En “Funes el memorioso” de Jorge Luis Borges, encontramos una descripción extraordinaria que equipara el nominalismo absoluto con un enorme basurero, un recinto lleno de basura. En ese momento del relato el narrador nos dice: “Y también hacia elba: mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras” [1]. La absolutización de la memoria, sin olvido ni posibilidad de olvidar, convierte todos los nombres posibles e imaginables en algo ya presente, pero también inútil, hasta el punto de que no pueden ser pronunciados, y mucho menos recordados a distancia. El mundo de Funes es análogo al diseño tecnológico en el que nos encontramos hoy: la llamada “Inteligencia Artificial” recuerda cada nombre y cada entidad como si seleccionara objetos de un contenedor del basural. Da igual si los nombres elegidos son correctos o falsos; precisamente porque el acto de nombrar como tal ya no posee el encanto que confiere la divinidad de la voz. Cuando el lenguaje se convierte en un “vaciadero de basuras”, ya no existe ninguna relación entre el recuerdo y la voz humana que durante siglos ha sido la fuente de los afectos.
