Veinticinco casos consumados en 2025 y doce en 2024. Una tasa que, según el Ministerio de Salud, ya supera los homicidios: 10,3 suicidios por cada cien mil habitantes. Son cifras, frías cifras, que la empresa estatal del Metro prefiere no publicar, alegando una extraña prevención contra los «efectos de imitación», como si el silencio pudiera cerrar lo que ya está abierto: una zona de sombras en el seno de la vida urbana donde no caben funcionalismos, o explicaciones del tiempo breve.
Lo que ocurre en el Metro de Santiago este 2026, como en otras capitales, se tiene que abrir necesariamente al campo de «lo político» y precipitar las sinuosidades del poder. No es suficiente decir que los sujetos y las multitudes que observan suicidios están apetecidos o resignados por trayectorias castigadas y sobreexplotadas a un régimen de la factualidad: sería limitar el fenómeno a los dilemas de la vida cotidiana, amén de que buena parte de ello sea cierta. Porque si no se abre «lo político» como horizonte vital, como ese espacio de sentido donde es posible imaginar otra vida, entonces solo abundan estadísticas naturalizadas. Impera la datología, el descriptor sin misterio. La Organización Panamericana de la Salud reporta tasas de suicidio juvenil que superan promedios regionales: 12,8 por cien mil en el grupo 15-19 años, 15,4 en el de 20-24. Pero las cifras no dicen nada sobre lo que genera esas cifras: el régimen político que ha hecho del neoliberalismo no una economía sino un modo de vida, una ensambladura que toca cada fibra del tejido social.
Los sujetos se lanzan a las vías del Metro entre las 11 de la mañana y las 2 de la tarde. El 55 por ciento tiene entre 18 y 30 años. El 64 por ciento son hombres. Esos datos nos hablan de algo que trasciende toda «crisis de salud mental» como categoría clínica: hablan de una experiencia política específica, la de generaciones que han heredado un mundo que ya estaba destrozado, un contrato social que nunca fue tal, una cansina promesa de movilidad que devela sus postales viscosas. El neoliberalismo no fracasa en esos jóvenes que saltan a las vías; ellos son exactamente su éxito (cuerpo heridos, expuestos, sacrificados): sujetos cuya existencia ha sido configurada desde la infancia por la lógica del mercado, educados en competencia permanente, responsabilizados por su propio destino, y luego librados a la orfandad cuando descubren que la responsabilidad no genera libertad sino soledad.
Dicho de otra forma: el Estado que deja morir no comete un error; actúa según su lógica más propia. Las políticas públicas sobre prevención de suicidio en el Metro son el ejemplo perfecto. Protocolos que incluyen el cierre temporal de estaciones, el refuerzo de vigilancia, la coordinación con Carabineros. En suma: una respuesta que trata la muerte como un problema de circulación urbana, un obstáculo en la fluidez del transporte, antes que como síntoma de un orden que se resquebraja. Es así como el Metro se convierte en espejo de la ciudad neoliberal: un espacio donde millones de cuerpos e imágenes circulan cada día, 2,5 millones de viajes diarios, sin que esa proximidad física genere una sola hebra de solidaridad política.
Lo que queda, entonces, es la belleza no idealizada. No la belleza como consolación, no esa idea ingenua de que algo hermoso podría redimir el horror de lo que sucede en los rieles. Aquello que merece el nombre de belleza es radicalmente distinto: es precisamente aquello que se quiebra, que se sustrae, que nos mira desde un punto ciego que no controlamos. La belleza no es armonía ni resolución; es desgarro. Concitando a Didi-Huberman es el momento en que la imagen deja de ser tautología, lo que ves es lo que ves, y se convierte en dialéctica, en tensión incómoda entre lo que se muestra y lo que se sustrae, entre presencia y pérdida.
Cuando un operador del Metro cierra los ojos y ve nuevamente la cara de quien se lanzó a las vías, cuando esa imagen se repite sin permiso en sus sueños y genera pánico somático, dolores de espalda, trastornos del sueño, náuseas, ese es un encuentro con la belleza en su forma más perturbadora. Porque esa imagen no es posesible: no se deja domesticar por el pensamiento racional, no tiene explicación suficiente. El sindicato de trabajadores del Metro ha documentado síntomas compatibles con estrés postraumático en conductores que vivieron más de un «código sigma». Pero pese a la alerta naturalizada, la empresa estatal no ofrece atención psicológica sostenida, ni contención suficiente, ni siquiera reconocimiento de que aquellos que conducen los trenes son también víctimas de este régimen.
Aquí radica nuestra impotencia: la única herramienta que tenemos para afirmar la dignidad de quien se lanzó, de quien lo presenció, de quien sigue siendo arrastrado por esa imagen, es precisamente la incapacidad de reducir lo ocurrido a un problema administrativo. La belleza nos mira en los ojos y nos dice que el mundo ha fallado, que el contrato no existe, que la promesa fue falsa. Esa es su fiereza. No consuela, sino que interroga. Porque toda imagen de belleza es también un anacronismo, un montaje de tiempos heterogéneos donde el pasado y el presente se rozan sin fundirse. El joven que se lanza a las vías en 2025 lleva consigo el fracaso de promesas que se remontan a décadas: la promesa de la Concertación y la democracia devenida en capitalismo alegre, la del neoliberalismo y sus modernizaciones sin subjetividad. Por fin, la educación de que el mérito permitiría ascensos traducidos como vidas edificantes (oasis) en mil deseos de chilenidad. Finalmente, los Halcones del momento y una gubernamentalidad palaciega (tanática) que se organiza a partir del despojo, abundando en binarismos digitales. Cada una de esas promesas rotas, y sus pertubaciones visuales, habita en su gesto final. No como causa psicológica sino como textura política de la existencia.
¿Qué hacer con esa belleza del desgarro, con ese conocimiento que nos atraviesa cuando miramos sin apartar la vista? Primero: rechazar toda narrativa que reduzca el fenómeno a datos psiquiátricos o urbanísticos. Segundo: insistir en que lo político, entendido como la posibilidad de que la vida sea orientada colectivamente, que exista un horizonte compartido de sentido, es lo que hace falta. Tercero: reconocer que mientras ese horizonte no existe, los sujetos siguen cayendo. Y nosotros, los que quedamos en el andén, seguimos siendo atravesados por una imagen que no podemos borrar, que nos mira desde un lugar donde ya no estamos, que nos obliga a reconocer que la vida en común es un asunto que requiere decisión política, no gestión administrativa.
El Metro de Santiago, con sus 149 kilómetros de vías, sus 143 estaciones, sus 2,5 millones de viajes diarios, es un monumento a la circulación sin encuentro, a la proximidad sin solidaridad. Y es en eso precisamente donde la belleza del desgarro cobra sentido: nos mira a la cara y nos dice que la ciudad neoliberal, en su eficiencia, ha olvidado lo más simple y lo más difícil: que vivir juntos requiere una decisión política radical sobre qué tipo de mundo queremos habitar.
Esa decisión sigue pendiente.
Santiago, 2026
Referencia
Didi-Huberman, Georges, Venus rajada. Desnudez, sueño, crueldad. Traducción de Juana Salabert, Buenos Aires: Losada, 2005, 175 pp.
Dr. Mauro Salazar J. Ufro/Sapienza.
