Sherena Razek / Intifada Elemental: cómo Palestina deshace el Antropoceno

Filosofía, Política

Escribí sobre el río y el mar, sobre el mañana y el sol,
y nada se obtuvo de ello.
Escribí sobre la opresión y la depravación —también sobre la pureza.
Dormí sin probar bocado de pan.
Soñé sin sueños.
Desperté sin echar de menos mis manos ni mis pies ni mi reflejo en el espejo
ni la cosa que llamo mi alma.
Morí y viví. Me prendí fuego a mí misma. Me apagué con mis propias cenizas,
y nada se obtuvo de ello.
Soy todos estos elementos, oh Dios: fuego, tierra, viento y agua.
Su quinto es un dolor que las canciones ciegas no pueden ver, su sexto es esta inmensa
soledad, y su séptimo, desde mi matanza, es la sangre.
Cuando ardí, habité las letras de mi nombre libre como una mariposa:
P A L E S T I N A
— Ibrahim Nasrallah, «Palestina», traducción al inglés de Huda Fakhreddine

La tierra es el único archivo al que acudo, y habita en mi cuerpo. Habla a través de mí en fuego, en árabe, en ausencias, en piedra, a través de hijas y de flores brotadas de la sangre de los mártires. He estado en Palestina solo dos veces en mi vida. La última vez, puse en práctica lo que había aprendido de otras mujeres palestinas sobre el arte de cargar con una patria. Introje clandestinamente dos pequeños recipientes de Palestina en mi equipaje: un contenedor de tierra recogida en Ein Karem, ungida con agua del manantial natural al que llegué a través de un mar de turistas bíblicos parlanchines —fuera de lugar y desconectados—, para mi hermano elegido en el exilio, que debía haber estado allí en lugar de ellos. El otro, de Burqa, era para mí. Cuando entregué unos puñados de Ein Karem a mi amigo más querido, hundió el rostro en la tierra y la respiró. A través de su aroma, regresó.