Aldo Bombardiere Castro / Tercera divagación acerca del Mundial 2026: La argentinidad como síntoma decolonial

Filosofía, Política

Dos escenas: Messi y Maradona

Escena 1. Miami, Mundial de fútbol 2026. Argentina enfrenta a Cabo Verde por la ronda de dieciseisavos de final. Minuto 72, el marcador emparejado 1 a 1. tiro libre al borde izquierdo del área grande a favor de la albiceleste. El veterano y, hasta antes del Mundial, desconocido arquero Vozinha ordena la barrera apoyado sobre uno de sus palos. Aún no se escucha pitazo del juez, pero Messi, justamente mientras Vozinha continúa ordenando la barrera, remata hacia el lado contrario del portero. Vozinha, nacido hace cuarenta años en alguna de esas islas de roca verdosa y de peces melancólicos, de esas islas otrora esclavizadas por el poder colonial portugués, milita en la segunda categoría del país luso. Pero nada de eso importa. Porque Vozinha, volando de un palo hacia el otro, logra desviar el remate de Messi con ambas manos, arrojando la pelota tras la línea de fondo. El tiempo se detiene por un segundo y un relámpago nos ilumina antes de que se ejecute el corner. Luego lo olvidamos, aunque la luz del relámpago permanece en algún lugar invisible, pero siempre a un paso de resurgir. Entonces lo notamos. Messi, uno de los mejores jugadores de la historia, buscaba hacerle un gol a Vozinha motivado por el mismo tipo de aprovechamiento e inmoralidad con que el poder azota a los pueblos día a día. Motivado por el mismo descaro con que la imperialidad colonial ha destruido el mundo y ha subsumido a los Mundiales de fútbol en la ilusoria espectacularización del capital.

Escena 2. Ciudad de México, Mundial de 1986. Argentina enfrenta a Inglaterra por la ronda de cuartos de final. Minuto 51, y el marcador permanece cerrado. La albiceleste envía un centro bombeado al área grande inglesa. El petiso Maradona se impulsa con las manos para saltar lo más alto posible y disputarle la pelota al arquero, quien, demasiado confiado, ha salido lejos de su portería. Maradona, gracias a la intromisión de una de esas manos a la altura de la cabeza, cambia la trayectoria del balón, el cual se interna en la portería. El árbitro resulta engañado, validando el gol. Argentina 1, Inglaterra 0. Por fin, Dios ha intervenido en pro de la rebeldía. Un Dios cuya acción inmoral, por una vez, ha tendido a la justicia. Minutos después, Maradona, barrilete cósmico rebosante de magia y combatividad popular, convertirá el gol más bello y significativo de la historia de los mundiales. Así, el Diego, tras 4 años de extemporánea resaca imperial-británica desatada en las Islas Malvinas contra el -quieran o no- tercermundista país de Argentina, ha eliminado a los ingleses del Mundial. El fútbol sólo es fútbol porque siempre es más que fútbol.

La yuxtaposición entre ambas escenas no resulta casual. Al contrario, sus gestos son sintomáticos e interpelantes. Ellos punzan y apuntan acerca de un tipo de identidad histórica que, ya sea tarde o temprano, tendrá que vérselas con su propia pulsión y represión decolonial. Y por eso la sintomática de la argentinidad que emergió en este último mundial, nos implica a todos.

Identidad y sintomaticidad

Argentina, emblema deportivo a escala mundial, especialmente a nivel futbolístico. Su pueblo, por cierto, participa en esa gloria. De existir algo así como la identidad argentina, esto es, en caso de haber una suerte de dispositivo operacional de carácter homogeneizante y capaz de brindar cohesión social a una nación a partir de un imaginario patrio, hallaría su expresión privilegiada dentro de una cancha de fútbol.

Pareciera que podemos dar cuenta de muy pocas identidades latinoamericanas tan marcadas y seguras de sí mismas como la argentina. Hablamos de un nacionalismo que no sólo adopta un tono retórico de cara a los eventos conmemorativos o durante las fiestas patrias y los recuerdos independentistas pertenecientes a la historia oficial. Más bien, se trata de una identidad que parece forjar la oficialidad misma: los argentinos suelen vivir la argentinidad no en calidad de relato, sino de realidad; no con el tono dualista del símbolo o del suplemento estetizante de la nación, sino con el sobreabundante orgullo (herido, tal vez) enraizado a su corazón.

Cada individuo nacionalista (la mayoría de los argentino) constituye una incuestionable parte integrada plenamente a la idea totalizante y monolítica de la nación. Juegos de ideas, ideales e ideaciones. Al final, tal dinámica corresponde al ideal del concepto político de identidad: la identificación de cada parte, es decir, de cada individuo, con la idea de todo encarnada por la nación. La idea de un mito homogeneizante intencionado como real. Construcción ideológica en el más marxista de los términos; relato de una buena e ilusa falsa consciencia cuya cobardía enfurecían a Nietzsche; rasgo psíquico de una filogénesis cuyas represiones no cesan de retornar sin anunciarse. Y mientras más perfecta sea la fusión entre el todo ideal y la parte idealizada, mayor cohesión social y más alto orgullo patrio, mayor introyección naturalizada y mejor sumisión a prácticas sacrificiales envueltas en la bandera.

He ahí la operatividad formal a la cual parece reducirse todo fenómeno de identidad nacional. Operatividad formal donde el caso argentino representa un elemento ejemplar, precisamente, en virtud de la fuerza casi inapelable de su contenido histórico. En suma, así como, por un lado, cada parte individual, cada argentino concreto, pareciera co-constituir a la idea del todo nacional de la Argentina, por otro lado, la co-constitución entre el ámbito formal de esta dinámica identitaria y sus contenidos temáticos también encuentran una articulación privilegiada en el caso del fútbol argentino.

Argentina la privilegiada y la ovacionada. No sólo a causa de su admirable gloria y éxitos deportivos, o por contar con un incondicional y creativo barrabravismo capaz de transformarse en un agente deportivo más. Argentina también es privilegiada y ovacionada por la manera en que el fútbol es vivido por los argentinos: se vive como un rito sagrado, como si el fútbol argentino fuere la Argentina misma. He ahí la expresión máxima de argentinidad: en la cancha y en sus alrededores. El argentino puede resultar vencido a la hora de defender su elogiable educación pública; puede terminar por someterse de mala gana a los recortes en la deuda pública; también puede terminar bajando la cabeza ante la corrupción sindical y la reducción de bonos y del asistencialismo estatal; pero el fútbol no se toca: para los argentinos la pelota no se mancha, nunca se mancha, aunque en realidad toda Argentina, el mundo y la FIFA se hayan podrido desde hace décadas.

Ahora bien, lo importante del predominio comunicacional que ha adquirido la reacción anti-argentina despertada por el Mundial de fútbol, nada debiera tener que ver con la xenofobia o el resentimiento. Tampoco con un ajuste de cuentas ante la insufrible soberbia argentina o con una envidia conducente a la venganza provocada por tal soberbia. Nada de eso. Al contrario, lejos del ánimo despótico o identitario; a distancia de la acusación, de la culpabilidad o de la sed de reconocimiento; tomando en clave de simple y consciente juego el hecho de apoyar a una España vestida de humilde dignidad, como si representara lo exactamente opuesto al patetismo de Milei, el desnudamiento de la espectacularización neofascista del capital que ha expuesto el Mundial permite iluminar otras zonas, aquellas no incluidas en las cucharaditas que nos introduce en la boca la cartelera televisiva. Se trata de zonas de sintomaticidad. ¿Síntomas relativos a qué? A las inherentes contradicciones coloniales y anticoloniales que configuran la identidad de nuestros pueblos latinoamericanos. En una palabra, un síntoma decolonial.

La sintomaticidad decolonial de la argentinización, en ese sentido, remite a todos quienes la mencionan o se dejan tocar por ella: apela a la problematización de una realidad demasiado cierta, llevándonos a sospechar acerca de la solidez de un pilar identitario y nacionalista ubicuo en cada momento de nuestra cotidianidad pública.

Las nociones más sustanciales suelen ser también las más falsas. Las creencias presuntamente más inapelables suelen ser las más impuestas y reiteradas, justamente, para conjurar el peligro de su problematicidad de naturaleza tambaleante. Y debido a lo mismo, ellas resultan esquivadas a priori, impensables de raíz, en este caso, dentro de la esfera de la opinión pública argentina.

Por nombrar algunos de tales síntomas. ¿Cuántas veces durante el siglo XX escuchamos a nuestros hermanos trasandinos jactarse de su pasado europeo, de haber llegado a Sudamérica bajando de un barco italiano o francés, proveniente de una huida alemana o yugoslava? ¿Qué podríamos entender de la política institucional argentina cualquier latinoamericano si en ella se ha acuñado una cartografía partidista impresa en términos privados e identitarios como “peronismo”, “antiperonismo”,“justicialismo”, “alfonsinismo”, “kirchnerismo”? ¿Cuál es la solidaridad latinoamericana demandada por Argentina si su máxima campaña antimperial ha sido en pro de su propia soberanía territorial sobre las Malvinas, mientras que, en términos culturales, suelen desmarcarse, cuando no despreciar, de las culturas originarias del continente? ¿En cuáles anales historiográficos se halla el exterminio indígena desatado por la Campaña del desierto sino en aquellos marcados por una ausencia cuyo fantasma sigue siendo negado? ¿Cuántas represiones de indios y de negros, cuántas represiones mentales de indigenismo y de negritud, siguen siendo invocadas para evitar que enturbien la rubia cabellera de una bandera asoleada sobre el Río de la Plata? ¿Qué delirios y etnocentrismos se desgranan en la nostálgica autoconciencia que concibe al país como el otrora “granero del mundo”? ¿Cuáles laberintos metafísicos continúan aflorando entre los salones de una Ginebra desde la cual Borges ha instituido la fundación mítica de Buenos Aires? ¿Cuántos arrabales y milongas han desviado su rumbo cuesta abajo en la rodada, y cuántos gorriones, gardeles y cambalaches terminaron ultrajados dentro del bandoneón de un Piazzola sin Goyeneche? ¿Qué avalancha de aplausos y supuraciones gargantas continúan pregonando las fanfarrias de un Teatro Colón hoy devenido opereta bufa, bagatella, mero divertimento? ¿A causa de qué represiones y complejos no-dichos el grueso bonaerense sigue llamando “bolivianos bolitas” a los argentinos morenos del Noroeste, sigue llamando “paraguayos” a los argentinos del Chaco, sigue llamando “chilenitos” a los mendocinos, y sigue llamando “monos” a los negros? ¿Cómo se oyen ahora mismo las fiestas de corrupción y la alquimia de brindis capaces de hacer ir y venir los dólares desde la rapacidad del FMI hacia un omniabarcante asistencialismo de Estado y hacia un sindicalismo desprovisto de trabajadores? Y hoy, ¿qué tipo argentinidad puede mantenerse en medio de un gobierno de Milei, el cual destruye al Estado, el cual no cesa de privatizar los recursos naturales y los servicios públicos, el cual, además, reconoce sin asco la propiedad inglesa de las Malvinas y promueve la sionización de la Patagonia? ¿Cómo fue posible que los gritos de alegría que coronaron el Monumental de River durante el Mundial 1978 pudieran llegar a sepultar los simultáneos gritos de torturados, desaparecidos y asesinados, emitidos a sólo una cuadras de distancia de tal estadio?¿Hasta dónde el entreguismo y la estupidez de Messi vienen a ser comparables, homologables, al compromiso con la justicia que nos heredó la valentía combativa de los fracasos, sobre todo de los fracasos más que de los triunfos, maradonianos? El fútbol es el sol, el mundo y la luna, es el significante que sobrevuela y se anuda con el más alto objeto de deseo de la identidad argentina: la de ser sí mismo.

Sin embargo, la identidad de Argentina (e insistimos, sólo en el caso de que exista algo como eso) también alberga elementos de connotación opuesta. Ello es, sin más, lo que le brinda el carácter sintomático a la problematicidad decolonial. Es decir, la argentinidad, como toda identidad nacional, enarbola narraciones, procesos e hitos engrandecedores, cuyo aliento se aúna con la hermandad de los pueblos en lucha contra los andamiajes de dominación impuestos por la máquina del capital colonial, extractivista y tecnofascictas. Genuinas causas anticoloniales y luchas de emancipación política pletóricas en levantamientos populares. Producción de avanzadas teorías sociales y políticas de índole contrahegemónicas, surgidas tanto de un inicial horizontalismo intrínseco a los movimientos sindicales y a las discusiones trotskistas, así como de un enjambre intelectual, entre académico y herético, amparado en diversos centros de pensamiento. Todo esto, corresponde al polo opuesto con respecto a los casos anteriormente descritos relativos al etno-euro-ego-centrismo de la identidad argentina. Por lo mismo, se trata de la dimensión que dota a la estructura identitaria argentina de un complemento tal que, sólo gracias a él, somos capaces de hablar de sintomaticidad identitaria. Y se trata, por cierto, no de sólo una sintomaticidad que atañe a los argentinos, sino, en nuestra condición latinoamericana, en la cual habitamos todos junto a nuestros fantasmas coloniales alojados a nuestras espaldas. De ahí que la sintomaticidad de la argentinidad conlleve la interpelación a nuestra propia identidad colonial: se trata, entonces, de una interpelación en sí misma decolonial.

Mencionemos tan sólo algunos fenómenos. ¿Acaso la gesta libertadora de San Martín y sus camaradas, pese a su fracaso inmediatamente posterior, ha de ser entendida exclusivamente a la manera de un trasvasije de oligarquías coloniales europeas por oligarquías criollas reproductoras del colonialismo? ¿Cuánta más sangre de niño habría faltado derramar si Latinoamérica careciese de la pluma de Echeverría, quien desnudando a federalistas y unionistas, fue capaz de retratar el matadero que devino la Argentina de inicios del XIX? ¿Cómo podríamos entender las demandas de democracia universitaria triestamental y su articulación con los procesos de organización popular en sentido amplio e interclase sin atender a las enseñanzas que nos dejaron los universitarios de la Córdoba de 1918? ¿Qué tipo de esperanza en los sindicatos, o qué tan alta o qué tan poca esperanza en los sindicatos, tendríamos hoy si no fuera por los movimiento sindicales del siglo XX argentino? ¿Cuántos padres habrían desmayado antes de tiempo si las madres de Plaza de Mayo no hubieran seguido en pie? ¿Cómo podemos concebir la palabra mártir desde Sudamérica sin obviar el rostro de los más de 700 jóvenes argentinos, enviados al exterminio contra Inglaterra para beneficio de la dictadura argentina de ese entonces y para beneficio de la dictadura del ideal identitario de la argentinidad de hoy? ¿Seríamos capaces de pensar en irrupciones populares antineoliberales sin contar con la experiencia del levantamiento popular argentino del 2001? ¿Aún hemos de escatimar elogios ante los miles de judíos antisionista, quienes, pudiendo fácilmente alinearse con Israel, solidarizan con el pueblo palestino, al tiempo que denuncian la captura del judaísmo operada por el sionismo? ¿Podríamos siquiera pensar si apoyar o no apoyar, si criticar o no criticar al soberanismo, al capitalismo de estado y a ciertas derivas autoritarias de la Marea Rosada si no hubiera habido un teórico como Laclau y un proceso progresista como el de los Kirchner? ¿Qué tipo de argentinidad es aquella que dona Argentina a Latinoamérica, en la cual Argentina vacila en seguir siendo sólo Argentina, en la cual Argentina se transforma en un arma transmoderna dispuesta para la emancipación decolonial? Y, en la misma sintonía, ¿qué tipo de argentinidad es aquella que calidece entre la piel del abrazo trasandino, al calor de la hierba mate, en el deshielo de la cordillera y sobre el vapor de un café que atempera nuestros sueños? ¿Qué tipo de argentinidad es esa otra, la combativa, la argentinidad de hombres y mujeres de una pampa abierta a una humanidad en guerra? Y, ¿qué argentinidad es esa otra, la jesuítica, la de los teólogos de la liberación y de la teología del pueblo, cuyo eco nos cala hasta identificarnos y desidentificarnos, cuyo eco de argentinidad llama a la persona pero deconstruyendo en parte los dogmatismos anquilosados sobre Biblia? ¿Qué tipo de argentinidad puede ser la que invoca a la desargentinización de espíritu? Y, por último y, quizás por siempre, ¿qué tipo de argentinidad es ésa gracias a la cual hemos podido ir uniendo islas hasta formar auroras, gracias a la cual hemos podido tejer guerrillas hasta delinear continentes? Es la argentinidad que conoció Fidel, el tipo de argentinidad que desargentiniza, que desidentifica ya no por espíritu, sino por justicia; la argentinidad de un hombre al cual, con Fidel le decimos, incluso hoy mismo, resistiendo desde Chile, desde Gaza, desde la África que tanto amó y desde la Cuba que no claudica “Hasta siempre comandante, Che Guevara”.

En la complejidad de esta tensión identitaria radica la misma sed que nos llama a habitarla: el síntoma inquieta y atrae porque su problematicidad no ofrece la solución al problema, sino porque, desde que lo advertimos en cuanto síntoma, genera la combinación y las interrupciones entre un tipo de malestar y de placer que nos involucra desde la raíz. Extraviarnos y encontrarnos, divagar y volvernos a encontrar entre los pliegues, jadeos y sudores que componen la argentinidad, sólo resulta posible debido a que sus fantasmas colindan con los nuestros.

Experiencia

Durante el Mundial asistimos a una clase de conflicto acerca de la argentinidad susceptible de ser leído en clave de síntoma. En él irrumpió una problematicidad e implicación existencial cuyos grados de afectación, en mayor o menor medida, nos tocó a todos.

En ese sentido, el efecto anti-argentino no es relevante por sí mismo, ni tampoco por la posición que nos forzó a adoptar reactivamente, esto es, la de manifestarse a favor o en contra de la selección de Argentina. Lejos de ello, lo realmente importante fue cómo se transformó en un síntoma capaz de apuntar hacia la complejidad de la dimensión identitaria, en la cual los países latinoamericanos en particular, y periféricos en general, nos hallamos tan entramados como constituidos. Porque cuando se supera la simple espectacularización mundialera, con su dicotómica obligación a pronunciarse en contra o a favor de la selección de fútbol de Argentina, accedemos a un campo verdaderamente crucial: ahondamos en la argentinidad, en nuestra relación con su idealización identitaria y, por consiguiente, ahondamos en nuestra relación con propia identidad tercermundista que nos atraviesa, hermana y enemista.

La hiperbólica espectacularización activada por este Mundial 2026, junto con dejar al desnudo la mercantilización absoluta del fútbol bajo la forma valor de cambio y el autoritarismo neofascista que, en cuanto reflejo planetario, coloniza a la propia FIFA, también ha dado paso a exhibir las fisuras del sistema de dominación del capital. Porque en la más petulante celebración de su triunfo, la espectacularización capitalista no puede maquillar las fisuras que agrietan su rostro: la ilusión de éxtasis que desató el Mundial es, al mismo tiempo, testimonio de su precariedad, exposición acerca de su esencial verdad y necesidad: confesión involuntaria de su propia menesterosidad. En este registro, la incógnita potencia que sigue rondando en torno al efecto anti-argentino escapa al facilismo con que fue presentado por el sistema mediático, pues el masivo fervor que le diseminó a través de medios de comunicación y redes sociales abrió (y continúa abriendo) la posibilidad de iluminar una zona inherentemente opaca y malsana, pero, quizás por lo mismo, sintomática, incluso al nivel más básico: ¿qué significa estar con la selección de Argentina? ¿Acaso significa estar con Argentina? Y, en tal caso, al ser yo mismo latinoamercano, ¿debo apoyar a la selección de Argentina? O, más bien, ¿hasta dónde apoyar a una selección nacional de fútbol se vincula con apoyar a la nación que representa tal selección? ¿Acaso apoyar al pueblo que sufre y goza con los resultados de tal selección reclama apoyar a dicha selección? ¿Acaso únicamente debemos odiar al Estado y al capital que permiten a tal selección funcionar como un dispositivo más de dicho Estado articulado con dicho capital, dejando intocada la neutralidad de la selección? O, por el contrario, ¿acaso en cada selección nacional de fútbol no palpita un imaginario, una narración, un mito, pero también una historia mucho más profunda que la ficción nacionalista y que el conglomerado de individuos a los cuales dicha selección se jacta de representar? ¿Acaso cualquier selección de fútbol no está más próxima a constituir un cúmulo de imaginarios y realidades, un símbolo donde resuenan los innegables hechos de la historia, sus ecos y sentimientos, su lucidez y sus borracheras, en lugar de reducirse a un simple y aséptico equipo de representación nacional? Y, ¿acaso nosotros mismos no amamos u odiamos el fútbol, no nos permitimos amar u odiar a selecciones de fútbol por 90 minutos, durante un mes y cada cuatro años, justamente porque también lo hacemos con los pies sostenidos sobre los temblores de otros símbolos e imaginarios, con los pies timoratos que se aferran a otras identidades y precariedades?

En una palabra, si el efecto anti-argentino propio del Mundial 2026 ha sido capaz de llegar a abrir este tipo de preguntas -y otras muchas más- se debe a que en el fútbol aún se proyecta, además de la alegría de los pueblos, el orgullo de quienes tales pueblos creen/quieren ser. Notar esto, a su vez, no significa aceptarlo. En contraste, significa notar la esencia conflictiva y problemática, quizás irresoluble, del proceso de identificación nacional. Tal vez por lo mismo, no deja de resultar paradójico -y he aquí otro síntoma, u otro síntoma al cual se supedita el síntoma de la argentinización- que en tiempos de plena fase neofascista del capital imperial se nos revele tal posibilidad de desidentificación e interpelación decolonial.

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