Mauro Salazar J. / Kast como sedimento autoritario. Metamorfosis del enemigo interno

Filosofía, Política

El resultado de la segunda vuelta del 14 de diciembre de 2025 (58,17% para José Antonio Kast frente a 41,83% para Jeannette Jara) suele leerse con la gramática de la coyuntura: la inseguridad, la fragmentación, el cansancio del ciclo progresista, la inflación de la promesa de orden. Esa lectura no es equivocada, pero se detiene en la superficie del proceso político. Lo que el dato electoral esconde es la materia de la que está hecho ese triunfo: no la coyuntura que lo precipitó, sino el «sedimento autoritario» que lo hizo posible. Porque hay una anomalía que ninguna explicación coyuntural disuelve: una demografía importante de la adhesión a la salida autoritaria no proviene de quienes la vivieron, sino de quienes nunca la conocieron. Hecha la salvedad, el hallazgo es inequívoco y confirma la centralidad de la cohorte adulta intermedia. De los seis grupos demográficos analizados, Kast ganó en cuatro, con su mayor apoyo concentrado en el tramo de 35 a 54 años: 69,7% entre los hombres y 61,9% entre las mujeres.

El modelo identifica explícitamente ese segmento como el núcleo más sólido de su apoyo electoral. La lectura que aquí se sostiene encuentra su sustento cuantitativo: el voto a Kast no se intensifica en los extremos etarios sino en el centro adulto del padrón, precisamente la franja que será el eje demográfico del electorado durante las próximas dos décadas (DecideChile/Unholster, 2025). Y aunque esto no es un destino consumado, ni se reduce a los efectos indudables del voto obligatorio, el informe de DecideChile es un buen mapa —en tanto insumo, transparente en su método—, para comenzar a describir la distribución del fenómeno. El dato confirma, al menos parcialmente, que la transición no cerró sus heridas; pero entender por qué la salida es hoy autoritaria y no democrática exige una teoría del régimen. Aun admitiendo los datos electorales, solo nos interesa de modo sustantivo, no sustancialmente la cuestión politológica, porque quien lanzó piedras en la revuelta pudo haber votado por Kast. Con todo, y pese a que nuestro enfoque no se agota en la racionalidad Think Tank, no hay en estos datos lectura derrotista ni determinismo. Y aunque nuestro intereses, son las disposiciones afectivas heredadas, conviene subrayar también los mecanismos institucionales que mantuvieron viva la opción autoritaria: el sistema binominal que protegió a la derecha, la Constitución del 80 y sus cerrojos, la desmovilización deliberada de la sociedad civil durante la transición.

La intuición democrática supone que el rechazo a la dominación se aprende padeciéndola, y que el relevo generacional erosiona, con el tiempo, la disposición autoritaria, disolviendo los enclaves heredados al ritmo en que se agota el verdor de los mitos modernizantes. El caso chileno desmiente esa expectativa con nitidez incómoda. Las cohortes nacidas entre 1975 y 1990, que no vivieron la dictadura como adultos, exhiben niveles de tolerancia al autoritarismo iguales o superiores a los de quienes la padecieron, y votan por la derecha radical en proporciones mayores. El dato obliga a un desplazamiento conceptual: la adhesión autoritaria no es aquí un residuo que el tiempo extingue, sino una herencia que el tiempo transmite. Hay, en el cuerpo electoral chileno, una capa que se comporta como un estrato geológico: se depositó bajo el peso de un proceso histórico y permanece mucho después de que ese proceso terminara, disponible para ser reactivada por quien sepa nombrarla. La metáfora geológica tiene en Koselleck (2001) su filiación más exacta. Allí donde las temporalidades diacrónicas y sincrónicas se integran en la metáfora geológica de los «estratos del tiempo» (Zeitschichten). La afinidad descansa en la coexistencia de velocidades: lo dictatorial no es pasado clausurado sino estrato activo bajo la superficie coyuntural.

Conviene precisar el orden de los factores. La candidatura de Jeannette Jara, el gobierno de Gabriel Boric con el Partido Comunista en su seno y la revuelta de 2019 operan como coyuntura que activa el sedimento autoritario, no como su origen: el vector de memoria es previo y posee una densidad diacrónica. Su fecha de inscripción es el plebiscito de 1988, cuando el «Sí» a Pinochet obtuvo cerca del 44,4% pese a la derrota. Y también en 1988, al acercarse al 45%, la dictadura superó por lejos la votación del 30% que la derecha alcanzaba en el siglo XX. Esa cifra no fue un resto a punto de desaparecer, sino el piso duradero de un apoyo que la transición administró sin disolver: donde Brunner (1989) leyó la fuerza de un consenso modernizador no exento de malestares, Garretón advirtió el enclave autoritario que ese mismo pacto dejaba intacto. Cabe señalar que Moulian, con particular agudeza, leía transformismo (1997).

La memoria que no se recuerda

Conviene un rodeo por una categoría que la teoría de la memoria ha trabajado con precisión. La obra que aquí se moviliza, reconocida en la nota, pensó la relación de las generaciones posteriores con un pasado traumático que no vivieron como una memoria de segundo grado: una memoria que no recuerda porque no tiene qué recordar, y que sin embargo organiza la subjetividad de quienes la portan. Ese trabajo de la memoria heredada reactiva estructuras memoriales más distantes, sociales y culturales, y puede persistir incluso después de que los participantes directos hayan desaparecido (Hirsch, 2008). La fórmula es exacta para el caso que nos ocupa: lo que se transmite no es el recuerdo de la dictadura, sino la estructura afectiva que la sostuvo, desprendida del acontecimiento que la originó.

Esa estructura tiene un nombre en la gramática política chilena: nostalgia del orden, anticomunismo, recelo de la deliberación, sospecha del conflicto como sinónimo de caos. No es una ideología articulada, sino un conjunto de disposiciones que operan por debajo del umbral del argumento, como un sentido común que se presenta con la evidencia de lo natural. Quien creció escuchando que «antes había orden», que «el comunismo es la amenaza», que «la autoridad protege», no recuerda la dictadura: la posmemoriza. Y la posmemoria, a diferencia del recuerdo, no carga con el peso del trauma ni con la ambivalencia del testigo. Es una herencia limpia de experiencia, y por eso mismo más manejable, más disponible para la traducción política. El sedimento autoritario funciona como ese espectro que aparece cuando la cohorte sin memoria directa lo recibe ya desprendido de su trauma.

La operación de Kast: traducir, no evocar

Si la «zona sedimentada» identifica dónde reside el electorado disponible, queda por explicar cómo Kast lo convirtió en mayoría, con una ciudadanía que ya no responde a los sujetos del trauma de 1973. La ultraderecha no ganó evocando la dictadura, lo que habría sido electoralmente ruinoso, sino traduciendo su residuo afectivo al léxico del presente. La operación no fue de memoria sino de reencuadre: el anticomunismo heredado se dijo como combate al «comunismo» de la izquierda gobernante; la nostalgia del orden, como seguridad frente al crimen organizado; el recelo del otro, como control de la frontera. El sedimento no se nombró: se actualizó, en el registro que las generaciones sin memoria directa podían recibir sin la incomodidad del pasado.

La literatura especializada confirma la peculiaridad del dispositivo. La derecha radical chilena, a diferencia de su matriz europea, descansa menos en el «enemigo externo» que en el «enemigo interno» (Díaz, Rovira Kaltwasser y Zanotti, 2023): no amenaza prioritariamente el inmigrante, sino el connacional desviado, el militante, el que introduce el desorden. Esa torsión enlaza el sedimento dictatorial con el malestar presente: el enemigo interno es el mismo que la dictadura nombró, vestido con la ropa del siglo. Y el estudio de la opinión pública añade el dato que vuelve viable el triunfo en balotaje: el electorado que adhiere a la derecha radical es homogéneo, mientras que el que la rechaza es amplio pero heterogéneo (Rovira Kaltwasser, Salas-Lewin y Zanotti, 2024). Un bloque compacto frente a una dispersión.

Conviene detenerse en la figura del candidato, porque es ahí donde la operación encuentra su cuerpo. Kast no es solo el portavoz de un programa: es quien inviste la frontera. En toda formación hegemónica alguien debe encarnar el corte que separa el «nosotros» del «ellos», y esa investidura no es neutra. Su biografía —el apellido, la fidelidad al legado, la genealogía familiar del régimen— lo inscribe como heredero de una línea que nunca se interrumpió del todo. Pero su eficacia no reside en la nostalgia, sino en articular lo viejo y lo nuevo en una sola figura: el anticomunismo de 1973 y el securitarismo de 2025 dejan de ser dos discursos para volverse uno, y el viejo enemigo (el marxista) se superpone al nuevo (el delincuente, el migrante, el activista) sin solución de continuidad. Lo que fue memoria del orden se transmite, en su cuerpo político, como promesa del orden (Hirsch, 2008).

La distribución horizontal del sedimento

Falta, sin embargo, el eslabón que explica por qué la herencia, en lugar de diluirse en el relevo generacional, se intensificó. La transmisión clásica de la memoria es vertical: del padre al hijo, en la lógica de la sangre y el linaje. Pero el sedimento que sostiene a Kast ya no circula solo por ese cauce. Las plataformas digitales mutaron el modo de la herencia: lo que antes pasaba de una generación a la siguiente pasa hoy entre pares, horizontalmente, en la circulación de códigos, imágenes y afectos que no requieren mediación familiar. La memoria heredada se ha vuelto afiliación de cohorte y no ética deliberativa. El joven que vota a Kast no necesita un padre pinochetista: le basta la comunidad horizontal de quienes comparten, en el mismo flujo digital, la misma gramática del orden. Así, la matriz no solo persiste por sus costos de reversión institucionales: se reproduce ahora en una sociabilidad digital que ningún pacto de élites controla. El «enemigo interno» que la dictadura definió se conserva y se reviste de delincuente y migrante. Es la desarticulación entre política, Estado y sociedad que la sociología de la transición describió: una ciudadanía despolitizada, sin canales de mediación, disponible para el llamado del orden.

La dictadura, que duró diecisiete años, ha logrado una posteridad mucho más larga que su duración: no porque se la recuerde vitalmente, sino precisamente porque se la ha olvidado lo suficiente como para que su residuo afectivo circule, actualizado, sin el peso de su historia más brutal. La condición de posibilidad se encuentra en las modernizaciones contraídas desde 1988.

Desde esta óptica, el kastismo es menos una hegemonía recién conquistada que una mediación consumada: el movimiento que hizo posible el tránsito desde un sentido común tácito —indecible bajo el duopolio cartelizado de la transición— hacia su enunciación abierta como programa de gobierno. El mediador evanescente, en el sentido de Arditi (2010), habilita ese tránsito y puede luego volverse prescindible sin que se revierta. La consecuencia es más inquietante que la laclauiana: aun si el gobierno de Kast se desgasta, aun si la «emergencia» se agota como significante movilizador, el sedimento que su victoria volvió decible no desaparecerá con las fluctuaciones de aprobación, porque ya se instaló como disposición compartida entre quienes nunca vivieron la dictadura. El 46,5% del padrón habilitado que marcó su nombre, el 58,17% de los votos válidos, no mide la fuerza coyuntural de un líder, sino la profundidad de un estrato cultural que lo antecede y lo excede.

Por eso la pregunta no es si Kast conservará su mayoría —cuestión que el análisis electoral resuelve—, sino qué quedará operando en los bordes del orden liberal chileno una vez que su momento populista haya pasado. Y la respuesta que el dato etario sugiere es la más inquietante: un sedimento autoritario reactivado, alojado hoy en la población de 35 a 54 años, que será el centro demográfico del electorado durante las próximas dos décadas. Si en 2025 esas cohortes tienen entre 35 y 54 años, en 2045 tendrán entre 55 y 74: el estrato que hoy vota a Kast con mayor intensidad será mañana el votante que define el eje del sistema. La post-hegemonía nombra ese excedente temporal que la teoría de la hegemonía comprime.

Esta segunda lectura tiene una implicación que la teoría hegemónica clásica no captura: si el sedimento se aloja hoy en la población adulta, su vehículo ya no es la transmisión familiar sino la circulación algorítmica, que lo distribuye y lo vuelve sentido común compartido entre quienes nunca lo vivieron. La transmisión horizontal por las plataformas no es un dato técnico: es la infraestructura material de la reacción, y obliga a nombrar la continuidad entre el despojo económico y la producción del enemigo.

Pero hay que decirlo con todas sus letras: Chile es, en esto, una excepción regional. En el resto de América Latina la derecha radical irrumpió temprano y desde fuera del sistema (el outsider que asalta la política, como Bolsonaro o Milei), o se articuló en torno al enemigo externo, según el patrón europeo. Nuestro País invierte ese guion: llegó tarde, en un sistema que se tenía por estable, y sin embargo alcanzó el gobierno con una velocidad que ningún otro caso exhibe; su frontera no es el extranjero sino el connacional desviado, interno porque la dictadura lo definió así; y su consolidación no requirió romper con la derecha tradicional sino fundirse con ella. El sedimento de una dictadura institucionalizada, cuando no se disuelve, produce una derecha radical menos rupturista y más orgánica, menos nostálgica y más eficaz, que hereda el pasado sin declararlo y por eso resulta más difícil de impugnar.

El triunfo de Kast no es, entonces, un accidente ni una simple reacción coyuntural. Es la cosecha electoral de un sedimento irreductible que la transición administró sin disolver, que la modernización neoliberal privatizó sin desactivar, y que el relevo generacional, lejos de extinguir, reactivó en un registro nuevo. La pregunta que el resultado deja abierta no es por qué ganó la derecha radical en una coyuntura adversa para el progresismo, sino por qué la sociedad chilena conserva, a casi 40 años del fin del régimen, una capa de subjetividad punitiva que responde con docilidad al llamado del «orden autoritario». La respuesta no está en la memoria de quienes vivieron la dictadura, que tienden a su crítica, sino en la posmemoria de quienes no la vivieron y la heredaron limpia de experiencia. El triunfo de Kast mide, con la precisión brutal de una cifra electoral, hasta dónde llega ese estrato. Y la advertencia que de ahí se sigue es que ninguna política de la memoria que se dirija solo a los que recordaron alcanzará a los que heredaron sin recordar, que son hoy la mayoría, y que serán, mañana, la totalidad.

Consecuencias posibles

Hay una consecuencia que conviene decir sin consuelo: la izquierda carece de proyecto para una infraestructura globalizada. Si el triunfo de Kast es la cosecha de un sedimento que la transición administró sin disolver, no basta con ganar una elección; se trata de reconstruir la matriz sociopolítica que la dictadura fracturó y que la democracia de los acuerdos congeló, rearticulando las tres relaciones rotas: la de los actores sociales con la política, la de la política con el Estado, la del Estado con un proyecto de país.

No es hora de autocrítica flagelante sino de interrogar direcciones. La izquierda perdió porque administró el modelo en lugar de transformarlo, y porque confió en que el relevo generacional disolvería el enclave. Hay que disputar la posmemoria, no apelar al testimonio. Y queda lo más exigente. Lo que enfrentamos no es una derecha nueva, como las de Trump, Milei o Meloni, sino la única constituida en dictadura, y por eso más orgánica, más difícil de impugnar. Combatirla con nostalgia transicional es perder de antemano. Se requiere un relato de futuro capaz de estructurarle deseo a esa población que el texto sitúa en el centro del electorado por las próximas dos décadas. Sin proyecto colectivo, la «emergencia» seguirá ocupando el lugar vacío que antes ocupó la utopía.

La implicancia central es que la izquierda no puede limitarse a defender las instituciones iliberales que incubaron esta reacción. El argumento lo demuestra con precisión: el sedimento autoritario no viene de afuera del orden, se recicla desde sus propias redes, desde la modernización neoliberal que privatizó el malestar sin desactivarlo. Una izquierda que se postule como guardiana del statu quo institucional contra el «extremismo» no hace antiautoritarismo; hace conservadurismo defensivo, y pierde, porque defiende justamente el suelo que produjo la crisis.

La segunda implicancia es que hay que romper la separación entre la lucha económica y la lucha contra la administración del miedo. Mientras el progresismo trate la seguridad, la migración y el orden como temas «de derecha» que conviene esquivar, le cede a Kast el monopolio del afecto. La continuidad entre despojo económico y producción del enemigo debe nombrarse como una sola cosa. No se combate el securitarismo con tecnocracia humanitaria; se combate mostrando que el mismo capital que precariza es el que necesita un enemigo interno para disciplinar.

La tercera implicancia toca la infraestructura. Si el sedimento se distribuye por la circulación viral de las plataformas, la izquierda no puede pensar la batalla cultural como un suplemento de la batalla «real». Lo material hoy incluye lo algorítmico. El mismo modo de propagación sin centro que movilizó las insurgencias de 2011 fue capturado por la reacción; recuperarlo exige una organización que opere en ese terreno sin ilusiones de neutralidad técnica. El antiautoritarismo del presente es, antes que nada, una disputa por la forma en que circulan los afectos.

Referencias

Arditi, B. (2010). La política en los bordes del liberalismo: diferencia, populismo, revolución, emancipación. Barcelona: Gedisa.

DecideChile / Unholster (2025). 2V Presidencial: un resultado anunciado. Resultados de la segunda vuelta presidencial. Recuperado de decidechile.cl

Díaz, C., Rovira Kaltwasser, C. y Zanotti, L. (2023). «The Arrival of the Populist Radical Right in Chile: José Antonio Kast and the “Partido Republicano”». Journal of Language & Politics, 22(3), 342-359.

Hirsch, M. (2008). «The Generation of Postmemory». Poetics Today, 29(1), 103-128.

Zeitschichten. Studien zur Historik (Frankfurt am Main: Suhrkamp, 2000); la traducción al español la publicó Paidós en 2001, con introducción de Elías Palti.

Rovira Kaltwasser, C., Salas-Lewin, R. y Zanotti, L. (2024). «Supporting and Rejecting the Populist

Radical Right: Evidence from Contemporary Chile». Nations and Nationalism, 30(3), 458-475.

Servicio Electoral de Chile (Servel) (2025). Resultados oficiales, segunda vuelta presidencial, 14 de diciembre de 2025.

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