La reaparición del fascismo, por supuesto con formas de organización y violencia nuevas y ropajes quizá más coloridos, no trata tanto de la transformación del mundo, sino de su aceleración hacia la destrucción completa. Lo que Marx indicaba en el capital como fetichismo de la mercancía, debe volver a estar sobre la mesa en tanto no refiere simplemente al proceso de ocultación de los procesos que hacen posible la forma mercancía, sino a una forma en la que los humanos se constituyen, se subjetivan y relacionan entre sí y con el mundo como «cosas». Norbert Lenoir dirá que «el fetichismo es en un sentido la constitución de un mundo, de un medio en el que los humanos actúan y piensan» (Lenoir, 2018, p. 63). Este actuar y pensar se constituye como realidad objetiva de la misma manera en que circulan las mercancías. Hay algo de endurecimiento en este proceso o peor, de mutilación de aquello que es fundamentalmente sensible en toda relación. El fetichismo es, en este sentido, el modo de aparecer del mundo en la época del capitalismo y su expansión e intensidad no conocen límites.
La cosificación de la experiencia no sólo impide, entonces, escarbar en aquellos procesos por medio de los cuales la vida social se produce en el capitalismo (la explotación, la precariedad, el control por medio de tecnologías personalizadas), sino también la propia capacidad de experienciar el mundo de otras formas. La reducción del arte a producto de consumo no es sino la conclusión lógica de este proceso, precisamente porque la sensibilidad queda determinada por una relación en la que las partes ya han sido de antemano abstraídas, convertidas en equivalencias que pueden entrar en negociación.
En el Manuscrito 1861-1863, Marx establece una condición para el fetichismo anclado en el proceso capitalista. En un primer momento el capitalismo se apropia de las formas productivas de épocas anteriores. Les da una nueva forma que acelera la productividad a través de procesos concretos destinados a generar plusvalor. A esto lo llama subsunción formal del trabajo al capital, «en cuanto el trabajador vende por un salario y para un tiempo determinado su capacidad de trabajo al capitalista, debe él mismo, como trabajador, entrar en el proceso de trabajo en calidad de uno de los dos factores con los que cuenta el capital» (Marx, 2005). Esta subsunción formal es lo que suele venir a nuestra mente cuando pensamos en las condiciones del trabajo moderno, como si de lo que se tratara fuese de una simple actualización de las reglas de una menos eficiente a otra más eficiente. Es decir, por utilizar un concepto de Ana Tsing, a primera vista el proceso capitalista parece un problema de «escalabilidad» (cf. Tsing, 2018), donde un proceso crece como de la imagen pixelada a una de mayor resolución.
Pero el capitalismo, nos dirá Marx, lleva consigo otro proceso llamado subsunción real. Este es el verdadero cambio cualitativo que no puede ser comparado a ningún otro modo de producción. El proceso fragmenta la producción y con ella el trabajo mismo, el trabajador deja de percibir el vínculo entre una etapa inicial, intermedia o final. La fragmentación de su trabajo permite una mayor capacidad del capitalista de controlar el tiempo de la producción. «Los trabajadores –dice Marx– son subsumidos bajo estas funciones aisladas. No es el trabajo el que se reparte entre ellos; son ellos los que son repartidos entre los distintos procesos, los cuales se vuelven, para cada uno de ellos, su proceso de vida exclusivo, en el caso de actuar como capacidades de trabajo exclusivas» (Ibíd., p. 29).
Es en este proceso de subsunción real donde adquiere predominancia la máquina, pues es por medio de su introducción que el capitalista despoja al trabajador de todo saber no vinculado a su funcionamiento. Con la máquina se aumenta el plusvalor por el control que se ejerce sobre el tiempo de trabajo socialmente necesario y la disminución del número real de trabajadores que se requieren, pero de modo fundamental se modifica cualitativamente la existencia humana. Con la máquina el humano no se relaciona más con la producción como lo hacía con el instrumento. La máquina, a diferencia de éste último convierte al humano en una pieza, un engranaje, sin que él pueda comprender los procesos a los que es sometido ni mucho menos el complejo diseño de la propia máquina. La máquina hace del humano un fragmento de sí, a veces necesario, otras desechable.
El fetichismo sólo es posible cuando el humano se ha convertido a sí mismo en una pieza de un proceso que no puede entender. Cuando se ha completado la cadena de eventos que lo subsumen a la máquina no es sólo el trabajo el que se transforma, sino también la subjetivación que deriva de una realidad que ha devenido un conjunto de mercancías transables a las que también pertenece el propio cuerpo del trabajador. No se puede esperar otra cosa de una máquina o una pieza de máquina que funcionamiento, operatividad maquinal, efectos. Cuando no existe un afuera de la máquina –y de esto se trata el desarrollo de sus diversas formas, por supuesto incluida la actual Interligencia Artificial— el horizonte de mundo queda desprovisto de sensibilidad e imaginación.
«La destrucción de la maquinaria –dice Marx– y, en general, la oposición por parte del trabajador a la introducción de la maquinaria es la primera declaración de guerra contra el medio de producción y el modo de producción desarrollados por la producción capitalista» (Ibíd., p. 50). Hoy la máquina insensible –cuyos efectos son producción paradójica de insensibilidad y fascinación— que al tiempo que crea genocidios como el de Palestina, Sudán, Yemen o Congo, persigue inmigrantes en Estados Unidos y gana elecciones en América Latina porque ha subsumido en su proceso también a las democracias liberales, es el nombre del mundo. Su destrucción, para nosotros, debe significar hacerla inoperante, inefectiva y sólo así, destinada a otros posibles usos, otras formas con las que la imaginación común pueda recrear sus posibilidades.
Este último proceso no significa paz, si por paz entendemos el orden imperial con el que el nuevo fascismo busca someter a la mayor parte del mundo. Más bien se trata de una fuerza destituyente capaz de hacer colapsar los efectos maquinales: el individuo, la fragmentación del tiempo y de la vida, el extractivismo, la guerra, dan lugar a la experiencia de lo común, de formas de vida no subsumibles por la máquina capitalista. Esto es lo que Agamben ha llamado «profanación», que «no significa simplemente abolir y eliminar las separaciones, sino aprender a hacer de ellas un nuevo uso, a jugar con ellas». Y tanto más relevante aquí: «la sociedad sin clases no es una sociedad que ha perdido toda memoria de las diferencias de clase, sino una sociedad que ha sabido desactivar los dispositivos para hacer posible un nuevo uso, para transformarlos en medios puros» (Agamben, p. 113), agreguemos nosotros, disponibles a la imaginación común.
Bibliografía
Agamben, G. (2005). Profanaciones (F. Costa y E. Castro, Trads.). Adriana Hidalgo Editora.
Lenoir, N. (2018). Le fétichisme chez Marx: une mise en scène du capitalisme. La Pensée, 394(2), 52-63. https://doi.org/10.3917/lp.394.0052.
Marx, K. (2005). La tecnología del capital. Subsunción formal y subsunción real del proceso de trabajo al proceso de valorización (Extractos del Manuscrito 1861-1863). (B. Echeverría, Trad.). Editorial Itaca.
Tsing, A. (2021). Towards a Theory Of non-Scalability. Multitudes, No 82(1), 65-71. https://doi.org/10.3917/mult.082.0065.
