Octubre de 2019 no produjo un sujeto político. Produjo, más bien, una acumulación alterada de gestos —la evasión masiva del torniquete, la caceroleada, el estandarte improvisado, el meme que circula antes de que nadie lo firme— que la crónica política, apurada por encontrarle un nombre a lo que estaba viendo, bautizó como «estallido social». Llamarlo estallido (aunque más alienta decir revuelta) presupone una acumulación de presión bajo una superficie lisa, un adentro contenido que finalmente revienta hacia afuera. Lo que en realidad emergió esos días fue otra cosa: un archipiélago de «tribus» y de grupos socializados en la gramáticas del mercado, que sin proponérselo como programa articularon una crítica radical a la modernización chilena y a los mitos del progreso, sin necesidad de apelar —y este es el punto que interesa sostener aquí— al mandato de ninguna hegemonía.
