Mauro Salazar J. / «Chile Actual. Anatomía de un mito». El dolor de lo posible

Filosofía, Política

El célebre libro de Tomás Moulian (1997) duele, y no por lo que denuncia, que ya conocíamos, sino por lo que nos devuelve el espejo roto: la imagen de un país con épicas modernizantes que aprendió a llamar «realismo» a su rendición incondicional. «Chile actual» se lee hoy como se lee una fotografía antigua en la que descubrimos, demasiado tarde, que ya estábamos ahí, sonriendo, cuando el patrón sacudía la tapa del piano. Habitar la posdictadura fue aprender a vivir en una casa reformada sobre los mismos cimientos, con habitaciones clausuradas que nadie nombraba y la orden tácita de no abrir demasiado las puertas: una convivencia hecha de silencios administrados, de duelos postergados y de una normalidad exhibida como prueba de que todo había pasado. Lo que se cerró, en esa década (años 90’), fue menos una puerta política que una facultad, la de imaginar que el futuro podía ser distinto.

El libro llegó milagroso en 1997, cuando la transición ya se administraba como logro y se hablaba de estabilidad, de crecimiento, de gobernabilidad, de un país «serio» (en procesión a la OCDE…) que había dejado atrás la pasión y sus catástrofes. En ese clima, Chile actual hizo lo menos cómodo, que fue nombrar la operación gatopardista. Llamó «transformismo» a la maniobra por la cual el orden heredado no fue derrotado sino confirmado, reciclado con otros gestos y rostros: la contrarrevolución capitalista, cumplida bajo dictadura, no encontró oposición sino agravamiento, y lo que se celebró como recuperación democrática fue, en buena medida, la legitimación de lo ya consumado, pues la democracia llegaba a un terreno que otros habían dejado pavimentado.

Lo que hiere en esa lectura es el tono de la derrota que no se reconoce como tal. Moulian no describe una victoria del adversario con banderas flameantes sino algo más sutil, una pacificación de los antagonismos: los conflictos no fueron resueltos, fueron administrados; las memorias no fueron elaboradas, fueron aplazadas; los deseos no fueron reprimidos, fueron reconvertidos en consumo. Entonces Chile actual duele porque vaticinó los cuerpos enmudecidos:. Muy pronto el país se sometió a «lo único posible», y esa expresión, que sonaba a prudencia, funcionó como una pedagogía del límite, de modo que se aprendió a medir la política por lo que no se podía hacer y el «no se puede» ha honrado la madurez adaptativa.

Conviene detenerse en esa palabra, realismo, porque el libro la interroga sin descanso. El realismo pacificador no fue simplemente la aceptación de las condiciones dadas sino la conversión de esas condiciones en horizonte natural: lo que fue resultado de una violencia se presenta como dato de la realidad, y quien lo cuestiona pasa a ser un nostálgico, un ideólogo, un irresponsable. El poder más eficaz es el que consigue que su historia parezca geografía, y así una arquitectura impuesta se volvió paisaje, y el paisaje, destino.

De ahí el otro núcleo que hace doler al libro, la pérdida de la capacidad imaginal. No hablamos de fantasía ni de utopía en sentido decorativo, sino de la facultad de figurar lo que aún no existe, de dar forma sensible a lo que falta; una sociedad puede conservar todas sus instituciones y haber perdido esa facultad, puede votar, deliberar y reformar sin ser capaz de concebir un afuera. Chile actual registra ese empobrecimiento en los signos más domésticos: el mall como templo del delivery, la tarjeta de crédito como ciudadanía, hasta las actuales plataformas del pánico. El deseo, que en otras épocas empujó hacia la transformación, quedó capturado por la oferta, y el «modo de vida» pasó a ser el único lugar donde algo parecía posible, un algo que cabía en una vitrina.

Las fuerzas del cambio, entonces, cedieron, y la palabra es exacta, porque no fueron vencidas de un golpe sino que entregaron terreno por partes, en nombre de la responsabilidad fiscal, de la eficacia, de la gobernabilidad, aceptando los términos del debate antes de que el debate comenzara. A la facticidad de la modernización, esa fuerza que se proclama inevitable porque ya está en marcha, opusieron a lo sumo correcciones, matices, gestiones más humanas del mismo curso: el cambio se volvió ajuste, la crítica se volvió sensibilidad y la política, un oficio de mantenimiento.

Leído hoy, el libro adquiere un filo que quizás no tenía en su origen, porque no anunciaba solamente una limitación de época sino una forma de tiempo, la continuidad infinita. Lo único posible es que el país continúe, y con él su crisis actual; la crisis deja de ser interrupción y se vuelve régimen, ya no señala un límite del sistema sino su modo de durar. Hemos visto estallar, agrietarse, desbordarse, reformarse y refundarse, y cada vez el orden reaparece con otro nombre, como si la historia chilena hubiera aprendido a absorber sus propias sacudidas: la crisis se incorpora, se gestiona, se convierte en insumo, y esa es quizás la lección más incómoda, que un país puede atravesar todas sus crisis sin salir de sí mismo.

En esta zona el libro deja de ser diagnóstico y se vuelve espejo, y duele porque no permite la coartada de la exterioridad. Moulian no escribe desde un lugar puro sino desde dentro de la izquierda que se acomodó, de la universidad que se profesionalizó, de la intelectualidad adaptativa que aprendió el idioma de los consensos, y su ironía, su desencanto, su furia contenida apuntan también hacia adentro. Hay en el texto una autocrítica de generación, la de quienes creyeron que la moderación era una estrategia y descubrieron que era un destino, por lo que su lectura no consuela y más bien incomoda de un modo que no se disipa con la distancia.

Cabe preguntarse por qué el libro sigue siendo leído, citado, disputado-silenciado, y una respuesta posible es que trabaja en la fisura entre lo que se dice y lo que se hace con lo que se dice. El discurso de la transición hablaba de reencuentro y practicaba el olvido, hablaba de justicia «en la medida de lo posible», y esa fórmula, tantas veces repetida, condensaba toda una antropología política: la de un país que se acostumbró a medir su dignidad con la vara de lo viable. Moulian le puso nombre a esa medida y, al nombrarla, la volvió visible, y lo visible, una vez visto, ya no se deja habitar con inocencia.

Hay, además, una dimensión estética en su gesto que rara vez se subraya. El libro está escrito con una prosa que oscila entre el análisis y la mordacidad, entre la categoría y el retrato de costumbres, y esa mezcla no es un adorno sino una forma de resistir la neutralidad: cuando el lenguaje de la ciencia social se vuelve gestión de datos, Moulian insiste en que pensar es también tomar posición frente a la forma de lo que se describe. Su sintaxis es una manera de no rendirse al tono administrativo con que el país se contaba a sí mismo.

Y sin embargo, sería un error leer «Chile actual» como simple elegía, porque lo que el libro deja, bajo su amargura inconfesable, es una exigencia: recuperar la imaginación como tarea política. No se trata de restaurar una utopía perdida sino de reabrir la pregunta por lo posible, esa que el realismo neoliberal clausuró al declararla ingenua; imaginar, en este sentido, no es evadirse sino negarse a que el presente agote la realidad, recordar que lo que hoy parece natural fue construido y que lo construido puede, en principio, ser desmontado. La facticidad de la modernización pesa, pero su peso no es una ley, es una relación de fuerzas que se sostiene mientras nadie la piensa como relación.

Por eso el libro sigue haciendo daño, y es un daño que conviene conservar. Duele porque desmiente el consuelo de que las cosas mejoran por inercia y obliga a preguntarse cuánto de nuestra lucidez actual sigue prisionera de esa misma inercia; duele porque nos devuelve la evidencia de que aceptamos como límite lo que era una decisión, y como madurez lo que era cansancio; duele, sobre todo, porque su pregunta sigue abierta: qué haríamos si dejáramos de creer que lo único posible es lo que ya hay.

Quizás la mejor manera de leerlo hoy sea contra su propio tiempo, no como reliquia de los años 90’, sino como advertencia sobre lo que vuelve cada vez que un país confunde estabilidad con destino. El Chile actual de Moulian no quedó atrás, se prolonga en cada crisis que se resuelve sin transformar nada, en cada reforma que promete cambiarlo todo y termina administrando lo mismo, en cada «no había otra alternativa» que se pronuncia con la serenidad de quien ya no espera, y leerlo es aceptar ese incómodo reconocimiento y, con él, la posibilidad modesta y obstinada de volver a imaginar.

El dolor que deja el libro es el de una «partida sin retorno»: alguien se fue del lugar donde la política ocurría y nadie lo despidió. Quedó la ausencia, un vacío que se habita con normalidad, sin duelo ni destino. Ya no hay a dónde volver, porque lo perdido no fue una posición sino la escena donde disentir tenía sentido.

Y aquí estamos, en este tiempo de extravíos, con la memoria a medias y el porvenir en préstamo.

Dr. Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza

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