Hoy, en medio del genocidio que Israel perpetra en Gaza, con vistas a extenderse hacia Cisjordania y Líbano, para todos han sido evidente las similitudes entre el sionismo y el nazismo. Aunque son ideologías diferentes –de hecho el sionismo ha sostenido en su interior un amplio abanico de ideas heterogéneas que pueden ser entendidas como de «izquierdas» y de «derechas»– ambas comparten elementos fundamentales como la teoría de un espacio vital, que en el sionismo se mezcla con la religión judía y su idea de una «tierra prometida» y la de una raza superior, que en el sionismo, de nuevo en una zona gris entre laicismo y fundamentalismo religioso judío, se llama «pueblo elegido». Como Israel surge como Estado en 1948, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, comúnmente la asociación con el nazismo se entiende como una continuación. Israel sería la persistencia del nazismo en otro lugar, con otro pueblo. Pero también la cuestión puede ser planteada al revés. El filólogo judío Victor Klemperer planteaba en 1946 una cuestión que por entonces podía sonar enigmática. «Sin duda –dice–, la doctrina nazi fue estimulada y enriquecida en repetidas ocasiones por el sionismo, pero no siempre resultará fácil determinar con exactitud aquello que el Führer y aquello que este o aquel cocreador del Tercer Reich extrajeron del sionismo».
La idea de que los judíos no eran compatibles con el destino de Europa nutrió el pensamiento de los nacionalismos del continente en el siglo XIX, pero también y de manera radical, en uno de ellos en particular, el sionismo. En El Estado judío, escrito en 1896, Herzl introdujo la idea de que la única solución a la cuestión judía era la creación de una entidad colonial que tendría que sobrevivir con la ayuda de los Estados europeos. Su influencia sobre Hitler es, primero, de corte antisemita: los judíos no son asimilables a Europa, luego deben ser repatriados en otro lugar del mundo. Al mismo tiempo, Herzl consideraba a los judíos profundamente europeos, de modo que frente a lo que llamaba «la barbarie oriental» los judíos constituirían nada menos que la vanguardia occidental.
Klemperer, sin embargo, se refiere a otras características que Herzl habría podido legar a Hitler. «El nuevo Moisés de los judíos –refiriéndose a Herzl– también sueña con una guardia que lleva corazas plateadas. Hitler, por su parte, compartía con él las ínfulas de héroe y la preferencia por el romanticismo kitsch; a decir verdad, lo superaba con creces en este campo». Hitler superaba con creces a Herzl en algo que ambos compartían, a saber, el militarismo y la autopercepción mesiánica que llega a ser aterradora. Klemperer insiste: «apenas se erige en enviado de Dios y se siente obligado a estar a la altura de su misión, el parecido intelectual, moral y lingüístico del Mesías de los judíos con el de los alemanes adquiere un grado ora grotesco, ora aterrador».
El poder de sugestión del fascismo en general implica por una parte una cierta hipnosis colectiva que tiende a la adoración de un líder, pero también, y esto es muy importante, a la construcción de un otro radicalmente opuesto. Klemperer advierte que estas dos estrategias están ya muy presentes en Herzl. «La seducción y la amenaza deben ir de la mano, bien dosificadas. […] Así como estos tonos y estas formulaciones son comunes a ambos líderes, Herzl también pone terribles armas en manos del otro». El sionismo, al igual que el fascismo, no sólo construyó una imagen del árabe como un otro «bárbaro», opuesto a la civilidad judía europea, sino también un otro peligroso, una amenaza que hasta nuestros días llega con el mote de terrorista. El sionismo, en este punto en particular –como intenta pensar Klemperer– es anterior a Hitler, pero nosotros podemos decir que pertenece al mismo campo semántico que el nazismo, que es algo que el filólogo comprende cuando dice «Criados en el mismo ambiente de romanticismo perverso que los nazis, eran sionistas…».
Lo que Klemperer comprende de manera temprana no es la identidad entre sionismo y nazismo, sino el hecho de que ambos movimientos, con sus grandes diferencias, pertenecen a un ambiente europeo marcado por el colonialismo, el racismo y la legitimación del exterminio. Un ambiente que en cierta forma fue debilitado por los dispositivos humanitarios del siglo XX, vuelve a expandirse como fuerza letal en el momento en que ese mismo humanitarismo encarnado en el derecho internacional y los organismos interestatales, se evidencia como engaño e imposición de un orden que integró, desde su origen, la jerarquización de la vida humana, la tolerancia a la destrucción del planeta y la posibilidad del genocidio en la medida en que las víctimas no fuesen occidentales.
Referencias
Klemperer, Victor. LTI: La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. minúscula, Barcelona, 2020.
