Luis Durán Guerra / La nueva normalidad

Filosofía, Política

“Nueva normalidad” es la expresión que se ha acuñado desde el poder para describir la realidad que nos ha tocado vivir tras la aparición de la pandemia de coronavirus en marzo de 2020. ¿En qué consiste esta “nueva normalidad”? En su Plan para la transición hacia la nueva normalidad, publicado el 28 de abril de 2020, el Ministerio de Sanidad del Gobierno de España afirma: “Terminan las restricciones sociales y económicas, pero se mantiene la vigilancia epidemiológica, la capacidad reforzada del sistema sanitario y la autoprotección de la ciudadanía”. Dos son las palabras de este texto que me gustaría destacar: vigilancia y autoprotección.

¿Qué es lo que viene a normalizar la nueva normalidad? No la restricción de nuestros derechos sociales y políticos, sino la vigilancia epidemiológica y la autoprotección sanitaria. Ahora bien, ¿hasta cuándo podemos esperar que se mantengan estas medidas? Se supone que hasta que se encuentre una vacuna que consiga erradicar la pandemia. ¿Significa esto que tras el coronavirus se terminarán asimismo la vigilancia epidemiológica y la autoprotección de la ciudadanía? Sólo los muy ingenuos pueden pensar que es eso lo que va a ocurrir.

Pero lo que tenemos que preguntarnos es si esta normalidad es en realidad tan “nueva”. “La gente habla sobre cuándo se volverá a la normalidad, pero la normalidad era la crisis”, comenta con extraordinaria lucidez Naomi Klein en un encuentro virtual el pasado 26 de marzo. La crisis no supone, pues, la transición hacia nada nuevo, sino que simplemente se limita a exacerbar lo que podríamos llamar la vieja normalidad. ¿Pueden considerarse, entonces, la vigilancia y la autoprotección prácticas realmente nuevas? ¿No constituyen, por el contrario, dichas prácticas la médula espinal de un tipo de organización política que se remonta al menos a los albores de la modernidad?

Foucault ha cobrado con la pandemia una tremenda actualidad. Por lo pronto, la vigilancia epidemiológica es una manifestación más de la llamada “sociedad disciplinaria”. En cuanto a la autoprotección de la ciudadanía hay que decir que ésta responde a la imposición de un paradigma que es todo menos nuevo: la biopolítica. El encierro era la técnica principal de la sociedad disciplinaria para domesticar los cuerpos y las almas. Sus posibles escenarios: la escuela, la fábrica, el cuartel, el hospital y la cárcel. La diferencia con nuestra situación epidémica es que hoy son nuestras propias casas el lugar donde la “sociedad disciplinaria” despliega sus dispositivos de poder. La autoprotección de la ciudadanía no es, en este sentido, más que una forma de la vigilancia institucional realizada en nombre de la salud.

¿Qué precio pagaremos por asumir la presunta “nueva normalidad”? Aventuremos una respuesta: que veamos como “normal” lo que no puede ser normal bajo ningún concepto. El filósofo italiano Giorgio Agamben lo ha visto con una claridad meridiana en un artículo publicado el pasado 11 de marzo: “que las universidades y las escuelas se cierren de una vez por todas y que las lecciones sólo se den en línea, que dejemos de reunirnos y hablar por razones políticas o culturales y sólo intercambiemos mensajes digitales, que en la medida de lo posible las máquinas sustituyan todo contacto —todo contagio— entre los seres humanos” (“Contagio”, Quodlibet, 11/03/2020).

Lo que se pone en juego con la “nueva normalidad” es la esencia misma de lo humano. La despolitización total de la ciudadanía bajo la excusa de la preservación de la salud pública: he ahí lo que se quiere hacer pasar por “normal”.

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Imagen principal: Susan Spangenberg, Coronavirus, 2020

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