Quizás, no haya reivindicación más decisiva en la historia del movimiento nacional palestino que la del derecho al retorno. Pero en las actuales circunstancias, en las que Palestina deviene la verdad del mundo en que vivimos y la nakba no es solo la marca del genocidio sionista que ya cursa casi 80 años sino la catástrofe global por la que la escena liberal muta hacia la movilización fascista, el problema del retorno tiene que ser visto como la apuesta con la que se mide toda sublevación.
No se trata de un “retorno” hacia un origen más auténtico que habría sido dejado atrás, una esencia que, invariante, espera silente nuestro regreso. Más bien, “retorno” puede designar, tal como lo marca la resistencia palestina, un retorno a la Tierra de la que hemos sido despojados. Incluso, el retorno de la Tierra y su poética frente al colapso del territorio y su régimen de equivalencia general.
Si por “Tierra” designamos el lugar de un habitar en el que todo sacrificio, esfuerzo y tragedia es revocada a favor del orfismo que secretamente nos impregna de su memoria que, a la vez, es un porvenir, tendríamos que decir que “territorio” es precisamente el lugar devenido espacio, instaurado bajo la conquista y su tenor prometeico. No habrá capitalismo sin territorialidad o, lo que es igual, sin destrucción de la Tierra. Si la resistencia palestina ha reivindicado siempre el “derecho al retorno” en contra del “derecho al retorno” mitologizado por el sionismo, tendríamos que escuchar decididamente lo que esa resistencia nos plantea para una política del presente. Dos formas de ese “derecho”: uno que pertenece al registro de la Tierra el otro al del territorio.
Si los Estados Unidos hoy territorializan su violencia imperialista en su propio interior que frecuentemente han aplicado hacia fuera, permitiendo el aterrizaje de Black Hawks en Los Ángeles, o la llegada de marines para masacrar la protesta de miles de ciudadanos cuyos derechos se ven cada día más claudicados (o donde tales derechos simplemente nunca han estado), es porque en sus calles, plazas, esquinas, muros, han irrumpido múltiples formas de sublevación.
Pero ¿qué es sublevarse? Ante todo, debemos recordar lo que Walter Benjamin caracterizaba bajo la cuestión del “despertar: un momento de interrupción en el que sueño y vigilia resultan indistinguibles, “suspensión del tiempo histórico” dirá Furio Jesi retomando la lectura benjaminiana a propósito de la revuelta, donde el instante porta consigo la fuerza del pasado en su investidura capitalista y, a la vez, la del porvenir en la apuesta por su revocación.
En este sentido, la sublevación hoy se expresa de tres modos: como milicia armada (guerrilleros en los túneles de Gaza), marchas pacíficas y no tanto como la que surgió desde Argelia recientemente, y revueltas, como las que irrumpen en Los Ángeles y Nueva York. Sea la vía armada, la marcha pacífica o la revuelta, todas deviene formas del derecho al retorno; del retorno a la Tierra.
Toda sublevación asoma así, como un “despertar”, donde las multitudes se ven tensadas entre el territorio que dejan y al Tierra sobre la que se vuelcan. La marcha sobre Gaza tiene la textura de las multitudes que han decidido a volver sobre Palestina como si ella fuera el alma de un tiempo sin alma, la Tierra de una época (des) territorializada. Marcha que está decidida a liberar a los palestinos presos en el más grande campo de exterminio de nuestro tiempo: Gaza.
Se trata de romper un cerco (el sueño, pero dese su interior) –tal como las milicias palestinas lo hicieron el mismo 7 de Octubre de 2023 cuando el bulldozer israelí que habitualmente ingresa a las aldeas palestinas para derribar sus casas y asediar a su población, fue manejado por un palestino que comenzó la destrucción del cerco israelí y posibilitó el “retorno” palestino a su antigua Tierra, desde 1967 confiscada bajo la nomenclatura jurídica de los “Territorios Ocupados”.
Si, el 7 de Octubre fue un “despertar” en el sentido que lo piensa Benjamin, fue un “despertar” global que va desde Los Ángeles hasta Gaza y que los nuevos movimientos fascistas intentarán destruir. La marcha sobre Gaza, se suma al Madleen que fue abordado en plenas aguas internacionales por parte de la marina israelí deteniendo a sus tripulantes que provenían de diversos países europeos. Posiblemente la Marcha sobre Gaza no pueda cruzar la frontera.
Pero ¿y si la cruza? Interesante: también en Los Ángeles se trata de la antigua frontera mexicana en cuestión, y del retorno de aquellos históricamente aplastados que han cruzado la territorialización estadounidense hacia una Tierra. Podríamos decir lo siguiente: Tierra no designa un lugar situado en un “más allá” (por eso no es un orden mítico) sino un lugar que irrumpe en el mismo instante en que el “despertar” acontece sobre el territorio. Es la Tierra la que pisamos cuando los territorios desnudan su fragilidad y experimentan su derrumbe.
Mexicanos en Los Ángeles y Palestinos en Gaza están, como los seres vivos en general, obsesionados por la Tierra. Sudan, sangran, son asesinados. Pero desesperan por la Tierra; saben de su agonía y de su cansancio.
Su “despertar” irrumpe como una forma de habitar un mundo materialmente devastado. La nakba es la catástrofe palestina. Pero tal catástrofe no es más que la de la destrucción de la Tierra, la de su privación a favor de los territorios y sus carreteras hiperveloces. Volver a la Tierra significa, por tanto, hacer la experiencia de un “despertar”, no esconderse en la cobardía de una identidad supuestamente sustraída, de algún arché míticamente abandonado. “Despertar” significa arrojarse a la intemperie, no morir en la tragedia de la época, sino revocarla intempestivamente, retornar a la Tierra que ha estado aquí esperándonos.
Junio, 2025.
Imagen principal: Bashir Makhoul, Rift of Return No. 1, 2025

