Nakba es la palabra que los palestinos han escogido para designar un punto originario de su sufrimiento. Nakba en árabe significa catástrofe. El 15 de mayo de 1948, más de veinte mil palestinos fueron asesinados y más setecientos mil expulsados de sus hogares. Sus aldeas fueron arrasadas o, lo que hace el asunto más distópico, ocupada por familias judías que llegaban a vivir al Estado de Israel que se había creado bajo el programa colonial del sionismo. Por supuesto, no existe algo como un origen. Si hablamos de la Nakba, debemos luego ir más atrás al proceso de colonización sionista, antes de ello, al sionismo cristiano, cargado de antisemitismo, que buscaba sacar a los judíos de Europa. Aún antes, habría que hablar del colonialismo en general, de América, de África, de India y China. Habría que hablar del orientalismo y el racismo europeos, que finalmente consolidan en Palestina una colonia supremacista blanca. Habría que hablar de muchas cosas. Del capitalismo y la conversión de las vidas jerarquizadas y racializadas en mercancías, de los procesos de descolonización y la continuación del colonialismo por otros medios. Sí, habría que hablar de muchas cosas, pero la potencia del concepto Nakba sigue siendo irrefutable porque hoy lo que los palestinos han llamado su catástrofe no es otra cosa que la catástrofe del mundo.
La catástrofe, en este sentido, está ligada a una mentira fundamental que es la supuesta derrota del fascismo en 1945. Lo que la Unión Soviética y los aliados derrotaron en la segunda guerra mundial fueron Estados fascistas, tras lo cual el propio concepto cayó en desgracia mas, precisamente por eso, sus principios siguieron integrados en la tradición occidental, en adelante de forma mucho más híbrida, renunciando a sus rasgos estatistas e integrando sus principios en el propio liberalismo. La domesticación de los cuerpos en el trabajo, la racialización y justificación de las jerarquías entre humanos y la paranoia securitaria no murieron en 1945, sino que se aceleraron tras la caída de los regímenes fascistas, ahora como políticas fundamentales de los regímenes liberales.
En esa trama, Israel y el Apartheid de Sudáfrica, ambos nacidos en 1948, han cumplido un rol fundamental. Ambos se constituyeron como verdaderos reservorios del fascismo en sus términos más duros, pero representándose y presentándose –especialmente Israel– como democracias liberales, plenamente integradas en los organismos políticos, jurídicos y comerciales del sistema internacional. Si Sudáfrica vivió el fin de las políticas de Apartheid, fue para pasar a ser un Estado racializado pero con desigualdades que se presentan en la mayoría de los Estados del mundo, especialmente desde el auge neoliberal. Israel, en cambio, ha apostado por una doble jugada. Por un lado, mantener el programa de limpieza étnica y Apartheid sobre los palestinos, pero al mismo tiempo, penetrar en los regímenes liberales de Occidente, financiando –cooptando– a los políticos y haciendo a los Estados dependientes de sus sistemas de seguridad.
La prolongación del fascismo en su forma sionista, en este sentido, es precisamente el modo en que sus principales valores sobrevivieron a 1945 y hoy, tras el debilitamiento de Estados Unidos –país que forma un sistema con el sionismo–, la forma que adopta Israel es la de una máquina de muerte, no tan dispuesta a perder lo que ha ganado en términos de legitimidad y complicidad, sino apostando por que el verdadero rostro del genocidio sea aceptado como un espectáculo más.
Que la Nakba no haya terminado significa que el fascismo no ha sido derrotado. Que su máquinaria no depende de un régimen u otro, sino de una configuración de valores que aceptan sin más la desigualdad entre humanos como un hecho natural. De ahí al genocidio solo hay un paso.
Rodrigo Karmy ha llamado a esto «el devenir Nakba del mundo», yo sólo agregaría que si Nakba designa el paradigma a partir del cual debemos leer la catástrofe del mundo, las formas de la resistencia en Palestina, que lleva setenta y siete años sobreviviendo, son una clave fundamental si queremos llegar, como decía Benjamin, a una concepción de la historia que nos permita hacer frente al fascismo.
Imagen principal: Mona Hatoum, Misbah, 2006-2007


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