Gerardo Muñoz / Rehacer el tejido del mundo. Sobre Nuestra Tierra (2025) de Lucrecia Martel

Cine, Filosofía, Política

Desde el primer plano de Nuestra Tierra (2025) Lucrecia Martel no vacila en advertirnos que su filme versa del mundo como problema. Vemos un satélite flotando fuera del planeta Tierra, mientras que un canto gregoriano de banda sonora inviste al artefacto de ángel en ascenso, con sus dos rejillas metálicas como si fueran alas. Como mucho, el satélite es el objeto que confirma que ya no vivimos ante la revelación de Dios, y quizás por esto mismo el planeta en su totalidad aparezca como una gran planicie gélida al servicio de una mirada que se extiende desde su interioridad. La nueva política del cielo tiene a la tierra como un mero almacén administrado. Esta es la aspiración de la depredación, ya sea en manos de la cibernética de Palantir (el palantír en la saga Lord of the Rings es, en efecto, es la bola de cristal que tiene el superpoder de ver desde lejos), o la doctrina imperial china Tianxia. En Nuestra Tierra (2025) Martel trabaja la hipótesis de la configuración objetual del mundo como olvido perpetuo de su suelo, y desde la cual es posible constituir el tejido insondable de experiencias libres y tenues. Para Martel, lo “nuestro” de la Tierra no es una forma de restitución de un humanismo que ve en los territorios el cubículo para la producción autosuficiente; sino que es allí donde las estrías conjuran un mundo sensible de las palabras de las almas.

Nuestra Tierra (2025) recorre los diversos espacios entrecruzados que emanan de un lugar, la comunidad de Chachogasta luego del asesinato del cacique indígena Javier Chocobar en manos de un ex policía y un grupo de inversores en el 2009. El documental sigue los altibajos del juicio a los perpetradores del crimen en la Cámara Penal tucumana que llegó a un fallo condenatorio luego de casi quince años, pero difícilmente podemos decir que se trate de un trial film. Martel sigue el juicio a retazos, dando saltos a lo largo de los años, haciendo evidente la incongruencia de la soberanía de la forma jurídica, el patetismo de las pruebas, el silencio de las voces indígenas, y la altisonante defensa de los perpetradores ante un escalofriante homicidio – grabado con teléfono móvil y todo a cielo abierto – que terminó con la vida de Javier Chocobar con un balazo a quemarropa, y con los asesinos en libertad tras de unos pocos meses en prisión. Ya lo veía David Viñas en Indios, Ejército y Frontera (1982), el indio usurpador y ladrón para la elite decimonónica nacional, aparecía en la primera modernidad como un ser desnudo con respecto a las patrones de producción y desarrollo, volviéndose una protuberancia en el territorio [1]. En el fin de la modernidad ecocida (regulada por un nuevo principio invertido de aquel, “expulsar es despoblar”), el habitante indio de los Chachas sigue siendo un excedente con respecto a la tierra, si bien ya no bajo el pretexto de producción, sino por el simple hecho de hallarse en ella. Cuando el espacio en un territorio puede ser medido y traducido a cualquier otro terreno se profundiza en las rapiñas fratricidas del intercambio.

Y una vez que el mundo se vuelve el último objeto de la planificación, la existencia humana no tiene otro destino que el parasitario. Como deja claro Martel en la última parte de Nuestra Tierra (2025), el siniestro del asesinato de Chocobar tiene lugar sin un porqué; esto es, excede la lógica cambiaria del gasto que regularía la plusvalía simbólica entre la muerte y la riqueza del territorio. Al final de cuentas esas tierras iban a permanecer vacías. Se asesina y se humilla en un afán aberrante en el que la comunidad de la especie humana termina por relacionarse con un otro – incluso el mundo como lo otro irreductible – desde una agresión reprimida que tiene como sobrevenido un odio desatado. El humano ahora es simplemente la vergüenza del mundo. En su despliegue de fuerza, el humano ya no tiene acceso al mundo salvo a estacazos que, paso a paso, lo aleja todavía más de una entrada. Ya no es la realidad lo que amenaza al viviente, sino que es el humano el que toma nuevas precauciones letales contra la especie. No es casual que el estatuto en el contexto norteamericano que autoriza actuar de forma preventiva se denomine “stand your ground”; literalmente, consolídate con firmeza en tu suelo.

¿Por qué se asesina a Javier Chocobar una tarde en una carretera polvorienta de un valle de Tucumán? ¿Por qué se asesina a un afroamericano desarmado en la noche helada de un suburbio norteamericano? Si pudiéramos darle sentido a esas muertes la miseria de “este mundo” llegaría a su fin, pues daríamos con el misterio de un mal que se asoma sin porqué. Si pudiéramos entender la muerte de Chocobar, podríamos reanudar otra época que no sea aquella que vive su oscuridad con los acechantes satélites de Elon Musk desde el espacio. Martel trabaja una singular intuición: la depredación epocal cobra sentido si entendemos que el dominio efectivo sobre el viviente no se reduce a la rentabilidad de las tierras, sino a la usurpación de su relación con la belleza y su apertura al cielo. Una cosa es la mirada vertical del satélite supralunar hacia la Tierra; y otra, muy distinta, es la mirada entreverada que devela las proximidades inmediatas entre figuras y formas de un entorno. En la visualidad de Martel, Chocobar es irreductible a estandarte nacional o militante comunitario; es tan solo un hombre; ese hombre que fue amado y conocido, una vida inolvidable que atraviesa el umbral del contacto entre mundos.

Como admitió Martel en una reciente proyección de Nuestra Tierra (2025): “El mundo es un tejido que hay que rehacer. Cuando se habla de usurpación se piensa en propiedad, pero también es usurpación de la belleza. Los poderosos y mezquinos de este mundo lo que no toleran es que la gente humilde entre en contacto con belleza, o que tenga una relación con el paisaje” [2]. Pero el paisaje no es simplemente una vista total en vuelo de pájaro desde una altura angosta. El paisaje convoca, en última instancia, al difícil problema de la distancia por la cual cultivamos la región como presencia. En el mundo de las camarillas de usurpadores, de lo que se trata es, como se ha dicho, “de luchas por la presencia contra la ausencia de un mudo de representación, asociaciones entre mundos, fragmento por fragmento” [3]. Despejar la región para el arribo de la presencia supone el regreso de lo divino al mundo.

Otra vez vale la pena convocar a las palabras de Martel sobre la hostilidad de la época: “La comunidad Chuschagasta [de Javier Chocobar] está en una situación degradante, pero tenemos a los vecinos palestinos pidiendo lo mismo. Es una herida del mundo; creer que se puede vivir sin espacio. Pero no hay vida sin espacio” [4]. O hay vida good enough, pero una vida de laboratorio, de confinamiento generalizado. En cierto sentido, el arte como rehén de la presencia (es el gesto mismo del cine de Martel) no se limita a la reducción antropológica de los lugares, sino que es también memoria y recuerdo; y, por lo tanto, agradecimiento a lo nos es propio porque nos antecede y nos arroja [5]. Quizás por esto mismo, la presencia proliferante de fotografías de la familia de Chuschagasta Nuestra Tierra (2025) – la cual solo fue compartida con la directora y su equipo de producción al cabo de diez años – nos muestra que el verdadero espacio es la relación con lo inmemorial, porque justo allí nos atraviesa la herencia que somos con los otros.

La degradación de los espacios que vivimos no es tanto el oprobio del dominio de los psicópatas del nuevo régimen de acumulación (esto es la ecología transicional); sino que, por encima de todo, la pérdida de nuestra relación en la lengua, y por extensión con nuestros recuerdos compartidos. Como se deja ver en los últimos planos del filme (grabados con drones en vertiginoso declive), el mundo es siempre incompleto e inasible, como la gradación vegetal del valle chuscha que la cámara recoge en sus suaves intervalos. “Annihilating all that’s made, to a green thought in a green shade”, dijo la voz de un poeta. Rehacer el tejido del mundo nos habilita la memoria de nuestras sensaciones en la que también se encuentran los muertos. Ayer Javier Chocobar, hoy Julia Chuñil, mañana serán otros. En esa sombra paisajística y atópica permanece el imperativo ético de nuestro tiempo.

NOTAS

1. David Viñas. Indios, Ejercito, y Frontera (Santiago Arcos Editor, 2013), 93.

2. Palabras de Lucrecia Martel tras la proyección de Nuestra Tierra (2025), NYC Film Festival 63, 7 de octubre de 2025.

3. Josep Rafanell i Orra. Fragmentar el mundo (Irrupción Ediciones, 2024), 33.

4. Palabras iniciales de Martel sobre Nuestra Tierra (2025), NYC Film Festival 63, 7 de octubre de 2025.

5. Pablo Oyarzun. Hölderlin, el recuerdo (Mundana Ediciones, 2025), 19-20.

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