Estesícoro, en efecto, como quiera que los de Hímera habían elegido a Fálaris general con plenos poderes (autokratora) e iban a concederle una escolta personal, después de haberle hecho otras consideraciones, les contó esta fábula. Tenía un caballo un prado para sí solo, pero llegó un ciervo y le estropeó el pasto. Queriendo entonces vengarse del ciervo, le preguntó a un hombre si podía ayudarle a tomar venganza del ciervo. El hombre asintió a condición de ponerle un bocado y montarse sobre él llevando unas jabalinas. (El caballo) estuvo de acuerdo y, una vez que lo hubo montado el hombre, en lugar de vengarse, se convirtió en esclavo del hombre. “Mirad así también vosotros –dijo–, no sea que queriendo vengaros de vuestros enemigos, vayáis a padecer lo que el caballo; porque ya tenéis el bocado al haber elegido a un general con plenos poderes, pero si además le dais una guardia y dejáis que se os monte encima, seréis entonces esclavos de Fálaris. (Aristóteles, Retórica 1393b11-24).
I
(Auctoritas)
En Chile, ya tenemos el bocado puesto. Las riendas las manejará José Antonio Kast a partir del próximo 11 de marzo. Su candidatura se definió por dos rasgos –o, más bien, por dos carencias– que sus opositores señalaron de manera insistente: promesas que no podrá cumplir y la negativa sistemática a responder por ellas ante la opinión pública.Pero estas cuestiones no son las que realmente nos importan aquí. No interesa lo que Kast no hizo ni lo que no será capaz de hacer, sino aquello que sí hizo para llegar al poder y qué hará finalmente con él: es decir,cómo logró ponernos el bocado y de qué modo manejará las riendas.
Kast fue interpelado insistentemente por el gobierno progresista-centrista y por su candidata, con el fin de que diera cuenta de las inconsistencias de su programa de gobierno y aceptara hablar en la lengua consensual que creían dominar: la de una política secularizada y pacificada, hecha de promesas razonables y de mala conciencia liberal. Kast, recordando el modo en que perdió su candidatura anterior al quedar atrapado en ese juego discursivo de moralinas de batallas culturales, no respondió. Hizo algo distinto. Ejecutó un giro que llamaremos retorno de lo arcaico.
Lo arcaico remite aquí al estatuto del arkhé: unidad, principio, mando originario. Kast fue a buscar en ese terreno del terror arcaico el fundamento de la auctoritas destinada a sostener su poder de mando. Tal auctoritas no refiere a una legitimidad jurídica ni a una institucionalidad democrática: “La auctoritas es la virtud anterior a la ley y al ejercicio del poder”i. Así, la auctoritas que Kast logró construir se presenta como anterior al derecho y a la democracia. Esta “virtud” afirma poder salvar a la nación del desgarramiento y de la caída en el abismo. A Kast no le importaba rendir cuentas ni hablar la lengua del progresismo liberal porque conquistó una auctoritas a través de la imagen del abismo, de la pérdida de la unidad nacional. Acusó cómo los siervos foráneos habrían arruinado la pradera del oasis neoliberal y cómo la comunidad nacional se encontraría al borde de su ruptura.
Kast es, entonces, un auctor. Toda auctoritas requiere de su auctor: “El auctor es una garantía, aquello que domina las letras y puede discernir el sentido (…) en medio del ruido del mundo”ii. Kast, que no es hombre de letras ni de luces, fue, sin embargo, un auctor eficaz. Su astucia autorial consistió en construir, al mismo tiempo, una imagen de una nación al borde del abismo y una imagen de sí como aquel capaz de restituir el sentido y el orden en el caos. Esta figuración doble penetró en los hogares y en las psiquis directamente a través de las pantallas. Es decir, este auctor conjugó eficazmente el retorno de un miedo arcaico con la hipertecnologización del subjectum colonizado mediáticamente. He aquí la forma del nuevo cybernétique (piloto): la metáfora platónica del gobernante que adquiere una actualidad inquietante.
Su forma de pilotaje recibe hoy un nuevo nombre: “gobierno de emergencia”. No se trata, sin embargo, de una novedad, sino de la actualización de una figura anterior –fundacional del poder político chileno contemporáneo–: la “democracia protegida”. Bajo este nombre se instituyó una refundación autoritaria del sistema político e institucional chileno, todavía inscrita en la Constitución de la nación. El dictador Augusto Pinochet definió la democracia protegida como una forma de gobierno en la que la “voluntad popular” deja de ser decisiva y es reemplazada por la unidad nacional, garantizada por una entidad gubernamental dotada de plenos poderes: un poder autocrático pre-constitucional, irreductible al poder constituyente y superior a cualquier forma de legalidadiii. En este sentido, la democracia protegida se revela como una democracia sin dêmos (pueblo). De su sentido originario –dēmokratía, poder del pueblo– solo se conserva entonces la segunda partícula: krátos, fuerza, dominio, poder que se ejerce directamente. Krátos nombra aquí una modalidad de poder aún más arcaica que la auctoritas.
II
(Krátos)
Kast, el auctor, consiguió conjugar el terror arcaico con la cibernética algorítmica contemporánea, haciendo emerger una imagen sintética del caos que se autorreproduce y se expande en la esfera virtual. De este modo, Kast no solo vuelve la mirada hacia los autócratas del pasado, como Pinochet, sino que aspira a encarnar la figura de un nuevo tipo de autócrata hipertecnificado: su referencia fundamental, el kybernétēs autokrátōr por excelencia, es Donald J. Trump.
El krátos es el nombre de un poder desquiciado. No se malentienda este punto: un poder desquiciado no es un poder enloquecido. El vínculo entre poder y locura que solemos imaginar –en figuras históricas como Calígula, nombrando cónsul a su caballo favorito Incitatus o en el barroco Macbeth, enloqueciendo en su castillo bajo el peso de la culpa y la paranoia que acompañan a un poder sin legitimidad (“A tyrant whose sole name blisters our tongues”iv)– suele oscurecer lo fundamental del desquicio. El desquicio del poder no nombra un extravío mental del tirano, sino la ejecución de una fuerza (krátos) que saca al poder del quicio que sostenía su legitimidad: arranca y fractura el marco jurídico que ya no le aparece como condición necesaria, sino como limitante al despliegue de su propia fuerza. Donal Trump ha violado reiteradamente tanto el derecho constitucional de su país como el orden jurídico internacional, sacando al poder de quicio y mostrando que el nuevo autokrátōr cibernético no necesita, para imperar, otro marco que el despliegue global de su propia fuerza, amplificada por los medios de la tecno-oligarquía digital.
El poder autocrático se impone fuera de quicio, fuera de marco, como el depositario –o el dueño (despótēs)– de una fuerza que no reconoce otro límite que la autorreferencia de su propio despliegue. Donald J. Trump ocupa hoy la escena privilegiada de ese poder. Las escenas y los discursos de autorreferencialidad, de autoposicionamiento, de autoafirmación, de autocracia se suceden sin freno: “I was saved by God to make America great again”, “Under my leadership, America will be respected again”, “What I say is what matters”, “Don’t worry, I’m the one that’s running the show”, “The real power belongs to the American people — but I’m their voice”, “I don´t need international law”, “I decide, and that’s final”v. La dēmokratía es así aniquilada por la afirmación de la autokratía bajo una nueva forma de poder cibernético, militar y oligárquico. En esta genealogía, el autócrata por excelencia –en la historia del poder y del pensamiento del poder– es el oligarca, figura en la que el krátos se concentra y se reproduce sin mediación.
III
(Imperium)
Existe un concepto político –o, más precisamente, teológico-político– en el que la auctoritas, el krátos y el autócrata convergen: el imperium. En la década de 1930, una teoría teológico-jurídica imperial del siglo XVI volvió a cobrar vida para alimentar la vieja Doctrina Monroe, ahora revitalizada con una mezcla de derecho natural y retórica salvífica. El ius ad bellum de Francisco de Vitoria fue recuperado por el renombrado jurista estadounidense, James Brown Scott, con el que fundó una nueva versión de la guerra humanitaria, avalada por una reconfiguración del derecho internacional propugnado por Estados Unidos y Europa.
El teólogo imperial Francisco de Vitoria fue canonizado como un héroe liberal, un liberal avant la lettre –afirma Brown Scott en The Spanish Origins of International Law (1934)vi–, obra a partir de la cual el jurista norteamericano estableció además las bases eurocéntricas del sistema moderno de justicia internacional, en un esfuerzo por evitar el colapso completo del frágil orden jurídico internacional de entreguerras, aunque conservando como garantía última el poder bélico. Esta versión del imperialismo norteamericano, cimiento de la pax americana, se acercaba al imperium romanum en su estructura doble, resumida en las esferas de la guerra y el derecho, o en la continua justificación de la guerra –humanitaria o preventiva– por medio del derecho.
Con la reciente y violenta irrupción de la nueva Doctrina Donroevii, se echa por tierra el sistema jurídico internacional que aseguraba el carácter “bélico-humanitarista” de la doctrina hasta entonces dominante. La invasión de Venezuela –en las propias palabras de Trump– responde a la apropiación del petróleo, a la seguridad interior y al control geopolítico de todo el hemisferio mediante la fuerza, “unapologetically”viii, afirma rabiosamente Stephen Miller. Dicho de otro modo, el marco jurídico internacional que garantizaba el despliegue imperial-humanitario y excepcionalista norteamericano deja simplemente de ser necesario. Lo que impera ahora es el krátos puro de una acumulación y concentración de riqueza sin precedentes y armamentos de alcance destructivo inimaginables: “We live in a world, in the real world (…) that is governed by strength, that is governed by force, that is governed by power. (…) We’re a superpower and under President Trump, we conduct ourselves as a superpower. (…) [T]he Monroe Doctrine, and Trump Doctrine, is all about securing the national interest of America” (Stephen Miller)ix.
Este es el retorno imperial de una oligarquía arcaica, presolónicax, en estado puro: como cuando su poder primitivo, anterior a la invención de la democracia, no conocía límite jurídico alguno sobre el pueblo esclavizado, pero ahora recargada con estimulantes neuroquímicos, una riqueza acumulada como nunca antes en la historia humana y una tecnología armamentista capaz de destruir el planeta en cuestión de segundos. La oligarquía, de mala reputación para los antiguos por su tendencia a la autocracia y a la producción de stásis en el seno de la pólis, ha resurgido para imperar a escala planetaria. Esta oligarquía conjuga lo más arcaico y lo más tecnificado: la metafísica del valor transmutada en monedas digitales, el goce sádico del tirano y los medios de comunicación globales, el derecho natural y una tecno-oligarquía de supremacía racial.
José Antonio Kast ha celebrado la intervención imperial norteamericana en Venezuela y el secuestro del dictador Nicolás Maduro: “La detención de Nicolás Maduro es una excelente noticia para la región”xi. Donald Trump, devolviendo la cortesía, declaró ante los medios globales –el mismo día de la invasión–: “I endorsed the man who won in Honduras, the one who won in Chile, and the one who won in Argentina. And we’re doing very well with that group”xii.El kybernétēs autokrátōr ya tiene a sus caballos pastando en América Latina; y aunque todavía no podamos llamarlo Calígula, Kast ha comenzado a relinchar cual Incitatus, dócil ante la mano que tirará de sus riendas.
NOTAS
i Jacques Rancière, En los bordes de lo político (Buenos Aires; Ediciones La Cebra, 2007), 30.
ii Jacques Rancière, En los bordes de lo político, 31.
iii Véase, Carlos Huneeus, «“Democracia Protegida” en Chile. Cambios Institucionales y el Fin del Régimen del General Pinochet», Revista de Ciencias políticas, No. 19 (1997), 61-86.
iv William Shakespeare, Macbeth, acto 4, escena 3, verso 12.
v “Dios me salvó para hacer a Estados Unidos grande otra vez”; “bajo mi liderazgo, Estados Unidos volverá a ser respetado”; “lo que yo digo es lo que importa”; “no se preocupen, yo soy quien dirige todo”; “el verdadero poder pertenece al pueblo estadounidense –pero yo soy su voz”; “no necesito el derecho internacional”; “yo decido, y eso es definitivo”.
vi “Vitoria was a liberal. He could no help being a liberal. He was an internationalist by inheritance. And because he was both, his international law is a liberal law of nations” (280).
vii https://www.nytimes.com/2025/11/17/world/americas/trump-latin-america-monroe-doctrine.html
viii “sin disculpas”.
ix “Vivimos en un mundo, en el mundo real (…) que está gobernado por la fuerza, que está gobernado por la coerción, que está gobernado por el poder. (…) Somos una superpotencia y, bajo el presidente Trump, nos conducimos como una superpotencia. (…) La Doctrina Monroe —y la Doctrina Trump— consiste ante todo en asegurar el interés nacional de Estados Unidos” (Stephen Miller). https://www.youtube.com/watch?v=kLFkQbPWWDI
x Presolónico designa el régimen ateniense anterior a las reformas de Solón, marcado por la concentración oligárquica del poder, ladeuda generalizada y la esclavización por insolvencia. Aristóteles señala que antes de Solón “la constitución era oligárquica en todos sus aspectos” y que los pobres, con sus familias, estaban sometidos a los ricos, muchos de ellos vendidos como esclavos por deudas (La constitución de Atenas, 2.2–2.3). La seisáchtheia (eliminación de la deuda) introduce el primer límite jurídico al krátos oligárquico y busca desactivar la stásis producida por la dominación económica sin mediación legal.
xi https://radio.uchile.cl/2026/01/03/kast-califica-la-detencion-de-maduro-como-una-gran-noticia-para-la-region/
xii “Respaldé al hombre que ganó en Honduras, al que ganó en Chile y al que ganó en Argentina. Y nos está yendo muy bien con ese grupo”. https://www.youtube.com/watch?v=SJpr_PvvFqw

