Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: borrachera, cuerpo e inmundicia

Estética, Filosofía, Literatura

Las noches de verano no requieren de sueños ni de esperanzas. Sobre las mesas de un bar cuya materia se desvanece hasta confundirse con el humo, o bajo la luz de faroles callejeros que se cruzan de brazos mientras uno cruza las piernas, el calor del verano asedia. Las noches de verano no permiten sueños ni esperanzas: ya no permiten dormir ni dentro ni fuera de casa. Tras la historia de un mal año, y perseverando más allá de infatigable cansancio, el cuerpo por fin pide exactamente aquello que la noche le ofrece: sudor, fluidos y carne. Luces y opacidades. Recuerdos y olvidos. Borracheras.

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En Corpus, Jean-Luc Nancy acuña la noción de pesaje para dar cuenta de la potencia afectiva del cuerpo en el marco de una ontología modal. El pesaje remite a los modos de interacción de los cuerpos, así como a sus posibilidades de despliegue sobre un mundo. Tal noción cobra sentido dentro de una perspectiva más amplia de un concepto a la vez lúcido y problemático, emparentado con una cierta geometría carnal: la arealidad. Si bien en su sentido más gráfico esta arealidad puede ser entendida a partir de una mera privación de la realidad (a-realidad), su fuerza ontológica no sólo es positiva, sino también existencialmente afirmativa: la máxima potencia de los cuerpos en conjunción con el horizonte más lejano de sus posibilidades de pensamiento.

Para decirlo con Nancy, un área real será donde se “reúne lo infinito del máximo de existencia (quo magis cogitari non potest) con el horizonte finito del horizonte areal” (Nancy, 2016, p.34). Será desde aquella arealidad como apertura de los cuerpos al padecer y, simultáneamente, a fluir e influir, donde el pesaje ha de hacer, exactamente, su entrada: “Pesar se hace únicamente sobre el soporte, y supone el montaje de un universo; ser pesado exige el concurso de otro cuerpo y la extensión de un mundo…Los cuerpos vienen a pesar unos contra otros, eso es el mundo. Lo inmundo es el pre-supuesto donde todo sería pesado por adelantado.” (Nancy, 2016, p. 68) Así, los cuerpos siempre se encuentran tensionados desde y entre sí, al tiempo que realizan la experiencia de tocar-se y ser tocados en el mismo acto en que ellos tocan: esta red es la que configura la (ex)tensión del mundo. En cambio, aquello que el tacto ya ha tocado, cree haber terminado de tocar y, sobre todo, jamás quiere volver a tocar, es lo inmundo.

Pensar la vida desde la vida, pensar el pensamiento con su sangre y su carne, consiste en pesar-lo: ponerse en juego en el pe(n)sar. Bien sabemos que la modernidad ha tendido no sólo a invisibilizar teóricamente al cuerpo, sino a absorberlo para abstraerlo, con el fin de engendrar un orden securitario, gradual y teleológico, a contrapelo del movimiento salvaje de la existencia, y acentuando una episteme de la mensurabilidad y del pronóstico. Pensar, así, no es más que sopesar el peso del pensamiento.

Dentro del ámbito de una ontología modal, concebida a través de la prefiguración del cuerpo y que abre paso a la arealidad real de un corpus afectivo donde todos los fenómenos se despliegan sobre y entre la extensión y los pliegues de una superficie porosa, las relaciones fenoménicas remiten y constatan el peso de su intensidad, mas nunca de una identidad objetual. Desde esta perspectiva, en cualquier experiencia a la que estemos o no enlazados en calidad de sujetos, de la que seamos o no testigos en primera persona o analistas de variables eidéticas (esto es, en cualquier tipo de experiencia fenoménica, pero sin necesidad de acudir a la rigurosidad distorsionante de un método fenomenológico), podemos de constatar las fricciones de resistencia que sobrepasan el mismo plano de la conciencia, tal cual como si esta se tratase de un cuerpo. Recordar o imaginar, acciones que a primera vista parecerían simplemente internas, también involucra al tacto: son modos de tocar y de tocarse con ligereza. Casi modos de rozarse. Diferencia de grados, pero no de esencia: todo es corpus. Y he allí un conflicto en la expresión y expansión de ese único corpus que es el universo: se libra una batalla heraclítea entre la certeza de lo que permanece y la mutabilidad huidiza del devenir, donde los grados y capas de transgresión, así como la tensión en la que la resistencia es levemente vencida, continúan resistiendo. El mundo expresa ese juego de flujos y reflujos, esa superficie áspera y absoluta, a ratos alisada y rutilante, pero casi siempre opaca, como el agua que irriga la piel del desierto entre la piel del desierto.

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Uno de los caminos aún abiertos al pensamiento, pero que por razones morales y sociales se ha visto clausurado al poco andar, guarda relación con aquello que excretamos, con los desechos que, luego de haber cumplido su mera “función biológica” han de tornarse tóxicos y residuales. Así, en una suerte de hipérbole de la inmundicia, pensar el vómito resulta intrínsecamente vomitivo. Quizás una manera de abrir este mundo a un mundo otro, esté en el atrevimiento de pensar y pesar distintos modos de inmundicia. Pero ello implica disponerse al extrañamiento desde las entrañas: demanda un pe(n)sar visceral, un pe(n)sar las vísceras con las vísceras.

Habitamos un mundo hermenéutica y significativamente ya constituido. Pero un mundo es sólo un mundo: uno entre otros miles posibles (¿e imposibles?). Quizás el evento realmente significativo consista en radicalizar la experiencia del asombro (¿puede haber filosofía sin asombro? ¿Puede resultar significativa la filosofía descargándose del ligero peso del asombro?) para buscarla, para disponerse a tal experiencia, llegando a olerla y palparla. En otras palabras, pensar-pesar aquello que, proscrito a un mundo negado, nos excede, nos sacude y nos avergüenza: nuestra vinculación con la inmundicia.

Residuos de una mecánica del cuerpo donde, sin quererlo, nos vemos implicados, desechos nunca por sí solo hechos ni por nosotros reconstituibles, la inmundicia, al derivar de los cuerpos y ser degradación orgánica de los mismos, pareciera remitirnos a la dimensión de lo a-significante en tanto insignificante. Es allí donde debemos oponer la rebeldía del pensamiento.

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La corrosión del vómito que adviene por la madrugada, el rostro que acaricia el excusado en el baño del bar, las risas clandestinas adheridas a la emergencia de una música de fondo (de una música que emerge desde un fondo no espacial, que está aquí); la viscosidad, el hedor y los residuos del almuerzo familiar; la miseria, el dolor, el intento por mantener la compostura; la proeza de presionar la cadena, de levantarse y seguir estando caído, de mirarse al espejo y correr la cara para verse o no querer verse; el segundo de falso silencio y la risa muda; la limpieza, el agua en la boca y fuera de ella, el agua posándose y pesando en el estómago una vez más; la rectitud de espalda y el respiro y la renovación; el deseo de volver a la mesa para tocar los ojos de los acompañantes con los ojos de nuestra compañía; la obsesión de terminar esa noche en la cama de alguien que aún no conocemos pero que nunca hemos dejado de imaginar; la locura de dejar de ser sí mismo, de estar siendo otro, otro de sí, cualquiera, uno capaz de evadir la culpa, a la vez que mira de frente al miedo que lo apunta, que lo acusa.

Esa marcha convulsa de energías, delirios y fragilidades, de afectos, dislocaciones y exposición, se torna imposible de ser condensada en un sistema de conceptos, de ser representada en una obra sin arte o de rearticularse en torno a la estructura de un relato de traicionera traducción. El caudal de la inmundicia y el ritmo con que nuestro cuerpo vomita la borrachera, suspende, pesa, discurre y, en un solo gesto, revela el corpus universal de la existencia. Cualquier superación sólo es olvido o autoengaño, porque hacia el fondo no existe más que la misma cambiante superficie: la ontología modal, el corpus, sobre el cual reposan, se extienden y ovillan nuestros (im)propios cuerpos. Cuerpos unidos y entrecortados, enlazados y separados entre sí, pero también en relación (siempre en relación) de pesaje con el corpus de la arealidad real. Cuerpos que piensan, pesan y se pesan unos a otros, como un mar de naufragios sin náufragos, un océano de intrusas cicatrices, el cual, pese a todo, no recurre al discurso de la salvación y de la encarnación (del cuerpo glorioso) para que ser capaz de arrastrarnos hasta la orilla y corazón de la vida.

Referencias:

Nancy, Jean-Luc (2016): Corpus. Traducción de Patricio Bulnes. Arena Libros: Madrid.


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