Mauro Salazar J. / IA e hipótesis comunista

Estética, Filosofía, Política

«En una sociedad comunista no hay pintores, pero hay hombres que, entre otras cosas, también pintan». La ideología Alemana.1845

Cuando Terry Eagleton sitúa lo estético como el territorio donde la ideología burguesa administra sus propias fisuras, no describe un dominio autónomo del gusto ni un refugio de la sensibilidad. Describe un dispositivo. Lo estético, y con él la escritura, su forma más disciplinada, aparece como aquello que permite a un orden social nombrar su propio malestar sin tener que resolverlo. La literatura no flota por encima del trabajo; es, ella misma, una manera de trabajar, y por eso mismo una manera de ser separado del propio hacer. Ahí empieza la tesis que interesa retomar: la escritura (sin negar su densidad como fuente de movilidad, prestigio y diferenciación social) no es el estricto afuera de la alienación, sino uno de sus laboratorios más pulidos, el lugar donde el sufrimiento de la división del trabajo se vuelve «forma», se vuelve «estilo», y en ese volverse forma queda, paradójicamente, neutralizado.

Lo que pasa con la estética podría hacerse, punto por punto, con la escritura, no solo como humanismo defensivo del XIX. Ambas son promovidas como espacios de reconciliación (el texto bien hecho, la frase que «cierra», la obra que parece resolver en el papel lo que la vida social no resuelve en ninguna parte) y ambas funcionan, en el mismo movimiento, como coartada. La escritura promete autonomía, el escritor como sujeto que decide, que compone, que firma, mientras oculta la trama material que la sostiene: la imprenta, el mercado editorial, la corrección, la traducción, la difusión, capas de trabajo intelectual y manual repartidas de manera desigual, casi siempre invisibles bajo el nombre único que aparece en la portada. La firma es el punto donde la división del trabajo se borra a sí misma; ahí reside su eficacia ideológica.

Este desplazamiento no es un capricho de lectura, sino una consecuencia directa de pensar la escritura desde la división técnica y social del trabajo. Si el trabajo, bajo el capital, separa al productor de su producto, a la actividad de su sentido, al cuerpo de su gesto, la escritura reproduce ese esquema en clave simbólica: separa al que piensa el texto del que lo produce materialmente, al que firma del que edita, al que es leído del que hace posible, administrativa, técnica, afectivamente, que algo llegue a ser leído. La «obra» aparece entonces como el nombre que la ideología da a un proceso colectivo que se presenta como acto individual. No hay aquí un pesimismo cultural, sino una operación de desmontaje: mostrar cómo lo que se experimenta como libertad de la letra es, al mismo tiempo, disciplina de un régimen de producción, según lo plantea el propio Eagleton en su análisis de la ideología estética (Eagleton, 1990).

Esta misma descripción, la escritura como régimen alienado dentro de una división del trabajo, es el terreno donde se jugaría, hoy, la llamada hipótesis comunista sobre las fuerzas productivas. Esa hipótesis, y sus mediaciones, leída en su versión más clásica, sostiene algo incómodo: que el desarrollo de las fuerzas productivas no es neutro, que tiende a chocar con las relaciones de propiedad que lo contienen, y que ese choque, no la buena voluntad ni la reforma moral, es lo que abre la posibilidad (amen de optimismos) de otra organización del trabajo. La pregunta que se impone entonces es simple y radical a la vez: ¿qué ocurre cuando la fuerza productiva que se desarrolla es, precisamente, la capacidad de escribir?

La inteligencia artificial generativa responde a esa pregunta de manera literal, porque hace de la escritura misma un objeto de la maquinaria. Marx habría señalado bajos otros afanes y lenguajes, en las páginas dedicadas a la maquinaria de los Grundrisse un diagnóstico estructural que no habla de plataformas o nubes: el capital tiende a absorber en el capital fijo aquello que antes era saber vivo del trabajador: destreza manual, conocimiento del oficio, memoria del proceso productivo. Ese saber social acumulado, al que llamó «general intellect», quedaba objetivado en la máquina, y con esa objetivación el trabajador perdía el control sobre una capacidad que había sido colectiva. Los modelos de lenguaje llevan esa lógica a su forma más literal: el repertorio de géneros y estilos acumulados durante siglos de escritura colectiva se convierte en corpus de entrenamiento, fijado en parámetros que una empresa posee y explota comercialmente. Lo que antes era destreza manual incorporada en la máquina industrial es ahora destreza lingüística incorporada en la máquina de lenguaje. La fuerza productiva que se automatiza ya no es el brazo, sino la frase.

Ahí se agudiza el diagnóstico de Eagleton. Si la escritura ya era, bajo el capitalismo literario, un trabajo dividido y ocultado detrás de la firma, bajo el régimen algorítmico esa división se multiplica y se abstrae todavía más: el texto que produce el modelo no tiene un solo autor oculto detrás, sino millones de escrituras previas, no pagadas ni nombradas, condensadas en una función estadística. La alienación deja de operar solo entre el escritor soberano y su obra para operar entre el conjunto social que produjo el lenguaje y la empresa que lo capturó como capital fijo. Es la misma estructura que separaba al productor de su producto, aplicada ahora a la escala de un idioma entero.

Conviene detenerse en esta escala, y no por mera nostalgia, porque es ahí donde la hipótesis comunista adquiere su filo más preciso (sin monumentalizar sus posibilidades). Cuando Marx describe el desarrollo de las fuerzas productivas como una tendencia que termina chocando con las relaciones de propiedad que lo contienen, no piensa en un progreso técnico abstracto, sino en un proceso concreto de socialización creciente del trabajo, que hace cada vez más evidente lo absurdo de que su producto siga siendo apropiado de manera privada. En un registro distinto, pero no siempre opuesto, la inteligencia artificial lleva esa tendencia a un extremo casi didáctico: nunca fue tan visible que una capacidad enteramente social, el lenguaje mismo, pudiera quedar concentrada en la infraestructura de unas pocas corporaciones.

Y, sin embargo, esa misma operación que intensifica la alienación es la que, en la lógica de la hipótesis comunista, vuelve pensable su reverso. Si la capacidad de escribir puede ser objetivada, distribuida y automatizada a esta escala, entonces también puede plantearse la pregunta por su propiedad, o bien, lo que muchos llamarían infraestructura: ¿a quién pertenece ese lenguaje común que la máquina redistribuye bajo licencia privada? La respuesta no está escrita de antemano en la tecnología, pero tampoco puede resolverse apelando a la nostalgia del autor soberano, figura que siempre fue el nombre ideológico de un trabajo colectivo negado. La alternativa no es defender la escritura «humana» como último bastión de autenticidad, sino preguntar bajo qué relaciones de propiedad podría desplegarse esa fuerza productiva sin reproducir la misma expropiación que ya organizaba el viejo régimen literario.

Conviene además no idealizar el momento presente como una ruptura sin precedentes. La industria editorial ya había ensayado, mucho antes del algoritmo, formas de estandarización de la escritura (el escritor fantasma, la traducción anónima, el guionista sin crédito) que anticipaban esta misma lógica de expropiación del lenguaje colectivo bajo firma individual. Lo que cambia con la IA es la escala y la velocidad: lo que antes requería una industria entera de mediaciones humanas ahora se comprime en un modelo entrenado, que hereda, sin pagarlas ni nombrarlas, todas las escrituras previas que lo hicieron posible. El escritor alienado, hoy no sería tanto un trabajador explotado en el sentido clásico, sino un «siervo de la nube», que produce datos y atención gratuitamente para alimentar un «feudo digital» (Google, Amazon. Microsoft). La contradicción deja de ser fuerzas productivas contra propiedad privada, sino mercado contra renta: el capitalismo mismo estaría siendo superado, sino por una forma de servidumbre tecnológica. Cerraría advirtiendo que, sin romper el monopolio de esa infraestructura, cualquier socialización del lenguaje seguirá pagando tributo a los nuevos señores del feudo.

Por eso resulta insuficiente responder a esta transformación en clave defensiva, como si se tratara de proteger un territorio, la creación humana, frente a una invasión externa. Esa defensa, por comprensible que sea, comparte el supuesto que aquí se ha querido desmontar: que existió alguna vez una escritura no dividida, un origen puro anterior a la máquina y anterior también al mercado editorial, la corrección ajena y el trabajo invisible. No existió. Lo que existe es una larga historia de trabajo textual colectivo administrado bajo relaciones de propiedad cambiantes, de las cuales la actual, corpus privatizados, licencias, plataformas, es solo la última capa. Pensar la fuerza productiva del lenguaje automatizado desde la hipótesis comunista significa entonces correr el eje de la discusión: no preguntar cómo salvar al autor, sino cómo organizar de otro modo la propiedad de esa capacidad colectiva que siempre fue, aunque se ocultara, de todos.

Puesta en estos términos, la escritura deja de ser un problema exclusivamente cultural o estético y se revela como una escena política de disputa por los medios de producción simbólica. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial «sustituirá» al escritor, sino qué régimen de propiedad organizará la fuerza productiva del lenguaje colectivizado: si seguirá privatizada en corpus de datos y licencias, reproduciendo a escala industrial la vieja separación entre quienes escriben y quienes son escritos, o si podrá pensarse una socialización de esa capacidad que deshaga el nudo que Eagleton identificó en lo estético: la ilusión de una reconciliación simbólica que sustituye, sin resolverla nunca, la reconciliación real de una división del trabajo que sigue ahí, intacta, debajo de cada texto que se firma como si fuera de uno solo.

Con todo, Terry Eagleton podría desconfiar de todo determinismo tecnológico: ninguna fuerza productiva libera por sí sola, la historia no tiene esa amabilidad, y el capital ha demostrado una capacidad extraordinaria para absorber sus propias contradicciones sin resolverlas. El optimismo que acompaña la inversión de esa promesa comunista tiene su reverso, ético e irónico a la vez: la desaparición del escritor como oficio bajo el capital no anuncia comunismo alguno, sino una nueva forma de desposesión con vocabulario progresista.

Referencia

Eagleton, T. (1990). The Ideology of the Aesthetic. Oxford: Basil Blackwell.

Dr. Mauro Salazar J. Ufro/Sapienza.

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