Es posible leer la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses como una profecía relativa a la situación actual de Occidente. El apóstol evoca aquí «un misterio de la anomia», de la «ausencia de ley», que ya está en acto, pero que no llegará a consumarse con la segunda venida de Jesucristo si antes no aparece «el hombre de la anomia (ho anthropos tes anomias), el hijo de la perdición, aquel que se opone y se ensalza por encima de todo ser que se llame Dios o sea objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, mostrándose como Dios». Sin embargo, hay un poder que retiene esta revelación (Pablo lo llama simplemente, sin definirlo mejor, «lo que retiene – cathechon»). Es necesario, por tanto, que este poder sea quitado de en medio, porque solo entonces «será revelado el impío (anomo, lit. “el sin ley”), a quien el Señor Jesús eliminará con el soplo de su boca y reducirá a la impotencia con la manifestación de su venida».
La tradición teológico-política ha identificado este «poder que retiene» con el Imperio Romano (así en Jerónimo y, más tarde, en Carl Schmitt) o con la misma Iglesia (en Ticonio y Agustín). En cualquier caso, es evidente que el poder que retiene se identifica con las instituciones que sostienen y gobiernan las sociedades humanas. Por eso su eliminación coincide con el advenimiento del anomos, de un «sin ley» que ocupa el lugar de Dios y, «con señales y falsos prodigios», conduce a la perdición a «quienes han renunciado al amor por la verdad».
Es posible ver en el misterio de la anomia no tanto un arcano supratemporal, cuyo único sentido sería poner fin a la historia, sino más bien un drama histórico (mysterion en griego significa «acción dramática»), que corresponde perfectamente a lo que estamos viviendo hoy.
Las instituciones dominantes parecen haber perdido su sentido y se están apartando literalmente, dejando lugar a una anomia, a una ausencia de ley que pretende, por así decirlo, ser legal, pero que de hecho ha abdicado de toda legitimidad. El Estado (el principio que retiene) y el «sin ley» son en realidad las dos caras de un mismo misterio: el misterio del poder. Como hoy muestran los Estados Unidos sin ningún escrúpulo, el «hombre de la anomia», el «sin ley», designa la figura del poder estatal que, dejando caer los principios constitucionales y éticos que tradicionalmente lo limitaban y, con ellos, «el amor por la verdad», se encomienda a las «señales y falsos prodigios» de las armas y la tecnología. Esta confusión de anarquía y legalidad en un estado de excepción convertido en permanente es lo que debemos desenmascarar y volver inoperante en todos los ámbitos.
Fuente: Quodlibet.it
