Mauro Salazar J. / ¿Franco o Parisi? La aporía de un nombre. Tanatopolítica y campo popular

Filosofía, Política


Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Dante, del Purgatorio

El fenómeno Parisi (Political Trader) no accede a la inteligibilidad mediante los protocolos morales del reproche o la indignación épica cuando la vida cotidiana ha sido devastada. Irrumpe como cristalización de un proceso de descomposición (paroxística neoliberal) y un vacío operacional de toda gobernabilidad. Franco/Parisi encarna la paradoja inmunológica, un vector que se constituye precisamente mediante el rechazo de toda comunidad sustantiva. Su «Partido de la Gente (pero sin gente)», es la immunización llevada a la potencia —no hay protección de comunidad alguna, sino negación activa de que tal comunidad pueda existir.

Decir “outsider” es la mudez de nuestros analistas cuando no dicen nada (balbucean la contingencia). Parisi, más que Franco, pero sin agotarlo en la demonología, invoca informalidades que pasan por los extra-muros del territorio como enfermedad crónica de la subjetividad psicotrópica. Territorios librados durante cuatro décadas a un régimen tanatopolítico donde la vida se marchita, en los pasajes, y no logra articularse según formas tradicionales de politización. No se puede obviar su triunfo en la San Tomas, comuna de la Pintana (Santiago) y no acotarlo —estrictamente a regiones. La identidad nominal que aquí nos ocupa no inventa a sus congregados, sino que los recoge allí donde la izquierda progresista, instalada en zonas de confort epistémico, se rehúsa activamente a leerlos. Los endebles, los informales, los coléricos, los juguetes rabiosos, esa capa media popular distópica cuya existencia carece de inscripción institucional segura, constituyen precisamente el material político que Parisi («The Speculator» y “Tele-canditato”)captura operacionalmente los emprendizajes fallidos. Los trabajadores nómades —temporeros cuyo cuerpo apesta a pesticida, migrantes que cargan la patria en pantalones rotos— no son figura retórica. Son una cadena epidemiológica de precariedad que golpea cotidianamente contra centros de salud donde no hay remedios, contra oficinas de beneficios donde los tratan como delincuentes, contra cifras de desempleo que el Estado reporta sin inmutarse. Votos inconexos, donde circulan sujetos de la ex/concertación, sin consuelos, y emprendimientos fallidos de Piñera, que coinciden numéricamente sin constituir jamás un nosotros. Singularidades que comparecen solo para ratificar su propia dispersión irreversible.

Mauro Salazar J. / Izquierda. La Pasión Tanática como identidad última

Filosofía, Política

Más allá de los vítores de este domingo —si acaso Jeannette Jara se impone en primera vuelta— la izquierda chilena (¿si es posible aún nombrarla así?) expone una afección singular: la compulsión por descubrir en cada trazo del acontecimiento político «fascismos infinitos», omniscientes, que acechan en la molecularidad de lo real. Tal tendencia, tanática en el sentido freudiano, «pulsión de muerte» que se perpetúa, delata menos un vitalismo que una necesidad dramatúrgica (aunque fundada, hay que admitirlo) por confirmar una narrativa Auschwitztiana, cual pregón de los espantos. Lanzarse al «golpe en la cervecería almena» es otra aventura (1923).

Con todo, esta afección coexiste con una verdad infranqueable que se debe a un progresismo (sin agenda de izquierdas o reformas) que se ha centrificado en sus tribunas editoriales. Ciertamente ha obrado como el aval de una regresión autoritaria que avanza —nefasta— bajo el disfraz del orden constitucional, cual la máscara de una democracia profesionalizada. El progresismo del «mérito procedural» parece neutral, pero no es así. El mérito es profundamente violento, porque traslada toda la responsabilidad del fracaso a las personas (hasta la ausencia de osadía gerencial). Si las reglas son «limpias», «entonces la pobreza es tu culpa, y tu falta de osadía gerencial». La trace (huella-rastro) está ahí: invisible, royendo.

Mauro Salazar J. / Derechas y progresismo. La pasión silogista por el odio

Filosofía, Política

La ciudad escribe Santiago. Escribe sobre los cuerpos, en los rieles. Y los cuerpos -los que descienden- responden escribiendo con su ausencia, con esa inscripción que nadie podrá jamás leer completamente.

Hay una obsesión donde la academia centrista se ha obsesionado por lo inasible. La pasión por el «votante colérico»: ayer Milei, hoy Kast, mañana Kayser, pero siempre igual. Bajo un temblor de la identidad, ello ha capturado a los académicos del centro progresista. Como si, precisamente, lo inasible fuera aquello que demanda (exige y reclama) ser capturado, nombrado, domesticado en la palabra. Esa palabra mesurada, controlada, que se presume racional, palabra capaz de contener, cuando gira en la tautología.

A falta de análisis materialistas de la subjetividad, que aborden de manera situada el problema, y esto es decisivo, abundan imputaciones que funcionan como cierres de sentido. Imputaciones que se rehúsan a un gesto fundamental: interrogar la sociogénesis del «malestar» —siempre malaise— que dicen estudiar. Como si el malestar fuera privado, como si no fuese producido socialmente, como si bastara con nombrarlo elitalmente. Se dice «resentimiento», «sufrimiento social» u «otrocidio» (sin preguntarse, y esto es lo problemático, de quién), como si existiera una única fenomenología del sufrir, un sufrir transparente, idéntico a sí mismo. Se dice —una y otra vez— «agresividad constitutiva».