Mauro Salazar J. / Santiago trizado. Modernización tanática y ciudad sin voz

Filosofía, Política

La ciudad se ha enamorado de rufianes. Roberto Arlt

Santiago no expulsa de cualquier manera: reordena el «exilio interno» que inviste la ciudad gestional-operativa con imágenes capaces de tornar aceptable la administración del daño que producen sus dispositivos. Lo que fue «casa parronal» pasó a ser departamento estudio o loft. Antes, mucho antes, la barrialidad del siglo XX hizo de la vecindad un pliegue de reconocimiento; hoy, devenida estética compulsiva de extracción de información, convierte esos cuerpos, nombres y trayectorias en materia de una datología que organiza la visualidad misma de la modernización.  Pero toda visualidad del progreso deja fuera de campo aquello que desplaza.

Ya nadie sube a un tren con maletas aunque el destierro ocurra, cotidiano y administrado con boleta digital; la revuelta de 2019 fue la suspensión del Santiago henchido en conexiones. Fue el desplome del último pliegue imaginal (neoliberal) que se contaba a sí misma como modelo (fort export) y que desde entonces sobrevive como escenografía de su propia clausura; se llama «exilio interior» a esta forma de irse sin partir, y conviene tomarlo sin dulzura, porque no designa un duelo sino una operación de silencios: algo es quitado de su sitio mientras el cuerpo permanece en él, y ahora esa operación se cumple. Además, en una ciudad de plataformas, sin escena ni aduana visible, de modo que este texto recorre, capa por capa, cómo se fabrica un destierro sin fronteras. El Santiago operario, empapado de servicios modernizantes, termino por develar que la noche administrativa nunca consigue ser total.

El neoliberalismo no transforma solamente la economía regional de la ciudad: modifica la posibilidad misma de imaginarla como «espacio común», y ahí reside quizás su operación más profunda. La ciudad moderna fue, con sus contradicciones, un momento representacional donde Estado, planificación y política todavía disputaban una representación del tiempo compartido; Santiago neoliberal altera esa relación a fines de los años 90’, y el futuro urbano deja de presentarse como problema público para administrarse como suma de «oportunidades privadas de inversión». No es que el Estado desaparezca, sino que permanece produciendo las condiciones incalculables que permiten al mercado organizar y reciclar los territorios: infraestructura, normativa, subsidio, concesión, letra chica regulatoria, prueban que esta urbe (antes ciudad de consumos compartidos) no surge espontánea, sino que es políticamente fabricada. Lo que cambia es el horizonte de la planificación, que ya no pregunta qué ciudad debería construirse sino bajo qué condiciones cada fragmento urbano puede valorizarse, conectarse-despojarse y competir por nuevas formas de segregación y sobrevivencia.

Santiago oferta una versión particularmente bizarra de esa contradicción: centros de datos, tecno-paisajes y fibra óptica para unos pocos componen una modernización indudable y, a la vez, radicalmente trizada, hendida como una lengua que ya no nombra a quien la habita. La metrópolis funciona, sí, funciona como una caja registradora, pero sin gramática del reconocimiento, y en ese tecleo pierde toda capacidad de representarse como espacio común, porque cada sector corre a la velocidad de su conexión y a la altura de su tarifa: la distancia entre comunas no se mide en kilómetros sino en megabits, en cámaras que vigilan o que faltan, en algoritmos que valoran o descartan, y hay quienes habitan la urbanidad como usuarios premium y quienes la atraviesan, expulsados de su propio nombre, como «dato sospechoso». De ahí la paradoja que gobierna el territorio: cuanto más se transforma, menos sujeto queda para imaginarla. El mercado edifica, asfalta y valoriza el suelo, pero no funda ciudad, en sentido fuerte, ni sujeto que la habite: solo una suma de accesos, sobre todo, el acceso a la red.

Contra toda nostalgia moderna, aquí abunda la indiferencia como modo de vida, la desafección como higiene, la otredad inerte como escombro (cuerpos en los rieles) del andén del Metro, hasta que la urbe deriva en un organismo que se protege de las huellas de experiencia, y a esa anestesia general se la llama eficiencia. Lo que golpea no es solo exceso de violencia, aunque siempre mella, sino su forma más eficaz, la que viaja en el transporte: el vagón que empuja cuerpos como carga, el andén que ordena filas como ganado, la plataforma que vigila más de lo que traslada. Conectar no es unir: es una modernización tanática que avanza vaciando, enfriando, aplanando, y mide su éxito por lo que logra volver indiferente; el Metro exige a sus pasajeros una coraza, un no dejarse afectar por el empujón ajeno, defensa que se endurece hasta volverse rasgo de época.

Actualmente la línea siete del Metro de Santiago, aun excavándose bajo la ciudad, puede leerse como un síntoma, porque su promesa de acortar los viajes confiesa que esas horas ya habían sido sustraídas por el trazado mismo. Una plusvalía muda, acumulada en cada madrugada anticipada, en cada regreso tardío, en la espera del bus y los cuerpos apiñados. El neoliberalismo privatiza ese desgaste y lo devuelve como fatiga íntima, sin autor, donde la revuelta (2019) fue el espejo en que esa fatiga dejó de sentirse privada y se supo cartografía, la ciudad que cobraba en horas quedó al descubierto y ya no pudo volver a ser paisaje. Con todo la revuelta implica una trizadura. La política comenzaría cuando esa urbe convertida en superficie operacional fue capaz de producir fricciones de lenguaje: cuando algo que debía ser dato insiste en comparecer como cuerpo, memoria y conflicto. El despojo continúa en las cosas mismas: las mercancías se emancipan de quienes las hicieron, se acumulan como una cultura de objetos que ya no pertenece a nadie, y la especulación del espacio, gran nivelador, vuelve equivalente lo que no lo es. El habitante sufre un despojo inverso, porque es despojado incluso de las mercancías, endeudado, excluido, mirando la vitrina desde la vereda, consumidor sin consumo, ciudadano de una urbe que le muestra lo que no puede tener y le cobra por mirar. La violencia urbana funciona como una «epistemología del hampa», un saber situado: quien delinque conoce la ciudad por sus grietas, horarios, cámaras ciegas y distancias, y lee con crudeza lo que la administración no mide; no se lo celebra, se lo descifra: es la cartografía del despojo devuelta como agresión.

Desposeído del tiempo, de las cosas y de la protección, el habitante abismal entra en la errancia: deambular no es pasear, porque el paseo supone una ciudad que se ofrece a la mirada y un sujeto sin pertenencia, es un errante que no elige el rumbo, lo recibe, entre superficies que no devuelven signo alguno de comunidad; después de 2019 el centro no volvió, y la calle es un corredor de flujos gestuales donde cada transeúnte es una cifra que ningún rostro acoge. La errancia agrega su tribulación, pues cada trayecto deja una huella que no pertenece a quien la deja y regresa como ruta óptima, como «a cuatro minutos», mientras el cuerpo sigue en la vereda.

De tanto errar sin ser reconocido, el sujeto desemboca en la soledad, que es el precio del anonimato, y nunca se está tan solo como entre una multitud de servicios y usuarios que no miran: la proximidad física se vuelve lejanía interior, se comparte el vagón y no la palabra, y la urbe promete conexión mientras multiplica el aislamiento, cada cual en su pantalla, cada cual con su ruta; de esa soledad surge una ausencia de sentido que no es dramática sino cotidiana, la del trayecto que no cuenta nada, el trabajo que no se explica, la vida que se sucede sin relato. Por la ciudad neoliberal, estigmatizados e irredentos, abundan cuerpos fríos y dispersos.

Aquí conviene una advertencia contra la tentación más fácil, la nostalgia, coartada preferida del mercado: primero se desarma el barrio y luego se vende lo barrial como sello de autenticidad, el recuerdo se cotiza mejor que quienes todavía lo viven, y quien llora una ciudad intacta le regala al negocio inmobiliario su mejor argumento, porque acepta que hubo un origen puro al que se podría volver; la revuelta no dejó un centro al cual regresar sino una grieta que ninguna obra sutura, y la memoria útil no restaura sino que interrumpe, no dice «así era», dice «aquí había otra cosa». Lo que se ha perdido, en el fondo, es la voz que hacía de la ciudad una escena de representación: hubo un tiempo en que la plaza, el lof, el partido, el diario, el último sindicato, permitían que alguien hablara por otros y que los otros se reconocieran en esa palabra, y esa trama de mediaciones sostenía la idea de una ciudad que se representaba a sí misma; hoy la representación cede ante la identificación, nadie habla por nadie, todos son hablados por una cifra, y la voz, sin escena donde resonar, vuelve como temblor, como quiebre, como lo que no cabe en el campo de texto; se habita, además, una lengua sustituida, la del formulario, la clave, el comprobante de domicilio, y quien llega debe traducirse a los términos del dueño de casa, ceder su nombre antes de ser recibido.

Sin voz que represente, sobreviene el no ver al otro, escena de época del exilio: la ciudad amplía sus ojos, cámaras, analítica de video, reconocimiento de patrones en el metro, y mientras tanto disminuye la mirada, nunca hubo tanta capacidad de registrar un cuerpo ni tan poca disposición a reconocerlo; se identifica lo que se desplaza, se ignora lo que vive, y de esa convivencia entre invisibilidad interpersonal e hiperlegibilidad técnica sale un sujeto legible como señal, ilegible como historia; todos somos, en alguna medida, extranjeros de nuestra propia calle, cercanos y lejanos a la vez, presentes en el cuerpo y ausentes en el registro, y quien no tiene cuenta, dirección validada o rostro que el sistema reconozca no desaparece sino que acecha, una presencia que la administración no sabe clasificar y que inquieta.

Existe, sin embargo, una torsión ineludible: si la ciudad neoliberal produce anonimato, desposesión y pérdida de voz, su poder no puede narrarse como una totalidad, porque precisamente allí donde Santiago parece haber consumado la desaparición de sus antiguas mediaciones sobreviven pequeñas luminosidades, gestos, cuerpos, palabras, memorias cuya fragilidad no disminuye su potencia. La ciudad no está solamente ocupada por dispositivos que identifican; está atravesada por apariciones que esos dispositivos no consiguen agotar. Desde ese pliegue, la revuelta de 2019 puede releerse no solo como final o fractura, sino como producción intempestiva de visibilidad: cuerpos reunidos, ojos mutilados convertidos en signo, muros escritos, nombres improvisados, compusieron una iconografía que alteró, aunque fuera precariamente, la distribución de quién podía aparecer y bajo qué condiciones.

Dos archivos se disputan entonces la ciudad, y ninguno es inocente: uno, con domicilio y con mando, se aloja en centros de datos que nadie ve y ordena qué se guarda y qué se olvida; el otro carece de oficina central, está hecho de nombres alternativos, comercios muertos, deudas, trayectorias migrantes, campamentos, revueltas, memorias familiares, y no busca conservar sino interrumpir. El primero clasifica, el segundo pregunta, y entre ambos se decide qué es memoria y qué es escombro; alguien que explica cómo llegar diciendo «donde estaba» condensa esa disputa, pues introduce una ausencia en el sitio y desmiente que lo visible sea todo lo existente.

Al final del recorrido, Santiago no necesita otro relato oficial no solo porque no hay Estado, sino porque ya tiene suficientes para explicar por qué aquello que desaparece constituye progreso, ni tampoco nostalgia, esa cortesía con que el presente visita a sus muertos; necesita oídos capaces de detenerse en el sismo y lectores que sospechen del paisaje, porque aquí hasta las ruinas reciben permiso de edificación. Necesita, sobre todo, una cordialidad (rota) que no comience solicitando clave, domicilio y consentimiento para almacenar datos: una hospitalidad capaz de recibir aquello que todavía no sabe clasificar. Si la revuelta de 2019 desordenó por un instante las taxonomías de Santiago, quizá habitar después consista menos en reconstruirlas que en impedir que vuelvan a parecernos naturales. El exilio interior no se cura, la ciudad seguramente ofrecería una aplicación para eso: se politiza cuando el extranjero de su propia calle comprende que su desajuste no es una falla que corregir, sino un saber que poner en común. Tal vez ciudad sea apenas eso: el lugar donde todavía podemos equivocarnos juntos acerca de quiénes somos.

Mauro Salazar J. Ufro/Sapienza

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