«Quien aquí entre, abandonad toda esperanza» Infierno, Dante. Comedia. Canto III, verso 9.
Santiago y sus grises anonimatos. La ciudad neoliberal tiene un modo particular de digerir la muerte: no la niega, la administra. No la esconde sino que la desplaza. El cadáver interrumpe el tránsito del Metro de Santiago y el transeúnte del andén se irrita. Lo que el enojo revela, en el fondo, es un pasajero sin derecho a duelo y el silencio pavoroso del que sigue vivo, explotado y no puede permitirse leer la escena como advertencia sin quebrarse él mismo. El enojo funciona entonces como mecanismo de distancia narrativa: convertir al otro en obstáculo o escombro, es más soportable que tolerar la imagen que devuelve el espejo. Entonces, es mejor cerrar los ojos. Vivos y muertos conviven, sin derecho a duelo, en el tiempo circular del andén.
Durante los minutos exactos que dura el protocolo, y luego el protocolo mismo se convierte en la forma que asume el olvido: limpio, eficiente, sin culpa visible. El mayor escándalo no es el suicidio, sino la velocidad con que la ciudad reanuda su tránsito: siete u ocho estaciones cerradas, evacuación, limpieza de los vagones, trabajo que recae en subcontratistas sin nombres. En minutos el sistema medio vuelve a fluir como si nada hubiese interrumpido su circulación. Tal capacidad de metabolizar la muerte sin detenerse un instante es la prueba prístina que el fantasma que sostiene la ciudad neoliberal no es la vida de sus habitantes, ya claudicada por años y gestionada como monotonía administrada, sino los servicios. «Solo servicios». Sucesos que describen un incidente describe una gramática. Y esa gramática tiene, en Santiago, una edad concreta: mueren jóvenes, sabiendo ya, antes de tiempo, que el horizonte que se les prometió estaba trizado desde el principio.
Porque no es cualquier cuerpo el que cae sobre las vías. Es, con obscena regularidad estadística, el cuerpo de quien todavía no debería tener biografía cerrada: veinte años, veinticinco, veintiocho. Cuerpos que apenas alcanzaron a ensayar un futuro, gemido de esperanzas suspendidas, antes de comprobar que el futuro, en esta ciudad, es una promesa administrada por el mismo dispositivo que ahora limpia el andén. Hay una crueldad particular en que sea justamente la juventud la que sepa leer, con una lucidez que la edad adulta prefiere no tener. La distancia exacta entre la retórica del progreso y la textura real de sus días: la deuda educativa que no cierra, el arriendo que se lleva la mitad del sueldo, los modos de vidas que no se entienden, el trabajo que no ofrece pertenencia sino turno. No mueren por ignorancia del sistema; mueren, en muchos casos, por haberlo comprendido demasiado bien, demasiado temprano, sin el amortiguador de las ilusiones que las generaciones anteriores todavía podían permitirse.
Ahí está el primer gesto que la crítica debe rescatar del ruido informativo: estos no son horizontes que se cierran de golpe, son horizontes que se friccionan, se desgastan por uso, como el acero de los rieles. «Horizontes fracturados» no es una metáfora decorativa: es la descripción precisa de un tiempo biográfico que ya no promete llegada, solo aplazamiento. La ciudad neoliberal no le ofrece a sus jóvenes un futuro que rechazar o aceptar; les ofrece un futuro que administrar en cuotas, como cualquier otro producto financiero, hasta que la cuota deja de tener sentido. Cuando el horizonte se fractura así, lentamente, sin estruendo, la muerte que finalmente ocurre en el andén no es el quiebre: es apenas la consecuencia visible de una fractura que llevaba tiempo produciéndose en silencio, en departamentos compartidos, en pantallas, en la espera indefinida de algo que nunca terminaba de llegar.
Y sin embargo, aquí el segundo movimiento necesario, esa muerte no deja archivo. Deja, apenas, una «memoria fugitiva»: un nombre que circula un día en redes sociales, una vela que alguien enciende junto al torniquete. La memoria fugitiva es la forma que toma el duelo cuando la infraestructura no le concede tiempo de permanencia: el sistema necesita que el recuerdo sea rápido precisamente porque necesita que el tránsito sea continuo. No hay placa, no hay minuto de silencio institucional, no hay siquiera la controversia pública que permitiría una discusión sostenida. Hay, en cambio, una sucesión de fugas: la fuga del cuerpo, la fuga de la noticia del ciclo informativo, la fuga del nombre propio hacia la estadística anónima que un año después se sumará a la siguiente cifra.
La víctima, sin embargo, no es ingenua frente al sistema que la rodea: sabe leerlo, y esa lucidez, la certeza de que su muerte será bulliciosa y después apenas olvido, funciona ya como un relato dentro del relato, una interpretación que el propio sujeto elabora sobre su lugar en la trama antes de desaparecer de ella. Ese saber anticipado lo convierte en algo parecido a un narrador implícito de su propia desaparición: conoce de antemano el género en el que va a morir. La nota breve, la estación que reabre, la cifra que se suma a otra cifra, y esa conciencia genérica constituye, en sí misma, material narrativo de primer orden y no un dato periférico. Interesa, sobre todo, la distancia que se abre entre el sujeto que sabe y el sistema que, sabiéndolo también, no altera un solo engranaje de su funcionamiento. Ahí reside el verdadero relato del episodio: no en el hecho consumado sino en ese saber compartido y jamás enunciado, en la complicidad muda entre quien anticipa su propio borramiento y una infraestructura que administra la tragedia con la misma eficiencia con que administra cualquier otro servicio.
La operación más perturbadora del dispositivo, sin embargo, no es el olvido en sí, sino el trabajo material que lo produce: los subcontratistas sin nombre que limpian el vagón. Ahí se cierra el círculo de la desposesión: el joven que muere sin horizonte es retirado de la escena por un trabajador que tampoco tiene, dentro del propio relato institucional del Metro, derecho a un nombre. Dos precariedades se tocan sin reconocerse: la del cuerpo que cayó y la del cuerpo que lo levanta, ambos consumidos por el mismo «dispositivo de servicios» que no reconoce vidas, solo funciones. Quien limpia la sangre del andén es, estructuralmente, el mismo tipo de sujeto que la vía acaba de expulsar: alguien cuya presencia en la ciudad se mide en productividad y no en biografía. La eficiencia con la que el sistema «vuelve a fluir» no es un logro técnico neutral; es la prueba de que ambos cuerpos, el que muere y el que limpia, fueron, desde el principio, prescindibles del mismo modo.
Por eso el verdadero fantasma que sostiene a la ciudad no es, como pretendería una lectura ingenua, la amenaza de la muerte individual: es la fluidez del servicio como valor supremo, aquel al que todo, incluida la vida, incluido el duelo, debe subordinarse sin fricción. «Solo servicios» no es una frase cínica sino literal: describe con precisión clínica el único principio que organiza hoy el espacio público metropolitano. La estación reabre no porque la ciudad haya superado el duelo, sino porque el duelo nunca estuvo, en primer lugar, dentro de las categorías que el sistema reconoce como relevantes.
El Metro no es aquí un simple servicio: opera como sujeto político disfrazado de infraestructura, aquel que administra las resonancias en nombre de aquello que el Estado no quiere nombrar como conflicto. El Metro actúa entonces como el brazo silencioso de una gubernamentalidad que prefiere gestionar cuerpos sin duelo y espejos rotos. Su poder político reside exactamente en esa capacidad de despolitizar mediante la velocidad: gobierna sin necesidad de discurso, porque el propio tránsito ya impone, cada mañana, la obediencia al servicio como forma de orden.
Dr. Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza
