1. Movimiento y fijación
Por un instante pareciera engañarnos. La imagen nunca permanece estática. Más bien, desde un comienzo ella resuena en otras miradas, se moviliza sobre otros ojos. Son los ojos de quienes, contemplando su agitación, sopesando los márgenes y desfondando toda perspectiva, permanecemos absortos frente a ellas. Las imágenes nos embargan al compás de una ritmicidad extraña, cuyo hechizo hace que mantengamos la vista frente a ellas y, a la vez, más allá de ellas. Sólo allí, ardiendo en nuestro iris, notamos que hemos sido doblemente engañados: creíamos que las imágenes no conocían de movimientos; creíamos que la contemplación implicaba la pasividad y la quietud. Ingenuos, ahora nos asombramos: las imágenes no dejan de moverse. Las imágenes, aunque no hablen, danzan al interior de nuestras pupilas, hasta hacer que éstas dancen junto a ella. Lo estático, lo fijo que hay en ellas únicamente denota otra fijación: la que ella despierta en nosotros, donde permanecemos “fijados” en lo que ellas dinamizan.
