Giorgio Agamben / La caída de Occidente

Filosofía, Política

La palabra «Occidente», con la que definimos nuestra cultura, deriva etimológicamente del verbo caer y significa literalmente: «aquello que está cayendo, que no cesa de caer». Vinculados con este verbo están también los términos caso y casual. Aquello que no cesa de caer y de declinar (occasus es en latín el ocaso, la puesta del sol) se halla por ello también a merced del azar, de una incesante casualidad. No sorprende, por tanto, que el gobierno de los hombres y de las cosas tenga hoy la forma de protocolos de intervención, independientes de resultados ciertos, sobre un mundo concebido como disponible y calculable precisamente en cuanto casual. Occidente existe y se gobierna solo en el tiempo de su fin y de su asidua caída y, como su Dios, está ininterrumpidamente en acto de morir. Pero precisamente en esto consiste su fuerza: una muerte incesante es propiamente sin fin, una caducidad o casualidad infinita se pretende propiamente imparable.

Una estrategia que busque hacer frente a esta perpetua caída debe encontrar en ella un intersticio o una interrupción en la que Occidente pierda su continuidad y se hunda de una vez por todas. Esta cesura abismal es la memoria. Occidente, en cuanto casual y caduco, no tiene memoria de sí, no conoce una brecha ni un espacio en el que algo como un recuerdo pueda por un instante irrumpir y aflorar. Puede ciertamente construir, como lo hace, archivos y registros en los que disponer de manera continuada los eventos —los casos— de su historia, pero carece de la capacidad de experimentar verdaderamente un pasado, de abrirse a algo que quiebre el tejido uniforme de sus representaciones. La anamnesis, el recuerdo tiene, en cambio, la forma de un intersticio en el que la caída —el caso— por un instante se detiene y deja aparecer como nunca sido un pasado heterogéneo e irrepresentable. «Oh pasado, abismo del pensamiento» (Schelling): solo el pensamiento que desciende resueltamente a este abismo puede conducir a Occidente de una vez por todas a su fin.

Fuente: Quodlibet.it

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