Miguel Ángel Hermosilla / Notas en torno a Antropoceno como fin del diseño de Alejandra Castillo. Una lectura desde el interregnum político del cuerpo

Estética, Filosofía, Política

“El imperio es un orden colonial que implica el cercamiento de la tierra”. Alejandra Castillo.

Desde otras críticas al despliegue absoluto de los procesos de subsunción total y explotación real, y desde un topos desajustado y sustraído de cierto nihilismo unificante de la razón universitaria contemporánea, encontramos el texto de Alejandra Castillo, Antropoceno como fin del diseño, de editorial la Cebra, abriendo paso al pensamiento, cuando este trata de interrogar los nodos fundamentales de la reproducción sin límites de la acumulación y sus lógicas totalitarias.

Los trazos de lecturas que proponen estos ensayos de Alejandra Castillo, están enhebrados por un hilo reflexivo que van discutiendo en la aparición de su imagen como texto- escritura la relación directa entre la violenta expropiación- explotación del capital y la destrucción general de la vida en el planeta, cuando los marcos de la soberanía y los hegemones predominantes de la dominación onto-politica moderna y la metafísica del sujeto que la sustentan, han quedado suspendidos por la intervención fáctica de los procedimientos a-principiales de un capitalismo en etapa de desregulación generalizada.

Javier Agüero Águila / La escena no-originaria (la última puesta de sol)

Estética, Filosofía, Política


Sobre Antropoceno como fin de diseño de Alejandra Castillo, La Cebra, Buenos Aires, 2025

Pese a todo

Sostenía el historiador Fernand Braudel en sus Escritos sobre la historia: “Esta vez no era cuestión, únicamente, de reescribir”1. La frase, en principio, puede parecer simple; puramente descriptiva en su idea de escritura. Sin embargo, la cuestión va más de fondo si se asume que lo que buscaba decir Braudel es que hay en el hoy, en el suyo o en el nuestro, una urgencia (una exigencia si se quiere) que es la de volver a mirar una y otra vez, sin dejar que el espiral descanse, los flujos de la historia, sus movimientos imprevisibles; la historia como devenir de lo acontecimental pero a la vez de lo contingente que jamás será solo cacofonía de sí mismo. El presente nunca se repite, apenas puede tener una traducción o emparentarse con el pasado –que bien podría ser la eco venido de un antes que se transcribe como la actualización de una sola voz–; el presente no como una reescritura o incluso como una simple escritura, sino como un ejercicio soberbio, desbalanceado y que se precipita evitando el mosaico iconoclasta, el nimbo que busca cubrir con su aureola santa la precisión de los relatos sobre lo que fue, lo que es y de ahí en más. Al fin, todo pasaría por escribir sobre el mundo a pesar de la escritura misma, escribir en el palimpsesto –huella sobre huella–; verterse en lo arcano, en lo secreto que va, ahí, siempre siendo, sensualizando (pensamos aquí en Condillac) nuestras intuiciones o boicoteando las verdades que siempre serán transitorias y definidas al paso por las hegemonías políticas, estéticas y entonces hermenéuticas. Deberíamos saber, a priori, que “[…] cualquier tipo de huella tiene vocación de ser archivada”2. Así se abre un pórtico que deja traslucir aquella zona en que la escritura puede tener un efecto, un tempo, y expandirse en la insondable región de lo que aún no se archiva; lo que todavía no es palabra oficial, logos, regla, repetición del canon: “fin de diseño”.