En “Funes el memorioso” de Jorge Luis Borges, encontramos una descripción extraordinaria que equipara el nominalismo absoluto con un enorme basurero, un recinto lleno de basura. En ese momento del relato el narrador nos dice: “Y también hacia elba: mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras” [1]. La absolutización de la memoria, sin olvido ni posibilidad de olvidar, convierte todos los nombres posibles e imaginables en algo ya presente, pero también inútil, hasta el punto de que no pueden ser pronunciados, y mucho menos recordados a distancia. El mundo de Funes es análogo al diseño tecnológico en el que nos encontramos hoy: la llamada “Inteligencia Artificial” recuerda cada nombre y cada entidad como si seleccionara objetos de un contenedor del basural. Da igual si los nombres elegidos son correctos o falsos; precisamente porque el acto de nombrar como tal ya no posee el encanto que confiere la divinidad de la voz. Cuando el lenguaje se convierte en un “vaciadero de basuras”, ya no existe ninguna relación entre el recuerdo y la voz humana que durante siglos ha sido la fuente de los afectos.
Exactamente dos décadas después de la publicación de Ficciones (1944), en su Seminario de Le Thor de 1964, Martin Heidegger notará que ya en el fragmento 124 de Heráclito en relación con un montón de basura como orden del mundo: “…en su completa aparición como fuego, «el orden más hermoso de todos es sin duda comparable a un montón de basura derramada al azar. Esto significa que la unión inaparente es superior a cualquier orden visible, incluso si es la más bella posible (fragmento 54)” [2]. El énfasis recae en el orden de lo aleatorio que, en su inapariencia, revela la apariencia como orden del cosmos (κόσμος). Inmediatamente, Heidegger señala que la noción arcaica de “mundo” en Heráclito, su “montón de basura”, es radicalmente diferente al mundo actual ya caído a las predicciones y cálculos; esto es, donde hay espacio para todo, siempre y cuando eso sea una extensión de la energía.
Este montón de basura “aparece” y “habla” en nombre del apacible orden tecnológico, la eficiencia y las superfluas promesas del crecimiento económico. En rigor, el nuevo orden del mundo es un montón de basura proporcional a la lenta erosión del lenguaje y su capacidad de recordar y olvidar. Huelga decir que, en la actualidad, y especialmente en Estados Unidos, las instituciones educativas y académicas han estado al frente de este proceso de facilitar esta destrucción compulsiva del lenguaje y la memoria, lo cual evidencia como ninguna otra cosa la íntima alianza entre el técnico y el pedagogo en la configuración del dominio diseñado.
El Funes de Borges acabará muriendo de una congestión pulmonar, lo que es un testimonio de muerte a pesar del horror de una lengua sin la divinidad del nombre. Y en su conferencia, según transcripción de uno de sus estudiantes, Heidegger concluyó con la siguiente recomendación: “Lo que sigue siendo esencial es continuar por el mismo camino sin preocuparnos por nada de lo público que nos rodea”. Una transcripción de la conjura de la lengua sería la única corriente de algo así como un orden verdadero, un guardián de la verdad y lo bello, cualidades inadmisibles para la máquina. Quizás esta podría ser la única tarea para animar la relación del intelecto en nuestro presente.
Notas
1. Jorge Luis Borges. “Funes el memorioso”, in Ficciones (Emecé, 1958), 76.
2. Martin Heidegger. “Seminar in Le Thor 1966”, in Four Seminars (Indiana University Press, 2012), 8.
