Aldo Bombardiere Castro / Primera divagación acerca del Mundial de fútbol 2026: Felicidad, infelicidad, utopía

Filosofía, Política

Escena

Los niños escucharon el grito. Un grito hecho de innumerables pequeños gritos. Denso, irregular, concurrido. Un grito de adultos. Tejido con estrepitosas risas y alguna que otra palabra también gritada. Como era normal, los pequeños hermanos pudieron reconocer las voces de papá y mamá entre tal marejada de estrépito espumoso. La explosión bucal no los asustó. Sin encender la luz, se levantaron de su cama y, a pies descalzos -cuestión prohibida-, emprendieron camino hacia el living. Abrieron la puerta de su habitación y se internaron por el largo pasillo. Ya conocían el olor a cigarro y el humo lo asociaban a las fiestas y la alegría, a los cumpleaños y la navidad. Sus ansias los llevó a correr uno tras otro, haciendo resonar los talones contra la frialdad no percibida de la baldosa, reproduciendo una más de las innumerables carreras que los hermanos ya ni siquiera necesitaba anunciar con palabras para saberse participando en ellas. En esta ocasión, era como si los gritos los alentaran a correr más rápidos, los exaltaran tornando más divertida aún dicha competencia improvisada.

Así, olvidando el motivo que los había empujado a levantarse y siendo absorbidos por los mismos gritos y festejos que habían dejado de notar, llegaron al living. Antes de ver el rostro de las personas, sus ojos se clavaron contra la pantalla del televisor, donde se exponía un juego de imágenes que intercalaba el verdor del campo de fútbol, abrazos de jugadores y el jolgorio radiante de una ola de hinchas en las tribunas. De fondo se escuchaba la voz de unos comentaristas cuyas palabras era imposible distinguir. Sobre aquellas voces, y ya en el salón del living, continuaban proliferando los gritos, la algarabía, las risas exultantes y el choque de las copas al son y olor del derramamiento de alcoholes.

Entonces alguien se dio cuenta que estaban allí. Acto seguido, se dieron cuenta todos los adultos. Pero los hermanos sólo sabrían de este “darse cuenta” un poco después: cuando todos los presentes los rodearon, envolvieron sus cuerpos en sinceros, desprolijos y bruscos abrazos y, nuevamente sin miedo, sucedió lo que nunca dejará de suceder en la memoria de quienes aman el fútbol. Escucharon por vez primera la palabra “gol”. La letra “o” se prolongaba en la frialdad de la noche, como círculo concéntrico, ascendía a los cielos y bajaba para rodar por los desvencijados edificios del barrio y, cuan botón de redondela en flor, hacer reverdecer la polvareda lumpen que asolaba esas calles de plazas y arcos oxidados. “¡Gooool, golazo, niños!” dijeron muchas voces con pequeño desfase, mientras los abrazaban en un áspero canon barroco. Ellos alzaron su voz al máximo y se unieron al grito de gol. Entonces la felicidad se hizo espíritu y el espíritu, invencible parpadeo de imaginación y nostalgia, de volátil felicidad e inmediata imposibilidad de ser feliz.

Sobrevivir-Sobrevenir

La escena narrada se motiva a partir de la transmisión de un partido de fútbol. Un Mundial. No importa cuál. Podría ser cualquiera, porque en todos y cada uno de ellos ha ocurrido algo similar, sino lo mismo: ha acontecido un instante imborrable, un relámpago cuyo fulgor continúa acurrucado en nuestra piel, piel que aquel mismo fulgor también acurruca.

Una escena consiste en una breve, brevísima, imagen en movimiento. Como un desplazamiento minúsculo, pero cuyo vaivén abre una línea de fuga hacia no se sabe dónde. Vele decir que la presente escena sucedió en no más que un puñado de segundos: quizás veinte, quizás 40, tal vez uno o dos minutos. Pero tales segundos han sobrevivido por décadas, y seguirán haciéndolo, en la memoria de cada hermano; y, sobre todo, sobrevivirán más allá de la memoria, es decir, en la existencia, donde se guarda la memoria de cada hermano. Sobrevivir en la memoria implica vivir más allá de cualquier actualización voluntaria con respecto a lo recordado; sobrevivir en la memoria significa participar de una existencia distendida, hallarse entretejido a la existencia de la historicidad, y, al mismo tiempo, padecer la apertura de tal existencia, su fragilidad ante todo aquello que ha de sobrevenir sin nunca terminar de arribar. Lo que sobrevive en la memoria es aquello que sobrevendrá en la existencia.

Por ello, a lo largo de toda su vida, ambos hermanos llegarán a hablar de la escena anterior dos, tres o cuatro veces más. En su mundo privado, habrán de recordarla, si quiera, unas doce o quince veces. Lo más seguro, hablarán de ella los días siguientes a la muerte de sus padres, o bien cuando, algunas semanas antes de despedirse, sientan que la distancia e indiferencia en que horadó su hermandad amenace con extinguirla, con hacer que nunca hubiera ocurrido. No obstante, siempre habrán de recordarla a raíz de un episodio cuya espectacularidad ha derivado fútil. Lo harán cada cuatro años, cuando frente a cualquier televisor y en la más inverosímil esquina del mundo, tomen asiento para ver el mundial de fútbol.

Porque, aunque tal escena no salga a luz más que en aquellas contadas ocasiones, ella estará siempre allí, impresa en fragancias, tersuras y relieves, en adioses no dichos y en alivios inalcanzables, en tristezas porvenir y respiraciones apaciguadoras de otras tristezas. Como la eternidad, el recuerdo espejea mientras vence al olvido; y lo vence, justamente, gracias a saberse aquí y allí; lo vence, por lo mismo y al contrario, gracias a no tener que saberse precisamente aquí y allí. En una palabra, la vivencia del recuerdo vence al olvido porque sobrevive al borde de la mano, y, al mismo tiempo, vence el individualismo y la racionalidad del capital pues sobreviene expansivo y simultáneo,como el gol que abraza al hijo con el padre, al padre con su padre y a los hermanos entre sí.

Utopía

Hoy la FIFA y su entreguismo a la hipermercantilización capitalista y al autoritarismo neofascista de Trump, amenaza con robar el fútbol de manera absoluta. Como nunca antes, esta captura representa el signo de los tiempos. ¿Cómo le haremos frente? Tal vez lo primero sea acudir a lo ya ganado o, mejor dicho, al saber que refulge en los eventos inexpropiables, justamente, gracias a su carácter de inapropiable: escuchemos hablar la lengua, la vivencia común del mito que hermana a los no-hermanos. Para jugar fútbol, se necesita de 11 compañeros. En ese mito, con toda su eventual banalidad, con toda su simbología de opioide religioso, no cesa de emana una cierta noción de felicidad y un instinto de belleza, el cual durante mucho tiempo acompañará a este mundo. Es cierto, el fútbol ya es parte del cemento que asfixia a la tierra y al pasto; pero también siempre ha sido parte del pasto y de la tierra que se nos adentra entre dedo y dedo.

Así como la escena de infancia acompañará por siempre a cada uno de los hermanos, la imagen donde resuena o se anuncia la felicidad, verdadera ilusión acerca de un impulso tan real como imposible de concretar, nos sigue animando. La utopía también tiene que ver con el gol que pronto llegará. Empecemos por admitir que hoy estamos unidos a aquella escena, a un abrazo afectivo e imaginal entre la triste felicidad de los hermanos y la inclaudicable felicidad de la utopía. Y si esto es posible se debe a que, al final, no se trata de escenas, sino de “tipos” de escenas. Cada cuatro años, el Mundial de fútbol es capaz de encarnar algunos de los muchos tipos de escenas que hacen que esta vida valga la pena ser vivida. Y cuando la vida vale la pena de ser vivida, también vale la pena ser sufrida y, sobre todo, ser disputada. Hoy, asumiendo el triunfo del capital, del neofascismo y de la deriva entertainment que ha colonizado al fútbol, disputemos sus instantes de felicidad. Desviemos la potencia de su impulso: hagamos de su actual fuerza ideológica, de su ilusión de realidad, una intensidad que reconozca la realidad de la ilusión que le hermana con nuestra utopía.

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