Aldo Bombardiere Castro / Delfines

Literatura

Porque no engraso los ejes

Me llaman abandona`o

Si a mí me gustan que suenen

¿Pa`qué los quiero engrasa`os?

(Atahualpa Yupanqui)

El vaivén del microbús resultaba insoportable. Irregular, entrecortado, no dejaba de sacudir y acrecentar el malestar despertado por las olas de calor que asediaban a la ciudad. Lo único mínimamente rescatable era la distancia existente entre los pasajeros. Dispuestos en lejanía unos de otros, como accidentales piedrecillas desperdigadas en lo inacabable del desierto, la distancia entre aquellos cuerpos cansados erigía la barrera de un tenue anonimato. El bús circulaba lento. La ventilación era nula. A través de los cristales se dejaba ver el monocorde cemento de las calles, las invasivas coloraturas de los semáforos y centros comerciales, así como la desoladora ausencia de transeúntes. Todo ello despertaba en los pasajeros la sensación de soledad, de encierro y, sobre todo, de sopor. Un extraño malestar empañado por el desgano y la indiferencia. Pero había algo peor: el ruido. El autobús, evidentemente sucio y deteriorado, parecía librar sus últimas horas de utilidad, por lo cual emitía un ruido metálico tan tembloroso como el movimiento que le acompañaba. Ruido agudo, de tornillos desgastados o necesitados de lubricación, el cual por instantes, pese a su marcada arritmia percusiva, hilvanaba una efímera continuidad melódica, para inmediatamente volver a entregarse a la tiranía del ruido.