Mauro Salazar J. / Parásitos. La comunidad clausurada

Filosofía, Política

I. Lo que el establo sabe y la columna se niega a saber

Conviene comenzar por la biología, no porque ella ofrezca una metáfora amable, sino porque desmiente a la metáfora antes de que la política alcance a domesticarla. Cuando el asesor presidencial del gobierno entrante — Cristian Valezuela— escribió, en octubre de 2025, que el Estado chileno «no está enfermo: está podrido», que se había vuelto «un cuerpo hinchado, lleno de parásitos que viven de él, lo drenan y se reparten sus restos como si fuera un botín», no enunciaba un diagnóstico: ensayaba una condena. Creía que la palabra «parásito» nombraba sin resto lo que sobra, lo que extrae sin devolver, lo puramente sustractivo. Esa creencia es, justamente, lo que ninguna ecología seria sostiene, y conviene decirlo sin atenuantes: la metáfora descansa sobre una ignorancia que se disfraza de evidencia clínica.

En el campo, el excremento animal es a la vez riesgo parasitario y beneficio nutricional, y no hay arte que separe limpiamente una cosa de la otra. Las heces del ganado que pasta fertilizan la pradera mientras, en el mismo gesto, depositan las larvas de nemátodos que infectan al rebaño. El animal que defeca abona y contamina con un solo acto; el suelo recibe nitrógeno y huevos de helminto en el mismo depósito. El abono es el vehículo del parásito y el parásito viaja en el vehículo del abono. La pradera no crece a pesar de esa indistinción: crece sobre ella, gracias a ella.

Y hay más, porque el parásito no es un mero pasajero del fertilizante: es un agente activo del ecosistema, y la parasitología reciente lo afirma con una claridad que la mirada tanática se niega a leer: Aunque pareciera sorprendente, los parásitos cumplen funciones muy importantes en los ambientes naturales gracias a las cuales los ecosistemas se mantienen saludables, por ejemplo, regulando las poblaciones de otras especies de animales. Son, dice la literatura especializada, «importantes reguladores de las poblaciones» y agentes de la integridad y la estabilidad de los sistemas vivos. Constituyen una porción enorme de la biodiversidad del planeta y trazan las redes tróficas: cada parásito puede ser depredado, cada parásito tiene sus propios parásitos, y de esa cadena depende la arquitectura entera de la vida (Oikos, UNAM, 2020). La conclusión no admite matices: eliminar a los parásitos de un ecosistema no lo purifica, lo desestabiliza. Quien promete asepsia promete, sin saberlo, colapso.

II. La palabra que se vuelve contra quien la lanza

Aquí la metáfora se fractura desde dentro, y la fractura es irreparable. Quien dice «parásito» para designar lo que debe extirparse queda obligado, si atiende a lo que la palabra arrastra, a reconocer que el parásito fertiliza, regula y sostiene. El término no obedece a quien lo pronuncia: se le escapa, lo desborda, dice más y dice otra cosa de lo que su autor quiso. El asesor pretendía que «parásito» significara «lo que daña el cuerpo sano del Estado»; leída con rigor, la palabra significa también «lo que mantiene vivo al sistema que lo aloja». La metáfora médica que pretendía condenar termina, contra la voluntad de su autor, describiendo una simbiosis. Hay aquí una ironía que no es accidental: el lenguaje del exterminio fracasa precisamente en el punto donde creía ser más contundente.

Conviene detenerse en la operación, porque su antigüedad la vuelve sospechosa. El discurso del cuerpo enfermo, del organismo podrido invadido por agentes que lo drenan, es uno de los repertorios más viejos y más peligrosos de la política: el que ha precedido, una y otra vez, a las grandes purgas del siglo. Promete una salud previa, un cuerpo limpio anterior a la infección, un estado original sin parásitos al que se podría regresar amputando lo que sobra. Pero ese cuerpo puro jamás existió. No hay organismo sin flora, no hay intestino sin bacterias, no hay pradera sin las heces que la abonan y la infectan a la vez. La fantasía de un cuerpo social sano que precede a sus parásitos es, en sentido estricto, un objeto perdido que nunca se poseyó, y cuya recuperación se promete precisamente porque no puede cumplirse. Lo que organiza el discurso no es la salud sino la promesa siempre diferida de una salud que nunca se tuvo: una nostalgia sin pasado, que es la forma más eficaz del chantaje.

Y ahí asoma lo decisivo: el huésped y el parásito no son dos. La palabra latina que está en el origen, el que come junto a otro, el comensal, el que se sienta a la mesa ajena, no distingue con nitidez al invitado del intruso. El que acusa de parasitismo come, también él, en la mesa del Estado. El autor de la columna, según la información que circuló después, había participado durante años en la selección de altos cargos públicos y percibía remuneraciones del propio aparato que describía como podrido. No se trata de denunciar la contradicción como hipocresía individual —eso sería quedarse corto—; se trata de algo estructural y mucho más grave. Quien traza la frontera entre el cuerpo sano y el parásito está siempre, necesariamente, de los dos lados de la frontera. El que nombra al parásito se descubre, al hablar, comiendo en la misma mesa que señala con el dedo.

III. La verdad que se escapa por el costado

Hay un detalle que dice más que toda la columna junta. Cuando arreciaron las críticas, el asesor presidencial corrigió su propio texto, y la corrección lo desnudó:

En ningún caso son todos parásitos los funcionarios públicos. Yo trabajé en gobiernos y no me siento un parásito, pero sí existen personas que abusan del Estado (declaraciones a T13 Radio, 14 de octubre de 2025).

El desmentido fue una confesión implacable. Para sostener que él no lo es, tuvo que admitir que el lugar que ocupaba era exactamente el lugar que había descrito como parasitario. La negación afirma lo que niega: «no me siento un parásito» solo se enuncia desde quien teme serlo, desde quien ocupa el sitio donde la palabra podría aterrizar. El sujeto se delata en el instante mismo en que se defiende. Lo que no quería decir se dijo solo, por el costado, en la prisa por desmarcarse; y esa prisa vale más que cualquier argumento, porque exhibe lo que la retórica trataba de ocultar.

El candidato que lo respaldó añadió otra frase que merece la misma escucha desconfiada: «cada uno se siente afectado si es que se siente identificado» (Anuncio de la primera cuenta pública del gobierno; registro de vándalos e incivilidades). La fórmula es más astuta —y más cínica— de lo que parece. Traslada la herida del que habla al que escucha: no es el insulto el que ofende, sino el reconocerse en él. Pero esa coartada tiene un reverso que la desmonta. Si solo se siente parásito quien se identifica como tal, entonces la palabra no describe a nadie en particular y puede señalar a cualquiera: funciona como un significante sin contenido fijo, un casillero vacío que cada espectador llena con el rostro de su adversario. Esa vacuidad no es un defecto del discurso: es su arma. Una injuria que no nombra a nadie es una injuria que puede caer sobre todos.

IV. El registro y la incivilidad: la misma máquina

La misma lógica reaparece, semanas después, en otra propuesta del mismo signo: un «registro de vándalos e incivilidades», anunciado en la primera cuenta pública del nuevo gobierno, que reuniría en una base nacional a quienes cometan actos de vandalismo, con la consecuencia de perder beneficios sociales. La subsecretaría del ramo lo explicó sin eufemismos, y la franqueza es lo más inquietante:

Hay una serie de conductas que no son delitos, que nosotros las vamos a tipificar como incivilidades, para que esas personas también pierdan algunos beneficios sociales (subsecretario del Interior, BioBio Chile, 31 de mayo de 2026).

El gesto es idéntico al de la metáfora del parásito, y la coincidencia no es casual: es la misma máquina funcionando en otro registro. Se construye una categoría elástica —la «incivilidad»— cuyo contenido no está fijado de antemano: no el delito, que ya tiene nombre y pena, sino algo más difuso que se define por contraste con un orden cuya limpieza se presupone. La «incivilidad» es a la convivencia lo que el «parásito» es al cuerpo: el resto que afea, lo que no termina de encajar en la imagen de pulcritud que el discurso proyecta. Y como esa imagen es una fantasía sin referente, la categoría que la protege puede dilatarse hasta abarcar lo que se quiera. El subsecretario del Interior advirtió el riesgo de «confundir delitos graves con incivilidades». Ese deslizamiento no es un error técnico subsanable con buena redacción: es el corazón del dispositivo. La frontera entre el ciudadano y el vándalo, como la frontera entre el cuerpo sano y el parásito, se traza para poder moverse. Una vez que se castiga lo que no es delito, ya no hay límite que el poder no pueda redibujar a su antojo.

V. La negación de lo productivo y la lengua tanática

El gesto decisivo de la metáfora no es solo acusar: es negarse a leer lo que el parásito produce. Hay un negacionismo en esa ceguera selectiva, una voluntad expresa de no ver que aquello señalado como pura sustracción fertiliza, regula y sostiene el sistema que lo aloja. Quien insiste en que el parásito únicamente drena clausura de antemano la pregunta por su aporte; prefiere la pulcritud de la amputación al reconocimiento incómodo de la simbiosis. Negar lo productivo del parásito es negar que el cuerpo social vive, también, de aquello que dice querer extirpar. Y esa negación no es ingenua: es interesada, porque solo sobre un enemigo puramente dañino puede edificarse la legitimidad de la purga.

Ese rechazo se cifra en un vocabulario tanático que se reconoce por su juego sinonímico. El repertorio del gobierno acumula términos emparentados por una misma pulsión de eliminación: «parásitos», «cuerpo podrido», «drenar», «vándalos», «incivilidades», «erradicar», «limpiar», «recuperar» espacios, «reconstrucción». Son sinónimos de una sola operación: separar lo vivo de lo que debe morir. Ese lenguaje, orientado a la supresión antes que al vínculo, estructura una comunidad bloqueada: una colectividad que solo se reconoce expulsando, que define su salud por lo que excluye y que, al soñar un cuerpo sin huéspedes, se condena a no poder fertilizar nunca su propia tierra. Una comunidad que se higieniza hasta la esterilidad.

Hay un pensamiento de lo común que permite medir con exactitud lo que esa operación clausura. Existir, en esa clave, es siempre coexistir: no hay un ser que después entre en relación, sino un ser-con originario, anterior a todo individuo que pretenda bastarse a sí mismo. Lo común no es una sustancia compartida ni una identidad fusional, sino la exposición de las singularidades unas a otras, el simple estar juntos que ninguna esencia precede y ninguna obra cierra. La comunidad, así pensada, es inoperante: no se fabrica, no se purifica, no se completa como un cuerpo sano del que se extirpa lo ajeno. La metáfora del parásito hace exactamente lo contrario. Al fijar un cuerpo limpio amenazado por lo que lo drena, suprime la coexistencia en nombre de una imagen de sí mismo, y esa imagen —esa «visión de país» sin huéspedes ni intrusos— interrumpe el poder del con que late en toda democracia. Donde hay parásito a erradicar no puede haber comensal con quien compartir la mesa: el huésped, que es la figura misma de lo común, queda reducido a contaminación. Por eso la lengua tanática no solo señala enemigos: vuelve impensable la articulación de lo común, clausura de antemano el cono sin el cual una comunidad no es más que un cuerpo cerrado sobre su propio miedo.

VI. Al cierre

Quien quiera podar el Estado de sus parásitos debería preguntarse primero qué es un parásito, y la pregunta, hecha en serio, no devuelve la respuesta esperada. Devuelve una pradera que crece sobre el excremento que la infecta, un ecosistema que se sostiene en los organismos que lo drenan, una palabra que nombra a la vez lo que sustrae y lo que fertiliza. La metáfora del cuerpo podrido prometa una cirugía limpia; lo que la biología y la propia lengua le contestan es que no hay cuerpo sin sus huéspedes, ni mesa sin comensales, ni quien acuse de comer del Estado sin estar, él también, sentado a la mesa. El parásito, al final, no era el otro. Era el nombre de un vínculo que nadie habita desde afuera.

Hay un orden sensible anterior a toda deliberación que decide qué es posible ver y qué no, qué cuenta como palabra y qué se oye apenas como ruido. La metáfora del parásito y la categoría de incivilidad no describen una realidad: la reparten de facto. Trazan, antes de cualquier deliberación, la línea que separa a quienes tienen parte en lo común de quienes solo figuran en él como exceso, sobra o estorbo. No son diagnósticos clínicos ni jurídicos; son operaciones estéticas, distribuciones de lo sensible que asignan lugares y reparten cuerpos en una geografía de lo audible y lo visible. Llamar a esto «seguridad» o «probidad» es el primer acto de la operación, no su descripción.

Esa comunidad clausurada tiene un nombre más exacto: es el orden que cuenta a cada quien sin dejar resto, que satura el reparto y clausura todo litigio. Convocando a Rancière, el registro de vándalos es su forma pura, la contabilidad de una población sin parte de los sin-parte. Conviene recordar, sin embargo, que ese orden fue interrumpido. En 2019, quienes habían sido contados como ruido se afirmaron como voz y verificaron una igualdad que el reparto negaba. Lo que hoy se ensaya es la reposición de la frontera, el retorno del orden contra aquel instante de disenso.

La pregunta, una vez que se impone el parásito como figura de gobierno, queda abierta y es la única que importa: ¿persiste alguna igualdad verificable, o solo existe el pánico administrado?

Referencias.

Jean-Luc Nancy, La comunidad inoperante, trad. Juan Manuel Garrido (Santiago: LOM / Arcis, 2000); y Ser singular plural, trad. Antonio Tudela Sancho (Madrid: Arena, 2006).

Jacques Rancière. El desacuerdo. Política y filosofía. Jacques Rancière. 1996. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires. 1996.

Dr. Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza

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