Tariq Anwar / Sin nombres

Filosofía, Política

Lo que hoy se nos presenta como “incomprensible” no es, quizá, un exceso de complejidad, sino un defecto de nombres. No porque falten palabras —nunca hubo tantas—, sino porque las palabras circulan como monedas gastadas: todavía compran algo, pero ya no sabemos bien qué. Decir “los fascistas han vuelto” es verdadero y, al mismo tiempo, insuficiente. Es verdadero porque reconocemos gestos, tonos, técnicas de intimidación, el placer de la humillación pública y la promesa de una identidad compacta. Es insuficiente porque el fenómeno se ha vuelto menos un partido que una atmósfera; menos una doctrina que una disposición afectiva y administrativa que puede alojarse, sin contradicción aparente, en instituciones “democráticas”, en mercados desregulados y en plataformas que se dicen neutrales. Lo inquietante no es que regrese lo viejo, sino que lo viejo regrese como si nunca se hubiera ido: como si “fascismo” fuese el nombre tardío de una continuidad. La dificultad de nombrar no afecta sólo a las derechas. También la palabra “izquierda” parece haber perdido su referente, como esas señales en el camino que siguen en pie cuando ya no existe la carretera. Vemos revueltas, protestas, levantamientos, agrupaciones civiles de intereses precisos —a veces admirablemente precisos— y, sin embargo, dudamos: ¿es esto “la izquierda”? Sí, porque ahí está el conflicto; no, porque falta la imaginación que transforme el conflicto en mundo. Durante décadas, los partidos que hablaban en nombre de los trabajadores se especializaron en gestionar lo existente. Y gestionar lo existente no es una actividad neutral: es una pedagogía de la impotencia. Cuando una organización se acostumbra a administrar lo dado, su “realismo” se convierte en la coartada perfecta para que otros inventen —aunque sea con materiales tóxicos— las formas del deseo político.

Por eso no sorprende el espectáculo, hoy tan frecuente, de comunistas administrando el modelo neoliberal y hablando en nombre del pueblo como si no hubiera fricción entre esas palabras y esas prácticas. No se trata aquí de denunciar una “traición” moral —esa categoría consuela porque simplifica—, sino de comprender una mutación más profunda: la política ya no se define por fines históricos declarados, sino por su integración funcional en máquinas de gobierno. Y la máquina —como toda máquina— puede aceptar casi cualquier ideología como combustible, con tal de que el movimiento no se detenga. En este sentido, la contradicción deja de ser un problema: se vuelve un método. Mientras tanto, y como si todo esto fuera poco, aparece una segunda máquina que no gobierna sólo cuerpos y recursos, sino atención y lenguaje. Las masas consumen material reciclado por sistemas de IA que parecen, por primera vez, capaces de “ofrecer un mundo”: imágenes, relatos, estilos, opiniones, explicaciones. Pero un mundo ofrecido como catálogo no es un mundo habitable. Es más bien una parodia de mundo: una objetivación hipertrofiada de aquello que antes era experiencia compartida, conflicto interpretativo, memoria y promesa. Si el mundo es lo que se abre entre nosotros cuando las palabras todavía tocan las cosas y las cosas todavía resisten a las palabras, entonces un lenguaje que produce sin cesar “contenido” puede, precisamente por su abundancia, destruir el umbral donde el sentido ocurre.

Aquí conviene corregir una ilusión: no es que primero se destruya el planeta y luego, como efecto secundario, se degrade el cerebro humano. Ambas devastaciones avanzan juntas, porque pertenecen a una misma lógica de extracción. La tierra es tratada como reserva de energía y la mente como reserva de atención; la una se agota en minerales y temperaturas, la otra en fatiga, dispersión y desrealización. Lo incomprensible no es sólo la escala; es la simultaneidad: la misma forma de racionalidad que “optimiza” cadenas de suministro optimiza también cadenas de signos, y en ambos casos el resultado es un empobrecimiento de lo viviente. Por eso el sentimiento de anacronismo —“esto ya lo vimos”— convive con la sensación de novedad absoluta —“esto no tiene precedentes”—. Lo que vuelve no es simplemente el fascismo histórico; lo que aparece no es simplemente una tecnología nueva. Lo que se consolida es una convergencia: la vieja política de la identidad y el enemigo, y la nueva administración algorítmica de lo decible y lo visible. Una produce obediencia por miedo y pertenencia; la otra produce obediencia por comodidad y saturación. Y ambas prosperan, paradójicamente, sobre la misma ruina: la ruina de la imaginación política como capacidad de abrir posibilidades.

Si queremos comprender —es decir, si queremos volver a tener conceptos claros— no basta con repetir nombres heredados ni con inventar etiquetas de moda. Hay que hacer una operación más sobria y más difícil: reconocer en las formas que se disuelven los rastros de lo posible que no fue realizado. Porque lo nuevo no viene “después” como un prefijo (post-izquierda, post-democracia, post-humano): el prefijo post es el confesionario donde la época declara su impotencia. Lo único verdaderamente nuevo es lo posible que el pasado contenía y que el presente, por un instante, deja entrever antes de cerrar el puño.

Tal vez la tarea mínima —y por eso decisiva— consista en sustraer pequeños bienes capturados por las máquinas. Sustraer la palabra “pueblo” del uso ventrílocuo que la convierte en masa obediente. Sustraer la palabra “trabajo” del chantaje que la reduce a empleo precario o identidad moral. Sustraer la “inteligencia” de su exilio en dispositivos que piensan sin sujeto, como si pensar fuera una prestación externa y no un modo de vida. No se trata de imaginar una gran salida épica, sino de interrumpir, aquí y allá, la continuidad con que lo existente se presenta como único. En esa interrupción —en ese gesto de restitución— puede reaparecer algo que hoy parece perdido: no un programa, sino la posibilidad misma de un mundo común.

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