Porque no engraso los ejes
Me llaman abandona`o
Si a mí me gustan que suenen
¿Pa`qué los quiero engrasa`os?
(Atahualpa Yupanqui)
El vaivén del microbús resultaba insoportable. Irregular, entrecortado, no dejaba de sacudir y acrecentar el malestar despertado por las olas de calor que asediaban a la ciudad. Lo único mínimamente rescatable era la distancia existente entre los pasajeros. Dispuestos en lejanía unos de otros, como accidentales piedrecillas desperdigadas en lo inacabable del desierto, la distancia entre aquellos cuerpos cansados erigía la barrera de un tenue anonimato. El bús circulaba lento. La ventilación era nula. A través de los cristales se dejaba ver el monocorde cemento de las calles, las invasivas coloraturas de los semáforos y centros comerciales, así como la desoladora ausencia de transeúntes. Todo ello despertaba en los pasajeros la sensación de soledad, de encierro y, sobre todo, de sopor. Un extraño malestar empañado por el desgano y la indiferencia. Pero había algo peor: el ruido. El autobús, evidentemente sucio y deteriorado, parecía librar sus últimas horas de utilidad, por lo cual emitía un ruido metálico tan tembloroso como el movimiento que le acompañaba. Ruido agudo, de tornillos desgastados o necesitados de lubricación, el cual por instantes, pese a su marcada arritmia percusiva, hilvanaba una efímera continuidad melódica, para inmediatamente volver a entregarse a la tiranía del ruido.
Ahora bien, sobre ese bus no se encontraban hombres ni mujeres, ni seres humanos ni vida propiamente tal; sólo habían cuerpos o masas informes, conglomerados de organismos en aleatoria desorganización o simplemente conjugados por azar. Degradación de masas dirigiéndose -con la menor intensidad interna- a un destino cualquiera, a un destino coincidente con la inmovilidad del sendero.
Así es. ¿Cómo? Así: todo resultaba insoportable.
Si durante tal momento cada pasajero hubiera profundizado a cabalidad, valiente y seriamente, en lo insoportable y absurdo de tal escena de la cual era parte integrante y sufriente, entonces nada habría podido esperar de la vida. Sí: en aquella escena la existencia parecía revelarse en marcha hacia su vaciamiento: la caída del horizonte venía a quedar condensada en ese mismo viaje de autobús. Viaje de infinitos trayectos, pero todos ellos carentes de destino. Puesta en escena de una tragedia sin afuera ni espectadores, la moraleja de tal postal se reducía al ruidoso parpadeo entre el peso de lo insoportable y la más desesperanzada indiferencia.
Pero la fortuna existe, de idéntico modo a la accidental danza de átomos entre cada pliegue del universo. Los pasajeros tuvieron fortuna. Porque allí mismo, asfixiados por el verano, desperdigados entre asientos de remezones metálicos y agudos quejidos con que oscilaban los engranajes antes de desunirse por completo, los astros, siempre dadivosos, constelaron su impredecible encuentro. Los pasajeros fueron tales astros que nada supieron de sí mismos: nada supieron acerca de aquella nada adherida a su piel. Entonces ninguno de los pasajeros pensó en la trágica escena que estaban representando, ni pensó en la sed de suicidio que este pensamiento les hubiera dictaminado. Así, por fortuna, el sentido de la vida conservó su curso. Tal cual lo hace el río cuyo cauce, sólo perseverando en su conservación, es capaz de acoger el azote de aquel relámpago que le transfigura, la fortuna hizo que el azar de la vida escondiera sus dados.
*
Mientras subía al autobús, me despedí de ella gritándole con enfado, “Yo soy yo, y punto.” Entonces tomé asiento en la ventana y, por un día, agradecí no contar con nada en qué pensar. Al menos hasta encontrarme con el gordo.
Pudo no haberlo hecho, pero se colocó a mi lado, en la tercera fila de asientos. Era un hombre gordo, gordísimo. Parecía de 40 años, aunque con una mirada clara e inocente, rosáceo hasta lo ingenuo. Su mirada era ésa porque su rostro también lo era. Un rostro donde el sudor, en lugar de repulsión, causaba una sensación ligera y cálida, espejeante; misma sensación de ligereza y calidez con que el vapor mañanero logra nublar nuestra imagen ante el espejo. Era un hombre gordísimo -cuestión que debe ser recalcada-, con cuyas proporciones bien podría haber ocupado dos asientos.
Pero lo primero que percibí cuando tomó asiento a mi lado, incluso antes de su rostro, fue que calzaba sandalias descoloridas, las cuales dejaban ver unas uñas largas y sutilmente amarillentas. Luego noté su camisa de botones abiertos, a través de la cual emergía la sobreabundancia de carnes lampiñas alrededor del cuello y del pecho; carnes, por cierto, que rebotaban estrepitosamente producto del zarandeo del autobús, generando -y de esto sólo ahora me doy cuenta- un absurdo caso de continuidad rítmico en función de la discontinuidad azarosa del movimiento y de los ruidos.
Sin embargo lo realmente molesto era otro asunto. Ambos vestíamos pantalones cortos, por lo cual, a cada remezón, sus pantorrillas chocaban con las mías, transfiriéndome su sudor. Era insoportable, pero a él no parecía afectar nada, pues, cuando contemplé su rostro, él mantenía su cabeza en alto, la vista hacia delante y el esbozo de una sonrisa estúpida. Si bien siempre he sido un tipo paciente, tímido e incluso -aquí vale la pena confesarlo- cobarde, la situación me colmaba. Así, mientras miraba por la ventana, ensayé algunas palabras para hacerle ver mi honda molestia. No quería dañarlo ni ser irrespetuoso, pues su imagen me inspiraba cierta ternura, pero me sentía cada vez más agobiado. Claro, él no tenía la culpa de todo: mi molestia tenía que ver tanto con el reiterado contacto entre nuestras piernas como con el calor, el zarandeo, los chillidos de tornillos desaceitados y al borde del colapso, es decir, tenía que ver con la atmósfera general que en ese minuto parecía desfondar el universo. Ruido, asfixia, sopor, estrechez. Impotencia. No sabía qué decirle al gordo, porque pese a lo agobiante de la situación, no me encontraba enojado con él ni con nadie. Recién ahora soy consciente de que en ese momento ninguno de los pasajeros poseíamos la energía suficiente para estar enojado. Quizás, después de todo, yacíamos entregados (¿entregados a qué? No podría decirlo). Por lo mismo, tan sólo tomé la decisión de cambiarme de asiento. Es decir, decidí pedirle permiso, usando palabras delicadas, en sintonía con su rostro, así como “disculpa, ¿me das permiso, por favor?”.
No pude pronunciar tales palabras. Creo que iba a hacerlo, estoy seguro que iba a hacerlo, a decir eso y, además, a decirlo mientras me levantara del asiento, ya que acompañaría esas palabras tan sumisas de un movimiento contundente y determinante por sí mismo. Pero lo que aconteció entonces me sigue dando qué pensar, porque todo aborto de la voluntad porta la aureola de una escucha, incluso de una escucha proveniente del ruido. Cuando giraba mi cabeza y estando a un instante de levantarme para pedirle permiso, el gordo habló: “Parecen delfines”, dijo. “Mire, escuche, hacen como los delfines”. Quedé en pausa. Permanecí congelado algunos segundos observando el perfil de su rostro, y, acto seguido, noté con cierto horror cómo aquel rostro giraba y enfrentaba al mío para recalcar, con esa sonrisa estúpida, pero cada vez más impoluta, más limpia e infantil: “Mire qué lindo, escuche, así hacen los delfines, los delfines que cantan cuando juegan en la playa. ¿Escucha?” No contesté, pero él agregó casi al instante y -puedo asegurarlo- utilizando exactamente estas mismas palabras: “Mire, escuche, hacen como hacen los delfines, igual que en las películas, prriiirrrr, chuiq chuiq chuiq, chuuiiiiq, prriiiirrrr. Qué lindo”. No había otra posibilidad: sin decirlo, se refería al ruido de los tornillos desajustados, de aquellos engranajes metálicos al borde de soltarse y que amenazaban con desmembrar cada parte del autobús, con desarmar la máquina de acero y dejarnos a los pasajeros allí varados, confundidos entre la humareda del motor y las quemaduras con que el asfalto veraniego habría de derretir la indolencia de nuestras pieles. Acto seguido, el gordo guardó un pequeño silencio y, sin quitar su cuerpo del mío, me cedió espacio para (querer) vivir.
Escuché al gordo durante todo el trayecto. Repetía básicamente lo mismo. Le pregunté algunas cosas sobre su vida, pero se limitaba a responder con monosílabos, y siempre retornando al sonido alegre de los delfines. Solamente le interesaba hablar de los delfines que escuchaba, de los delfines que, gracias a sus palabras, yo también escuchaba, que ambos no dejamos de escuchar y -ahora que yo escribo y que ustedes leen- seguimos viéndolos, justamente, porque los imaginamos.
Hoy pienso que el gordo realizó una invocación. Quizás ignorando que se trataba de los tornillos, despertó otro mundo que permanecía replegado en este mismo mundo, y lo invocó allí donde este mundo parecía haber abdicado de todo horizonte. Fue un acto de fortuna. No tuvo que referirse a los tornillos: sólo mencionó los delfines de los cuales era testigo.Porque si el gordo de sonrisa estúpida se refería a algo, eso era la imaginación cuyo vigor, realmente incapturable, era capaz de fluir entre los hedores de la máquina, de florecer bajo los ocasos de los ánimos y de reverdecer en cada surco de los pastelones callejeros.
No recuerdo dónde iba ese día. No recuerdo nada de ese día más que al hombre gordo, quien, en realidad, era un niño. Sólo recuerdo que apenas bajé de la micro tuve la dolorosa impresión de querer seguir en ella, y que cuando sentí ese dolor de ya no estar allí, supe que el gordo había dejado conmigo lo justo y necesario, lo suficiente: un aliento de ligereza similar al que expelen los niños mientras juegan junto al río, la ligereza con que el vapor logra nublar nuestra imagen ante el espejo, logrando también esconder, por fortuna, el rodar de los dados. Y, en vez de darme vuelta, despedirme del gordo y dedicarme a ver cómo el autobús se perdía bajo el smog de la ciudad, recuerdo que preferí imaginarlo. Entonces, con una mezcla de dolor y ligereza, realmente pude sentir, desde ahí y para siempre, la imposible conjunción de sentido y sinsentido que dibujaba la sonrisa del gordo. Sin hacerlo, imaginé levantar mi mano y, para mis adentros, le dije adiós.
*
La vida de los delfines canta sus encantos. Allí donde el sentido confiesa su bancarrota y donde la máquina impone su dictadura, la vida persevera en su caudal, precisamente, gracias a que la máquina desliza un pequeño error. El sinsentido de la vida, su ausencia de destino y propósito final, libera sobre el mundo no tanto éstas o aquéllas posibilidades de la imaginación, sino a la imaginación misma como la posibilidad de mundo; la destitución del destino al final del viaje trae consigo, sin quererlo, el desencadenamiento de la imaginación, en calidad de raíz de la cual emana toda posibilidad. Allí cuando no habiendo posibilidades, allí cuando la posibilidad misma parece, se cree y es ciertamente imposible, la imaginación desata su aguacero de común anarquía. La fortuna es la mano que el azar dibuja para acariciarnos. Sólo así podemos ver cómo la imaginación, lejos de cualquier ilusión o promesa, suda verdad vital en la uniforme prolongación de lo inane. Porque el sinsentido de la existencia, su nihilismo metafísico, tan sólo puede concebirse cuando dejamos de sentir lo sentido, cuando le exigimos metafísica de eternidad a la imaginación sintiente de nuestra sensibilidad. Lo más lejano es lo más cercano: la anarquía del cosmos no cesa de resoplar su vibrato sobre la unicidad de los instantes.
Nada de eso lo sabía el gordo- no tenía necesidad de saberlo. ¿Para qué saberlo? Tan sólo necesitaba imaginarlo, necesitaba imaginarlo sin necesidad, sin deber ni mandato. Así constataba su verdad: la belleza con que la imaginación es capaz de filtrarse por las rendijas de las máquinas constela con la belleza de quienes, sin saberlo ni quererlo, nos lo hacen saber. La donación del don. El gordo, en realidad, era un niño. Y quien se haya sentado aquel día a su lado, por fortuna, también lo fue. Como el musgo oxidando la cobertura de los metales, la vida florece entre la juntura de los tornillos, agazapada, esperando el momento propicio para interrumpir, tal cual, aunque no lo creamos, aunque se trate justamente de no creerlo, lo hace y lo hará mil veces cada día. La imaginación, una y otra vez, vuelve a dar curso a aquellos ríos capaces de sacudir las calles al temblor entrecortado de un único magma, pues, después de todo, es lo único que dicha imaginación sabe hacer: abrir otros mundos en la infertilidad de éste, o sea, hacernos devenir otras formas de vida allí donde cada pétalo de eternidad se anegaba en desesperanza. Aunque no lo sepamos, aunque lo sepamos y luego lo olvidemos, para después acariciarlo -¡oh, bendición sin mandato divino!- siempre por primera vez, ahí reside la fortuna de cada ocaso: en sentir cómo los delfines juegan a quebrar unos dados contra los espejos de altamar, alejándose y desalejándose entre relinchos de buses y carretas.
