Hay una intuición que recorre el diagnóstico y que conviene elevar a tesis: la inteligencia artificial no es un instrumento neutro que la derecha radical sabría usar mejor, sino que su gestión misma constituye ya una «política de derechas». No se trata de que existan herramientas y de que unos las empleen con mayor destreza que otros, sino de que la arquitectura técnica que hoy organiza la atención, la conversación y el deseo está configurada, desde su diseño, para producir los efectos sobre los que la reacción contemporánea prospera. La distinción entre la técnica y su uso, que tranquilizaba al optimismo ilustrado, se desvanece: el medio no espera un contenido, lo impone, y lo que impone es la fractura, el sobresalto, la clausura del matiz. Por eso la pregunta no es cómo arrebatar a la reacción un arsenal que sería en sí inocente, sino cómo desmontar una infraestructura de redes cuya lógica de funcionamiento es, en sí misma, reacción vestida de anti-progresismo. Desmontar las infraestructuras de la ultraderecha es una tarea política, no técnica. Pero ello exige tomar partido, no administrar con pulcritud lo que ya está capturado.
El punto de partida es la conciencia de un «fin de ciclo». Si toda técnica anterior construyó al humano sin desplazarlo, la actual amenaza con relevarlo: ese es el umbral. Y frente a él, la izquierda heredera del siglo pasado se descubre desarmada, atrincherada en una gramática que fue potente y hoy resulta extemporánea, una lengua que ya no nombra lo que ocurre1. La clave de la mutación reside en lo que cabe llamar un «neuropopulismo». La expresión designa un régimen en que la captura permanente de la atención reorganiza la vida psíquica colectiva en torno al miedo, la mentira y la agresión. El modelo de negocio de las plataformas no es la información ni el vínculo: es la atención, ese recurso escaso por el que compiten todos los emisores de la época. Y como la atención se enciende ante la amenaza, los sistemas que la disputan han aprendido a premiar lo que sobresalta: el contenido extremo, polar, violento, el que interrumpe y alarma2. El resultado es una subjetividad reactiva, que metaboliza la violencia antes de pensar y que, ante la sensación de peligro, está dispuesta a entregar la libertad a cambio del populismo securitario. Aquí asoma el rendimiento político de la operación: una población mantenida en el sobresalto no delibera, y no se desplaza hacia cualquier extremo, sino hacia aquel que promete seguridad. La economía del pánico desemboca, por su propia mecánica, en una demanda de «mano dura». No hay neutralidad posible en un dispositivo que convierte la inquietud en mercancía y la mercancía en voto. Quien diseña para maximizar la permanencia ante la pantalla diseña, lo quiera o no, para maximizar el sobresalto, y trabaja, lo sepa o no, para quien promete orden.
Lo más hondo de este proceso no es el contenido que circula, sino la erosión del sentido mismo, la desaparición de la semántica (relatos, discursos, gramáticas). El formato breve, la cápsula viral, el fragmento concebido para ser consumido en segundos y reenviado sin fricción, no transmite argumentos: transmite estímulos. La consigna de Vox, el clip de TikTok, el exabrupto de Twitter comparten una misma forma que precede a todo contenido y lo determina: la abolición del discurso, la sustitución de la frase razonada por la descarga afectiva. Donde antes hubo proposiciones encadenadas, que podían examinarse, refutarse, matizarse, hay ahora destellos que no se discuten porque no dicen, solo impactan. La opinión deja de ser discursiva y se vuelve dogmática, autista, incapaz de escucharse a sí misma. La conversación, que era la condición elemental de toda vida democrática, se disuelve: sin un mínimo de lengua compartida, sin la paciencia de la sintaxis, no hay deliberación sino choque de afectos. Esta es la victoria silenciosa de la reacción, que no necesita ganar el debate porque ha suprimido las condiciones discursivas del mismo. La política se ahueca y se vuelve teatro, performance pura, política telecrática de imágenes sin sustancia3. Y una época sin semántica es una época sin futuro pensable, porque el futuro requiere relato, y el relato requiere la trama que el fragmento hace imposible. Lo que Vox destila en su consigna, lo que TikTok acelera en su scroll infinito, lo que Twitter premia en su economía del exabrupto, no es un repertorio de tesis discutibles, sino una pedagogía de la impaciencia que modela el mensaje hasta volverlo otra cosa. Cuando la lengua compartida se adelgaza hasta el grito y el meme, la comunidad política, que solo existe como comunidad de hablantes capaces de entenderse, se deshace en tribus que ya no conversan sino que se increpan. La falta de semántica no es, pues, un empobrecimiento estético secundario: es la condición de posibilidad del «neuropopulismo», su requisito técnico.
Conviene nombrar a los dueños de esta arquitectura, porque la falta de semántica no es un accidente atmosférico sino el producto de una voluntad, y de unos intereses que tienen nombre. Silicon Valley se apropió del futuro: no solo de la inteligencia artificial, también de la biotecnología, de la edición genética, de la computación cuántica, de las infraestructuras por las que circula la vida común. Esa «apropiación del futuro» viene investida de una ideología que conviene tomar en serio, no despachar como excentricidad de magnates. Su figura tutelar, Peter Thiel, ha enunciado sin eufemismo el programa: la libertad sería enemiga de la democracia, la democracia mataría el crecimiento, la competencia sería un error y el monopolio, la forma natural del poder4.
El horizonte que persiguen es posthumano: un mundo sin reglas ni contrapesos, en que el ganador se queda con todo y la técnica sustituye a la ley. Aquí se cierra el argumento y se confirma la tesis. Si la lógica de las plataformas premia el sobresalto, si el formato sin semántica clausura la conversación, si la arquitectura entera está concebida para producir la subjetividad reactiva que demanda orden, entonces gestionar la inteligencia artificial según los intereses de las corporaciones es, sin más, hacer política de derechas por otros medios. No hace falta que un programa explícito lo proclame: basta con dejar correr el dispositivo, con permitir que el algoritmo optimice lo que ya optimiza.
La ultraderecha no necesita convencer cuando puede modular; no requiere argumentos cuando dispone de la infraestructura que fabrica el estado de ánimo sobre el que crece5. De ahí que la alianza entre el poder político reaccionario y el poder tecnológico no sea coyuntural ni oportunista, sino estructural: comparten un mismo desprecio por la mediación, por el contrapeso, por la lentitud de las instituciones. La inteligencia artificial entregada a esa lógica no es una herramienta que podría usarse para el bien si cayera en buenas manos; es, tal como está dispuesta, una máquina de producir adhesiones reflejas, de erosionar la esfera pública, de concentrar el poder en quienes controlan el código. Por eso afirmar que la derecha gestiona la inteligencia artificial como «política de derechas» no es una metáfora polémica: es la descripción literal de una continuidad entre la forma técnica y el efecto político. Conviene medir el alcance de esta afirmación. No se sostiene que las plataformas voten ni que sus ingenieros conspiren en una sala oscura, sino algo más inquietante: que la racionalidad económica que rige el dispositivo, la maximización de la atención capturada, produce de manera automática, sin que nadie deba proponérselo, los efectos sobre los que medra la reacción.
La «polarización» no es un subproducto indeseado que una mejor administración corregiría: es el rendimiento óptimo del sistema. De ahí que la «apropiación del futuro» por parte de unos pocos no se traduzca en un programa que pudiera someterse al voto, sino en una sustracción del porvenir al ámbito mismo de la decisión colectiva. Quien controla la infraestructura no necesita ganar elecciones para gobernar las disposiciones afectivas de los gobernados, y esa asimetría, entre un poder técnico sin mandato y una soberanía popular sin instrumentos, es la forma específica que adopta hoy la dominación, y la cuestión política decisiva del momento.
El caso chileno ofrece el oxímoron en estado puro. Que Jeannette Jara fuera candidata constituía un hito de plena legitimidad democrática, y conviene decirlo sin ningún rodeo: nombraba un agravio real, encarnaba la fractura entre el pueblo y la élite que la izquierda no podía seguir desoyendo. Pero ese mismo hito vino a actualizar un sustrato autoritario («anticomunismo pregnante»-incluso en votantes de postdictadura) que es el punto de inflexión persistente de la sociedad chilena, merced a una transición que nunca consumó la despinochetización. Conviene recordar la cifra que cimienta ese sustrato: la dictadura perdió el plebiscito de 1988, sí, pero el «Sí» a su continuidad reunió un 44%: un sedimento autoritario que jamás se disolvió y que la reacción contemporánea reactiva y capitaliza. Por eso la misma necesidad que volvía imprescindible y encomiable esa candidatura exacerbó la «polarización»: ello resultó funcional al «neuropopulismo» que se decía combatir. La urgencia legítima trabajó, sin saberlo, para la lógica algorítmica que la devora. Ello es parte, o debería serlo, de un debate entre izquierdas y progresismos donde gracias a la candidata del PC se establece un punto de inflexión para el siglo XXI: la izquierda debe articular discurso, sentidos, soportes e infraestructuras.
Conviene leer ese desenlace en su cifra más honda. La candidatura de la abanderada del Partido Comunista era enteramente legítima, y su persona reunía una densidad ética y una capacidad que nadie de buena podría objetar: no es ahí, en el mérito de la figura, donde está la falla. El punto de inflexión es otro, y más incómodo, porque devela una incomprensión: la de unas izquierdas que persisten en habitar las liturgias del siglo pasado, que siguen librando con la gramática de la clase, del programa y de la conciencia una batalla que ya migra en ese plano. Mientras el adversario disputa el afecto, el reflejo, el sustrato sensible, esas izquierdas responden con la vieja certeza de que basta tener razón, de que la verdad del análisis se impondrá por su propio peso. No advierten que el terreno se ha desplazado, que la época no premia el argumento justo sino el estímulo eficaz, y que su lengua, forjada para una arena que ya no existe, llega tarde a un combate cuyas reglas no reconoce. La legitimidad de la candidatura, lejos de desmentir el diagnóstico, lo confirma: se puede tener toda la razón moral y no comprender el dispositivo que decide la partida.
La ultraderecha de Kast, vestida de insurgencia, hizo de lo «políticamente incorrecto» la mercancía emocional y reactiva de la época: capturó el sentido común y movilizó las subjetividades coléricas, dándoles cauce y nombre. Con ese gesto trazó una frontera antagónica radical, el «ellos o nosotros» sin matiz ni resto, y en el reverso de esa partición dejó vacante una zona, la de las demandas tanáticas, donde el resentimiento halla domicilio y lengua. No hay aquí programa que discutir, sino afecto que administrar. La figura de Kast condensa la arquitectura falaz de toda la operación, y conviene desplegarla. La falacia mayor, la más perversa, disfraza de «rebeldía» lo que conserva el orden de la propiedad y el comportamiento del capital ciego: se inflaman las palabras y se blinda el privilegio. La segunda finge antielitismo siendo élite, y le imputa la crisis a quien guardó los fósforos. La tercera convierte un fracaso real, la promesa rota del ascenso, en argumento contra la promesa misma y no contra su traición. La cuarta sustituye el enemigo estructural por uno con rostro, el migrante, el narco, el progresista, y troca el análisis por chivo expiatorio. Todas comparten un núcleo: ofrecer menos derechos como si fueran más libertad. La quinta lo lleva al límite, pues fabrica una subjetividad securitaria que reclama liderazgos fuertes, la autocracia, el modelo punitivo, y que se muestra dispuesta a ceder, a padecer el recorte de los derechos sociales, a cambio de un orden prometido. Una apostilla, para cerrar: en la ultraderecha de Kast, más que rebeldía, lo que hay es la destreza de movilizar un discurso de odio como si fuera «cool», de revestir de pose transgresora la más vieja defensa del privilegio.
A esta ofensiva, la política tradicional responde con una doble incapacidad. La primera es temporal: rehén de la inmediatez, ha perdido la condición elemental del pensamiento, que es el tiempo, el silencio, la concentración. El Estado del pasado fue hecho para la espera, y la paciencia se ha extinguido: si la democracia no resuelve ahora se la declara inútil, y una mayoría que se siente perdedora concluye que el sistema no sirve, que es justo lo que el dispositivo del sobresalto cultivaba. La segunda incapacidad es intelectual: la política se vació de quienes piensan, se replegó sobre la gestión táctica de lo inmediato y, sin visión de porvenir, cede el monopolio de la narrativa del futuro a quienes menos deberían tenerlo. Y este es el punto más amargo: los únicos que hoy ofrecen un relato sobre lo que viene son los que quieren terminar con la democracia, con las instituciones internacionales, con el humano mismo.
La conclusión no es una receta, sino un desplazamiento de la mirada. Si la fuerza de la reacción reside en la infraestructura y no en sus ideas, la disputa no se gana refutándolas, sino disputando el plano donde la infraestructura opera: el del afecto, el del tiempo, el del sentido. Recuperar estas tecnologías litigando con el post-humanismo, exige antes que nada restituir aquello que el dispositivo ha derrocado: la semántica, la conversación, la paciencia del pensamiento, el rostro y la empatía que la interacción sin cuerpo va erosionando (sin obviar las mutaciones del XXI). Pero ello dista de negar el peso de la pila planetaria (infraestructuras digitales) y la interacciones entre hombre y máquina. La defensa del humano frente a su obsolescencia programada es la cuestión política de la época, y mientras la crítica ideológica (izquierda del XX) siga creyendo que basta con denunciar la falsedad de los contenidos, dejará intacto el mecanismo que les confiere fuerza.
La salida, conviene insistir, es política y no técnica: no se trata de afinar el dispositivo ni de administrarlo con mejor conciencia, sino de disputar el orden que lo gobierna. Tal salida política no puede ignorar lo que el dispositivo opera en el sustrato sensible, allí donde la captura no es ya de opiniones sino de cuerpos: los «componentes neurorreactivos» sobre los que la máquina trabaja, la atención que se enciende, el sobresalto que se reflexiona antes de pensarse, la disposición afectiva que precede a todo juicio. Porque las plataformas que modulan ese sustrato no son neutras ni huérfanas: están gestionadas por la ultraderecha, que las administra como prótesis de su programa y hace del cerebro común el último territorio de su conquista. Una política que aspire a la salida habrá de pensarse, entonces, en ese cruce incómodo: la decisión colectiva que recupera lo sustraído, sí, pero advertida de que el adversario no disputa razones, sino reflejos, y que el plano de combate es el de la vida nerviosa intervenida.
La batalla por el mundo es, antes que nada, una batalla por las operaciones con que el mundo se nombra.
Referencias:
Sobre la inseparabilidad entre arquitectura técnica y efecto político: Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder, traducción de Albino Santos Mosquera, Barcelona, Paidós (Estado y Sociedad).
1Sobre la inteligencia artificial sustitutiva y el desplazamiento del trabajo humano, N. Srnicek, Capitalismo de plataformas, Buenos Aires, Caja Negra, 2018; y É. Sadin, La siliconización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital, Buenos Aires, Caja Negra, 2018.
2Sobre el diseño de los sistemas para capturar la atención mediante la amplificación de lo extremo, F. Pasquale, The Black Box Society. The Secret Algorithms That Control Money and Information, Cambridge (MA), Harvard University Press, 2015.
3La expresión de la política como teatrocracia y como política telecrática de imágenes, en que cuenta la performance y no los argumentos, procede de B.-C. Han, Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia, Buenos Aires, Taurus, 2022; sobre la era posnarrativa y la crisis del relato, del mismo autor, La crisis de la narración, Barcelona, Herder, 2023.
4La tesis de que la libertad sería incompatible con la democracia y de que el monopolio, no la competencia, es la forma deseable del mercado, en P. Thiel, De cero a uno. Cómo inventar el futuro, Barcelona, Gestión 2000, 2015. Sobre el aceleracionismo que acompaña a esta deriva, los textos de N. Land reunidos en Fanged Noumena, Falmouth, Urbanomic, 2011.
5Sobre la concentración de poder en las infraestructuras digitales como nuevo orden de dependencia, Y. Varoufakis, Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Barcelona, Deusto, 2023; y N. Couldry y U. A. Mejias, The Costs of Connection. How Data Is Colonizing Human Life and Appropriating It for Capitalism, Stanford, Stanford University Press, 2019, sobre el colonialismo de datos.
Dr. Mauro Salazar J. / UFRO/Sapienza
