La «emergencia» llega siempre tarde: nombra lo que ya ocurrió, promete lo que aún no ocurre, y en ese intervalo entre el diagnóstico y la medida habita, cómodamente, el poder. La «emergencia» no es el nombre de una crisis: es la crisis del nombre que se hace pasar por su solución.
La «emergencia» es una forma de gobierno antes de ser una descripción de la realidad: nombra lo que ya ocurrió, promete lo que aún no ocurre, y en ese intervalo entre el diagnóstico y la medida habita, cómodamente, el poder. La «emergencia» no es el nombre de una crisis: es la crisis del nombre que se hace pasar por su solución. «Gobernar es comunicar»: la frase ha sido repetida con tanta convicción durante tantos meses que ya nadie recuerda que es una metáfora y no una definición. Lo que la metáfora produce, cuando se la toma en serio, es la inversión silenciosa de la política en espectáculo: ya no se gobierna para comunicar lo que se hace, sino que se comunica para producir la impresión de que se gobierna. La diferencia parece técnica; en el fondo es la diferencia entre la política como acción sobre el mundo y la política como administración de su imagen. Que esa diferencia haya dejado de parecer importante es el dato más revelador del momento que vivimos, y también el más cómodo para quienes gobiernan.
