópicos filosóficos que, desde el primer tercio del siglo XX, ha sido altamente crítico de la metafísica de la presencia es aquel desarrollado por el joven Heidegger, cuya valoración resulta recalcada por diversos fenomenólogos hasta nuestros días:
Heidegger, como es bien sabido, ha acuñado el concepto Vorhandenheit, el estar ahí dado, a la vista, proveniente de la forma de estar presente de las cosas, como el término en que se nivelan todas las diferencias ontológicas. (Rodríguez, R., p.179)
La transparencia cuenta con un carácter derivativo y reaccionario: se presenta salvíficamente, dispuesta a purificar una opacidad que le precede. En efecto, dicha salvación encontraría su finalidad en la depuración de la medialialidad: la transparencia volvería a asegurar la eficaz correlación entre la representación y la vida, los datos y el mundo. Por eso, siempre se presenta a posteriori, diferida en temporalidad e incoincidente en espacialidad con respecto a una realidad presuntamente originaria que ella pregona preservar y develar, sin incidir positivamente sin afectar más que para restituir. Su finalidad es mediar negándose a sí misma: ser la voz de una verdad que ella misma no dice, pero la cual transmite con el incuestionable peso que ostenta toda verdad. Inocente y abnegada, la datificación algorítmica opera vehiculizando afectos y materialidades, experiencias y fenómenos que, supuestamente, estarían detrás de sí. La ideología de la máscara personal, para mantener su éxito debe, tarde o temprano, apelar a la consciencia de verosimilitud.
De ahí la omnipresencia del carácter a-la-vista que define a la transparencia: siempre debe referir a una verdad fuera de sí, a la porosidad de un mundo objetualizado, de cuya experiencia abdica en la misma medida que pretende retratarla, narrarla o datificarla tan fielmente como es, y haciendo pasar el mundo como ya dado y, sobre todo, como vivible. Presentado la unívoca objetualidad de un mundo objetualizado a-la-vista, de un mundo vivible, incluso ahora, en tiempos de catástrofe.
Metáfora
La transparencia, al mostrar sin mostrarse, nunca se deja ver tal cual es. No obstante, hablamos de ella, existe y pesa: tan sólo se deja entrever luego de resultar contaminada -y destituida- gracias a la persistencia de un sustrato residual, de la opaca suciedad de un mundo desacralizado, el cual no busca descansar en el consuelo de una ilusoria pureza. Entrever la transparencia que no se deja ver sólo puede ser posible en virtud de una intuición poética: a la hora en que las cosas derraman la expresividad de su propio movimiento hermanado con el universo. En la experiencia afectiva el erotismo de lo poético nos abre a concebir que las cosas, en el libre juego material y conceptual inherente a su movimiento, siempre son más de lo que son. La imaginación metafórica, arrebatada sobre sí misma, produce mundo y vida allí donde la abstracción de la cibernética intenta absorberlos; produce mundo y vida allí donde la cibernética del capital se empeña en reproducirlos y simplificarlos.
Entonces el mundo se torna metáfora del cosmos, movimiento de una materia generativa e inmanente, máscara de fenómenos impredecibles, los cuales devienen opacidades, transgresión del arché, imaginación común y comunidad de todos los entes siendo más allá de sí. La transparencia, su déficit y la pureza que ella promete, sólo puede ser delatada al tiempo que poéticamente intuida, registrando su inevitable fracaso. Cuando el exceso de sentido y la transgresión de las leyes supuran una poética del habitar “como” imaginación, “como” ficción no opuesta a ninguna realidad, “como” máscara sin propietario ni rostro personal cuya voluntad le determine, deseche o utilice, es ahí donde la buena consciencia del capital cibernético exhibe la propia impotencia con que, vanamente y siempre en vano, se ha empeñado en des-potenciar al mundo. De ahí que la palabra “como” no resulta baladí: corresponde a la partícula comparativa que vincula dos términos al interior de una metáfora, el corazón que irriga la imaginación a una metáfora, aquel pensamiento intempestivo capaz de poner en común, sin nunca aniquilar las diferencias ni heterogeneidades, entre dos términos que, en realidad, son dos experiencias distantes e imposibles. En su alucinante libro de notas ensayísticas Uno y el Universo, Sábato escribe:
La metáfora es útil precisamente porque representa algo distinto. Pero no totalmente distinto; lo que quiere decir que hay un núcleo común, hundido y oculto por los atributos exteriores; y tanto más alejada es la metáfora, menor es el número de atributos comunes y más profundo es, por lo tanto, el núcleo idéntico. De ahí ese poder de alcanzar esencias profundas que tiene la poesía. (E. Sábato, 2011, p. 45)
Por eso, el “como”, corazón de la metáfora, es el corazón del mundo, el cual, haciendo devenir lo uno en lo otro, enmascarando lo uno en lo otro, no ejerciendo una síntesis ni una superación integrativa a partir de una rostralidad subyacente, expone, en última instancia, la precariedad y el déficit de toda transparencia. Es decir, sin apelar a la transparencia, la potencia poética y expresiva del cosmos nos hace encontrarnos con su impura develación. La metáfora, por ende, irrumpe desde la grieta, a la vez unificadora e insuturable, del “como”. El “como”, entonces,constituye la metáfora común al cosmos; es decir, desata el múltiple e incombustible modo de ser del co(s)mo(s), el uso, la resistencia y la transgresión de cualquier gramática, su anárquico devenir que, al mismo tiempo, genera y destituye toda individuación.
Pueblos
Si la vida es potencia esencialmente inactual, o sea, irreductible imaginación con que los pueblos, más allá de todo pronóstico, cálculo o destino prefijado, erotizan y metaforizan su lealtad con el mundo que habitan y les habita, entonces la transparencia del capital cibernético sólo puede operar a partir de la precarización del mundo. Representar la imagen de mundo en calidad de palpable presencia, hacer pasar la univocidad de los datos por expectativas de agobio, transmutar su matriz de artificio por la certeza de una experiencia y dirigir nuestra ansiosa compulsión de pupilas hacia más estímulos vestidos de afecto. Se trata de modelar esquemas de universalidad apriorística los cuales, desertificando y desintesificando la vida, degraden al mundo hasta la lisura y la pobreza ontológicas adecuadas para hacerlo caber en el brillo invisible de una pantalla.
¿Cómo transgredir aquello? ¿Cómo resistir frente a la absorción del lenguaje del capital cibernético ya estando absorbidos por él? Refiriéndonos a él poéticamente: no describiéndolo meramente ni limitándonos a acusarlo de culpable; más bien, profanándolo mientras lo denunciamos, profiriendo un discurso crítico mientras tartamudeamos entre poros de afecto e imaginación. Si las fuerzas de izquierda hoy no pueden ofrecer mundo ni utopía es porque han claudicado de los afectos y de la imaginación productiva. Antes que dibujar horizontes y espejismos de océanos en perspectiva sobre la planicie de una pantalla, debemos volver al aquí de la poesía. Pues si los neofascismos se abastecen de la abstracción de los datos y de la pulsional certidumbre de los discursos de odio que anulan y bestializan toda experiencia, aún tenemos la poesía a la mano; esta metáfora de metáforas con que los pueblos cantan sus mundos posibles e imposibles.
Bibliografía:
Rodríguez, Ramón (2019): La transformación hermenéutica de la fenomenología. Una interpretación de la obra temprana de Heidegger. UNSAM EDITA (Universidad Nacional de General San Martín). Buenos Aires: Argentina.
Sábato, Ernesto (2011): Uno y el universo. Editorial Seix Barral. Barcelona: España. Disponible https://ciudadanoaustral.org/biblioteca/09.-Ernesto-Sabato-Uno-y-el-Universo.pdf
