Este texto está redactado en un teclado diseñado para escribir en otra lengua: “una que no es la mía”. Cada palabra -o casi cada palabra- que suelto nace “condenada” a la ruina; es malparida, la “q” es la “a”, la “d” es la “s”, los acentos no corresponden, las comas no son comas, la sintaxis no es reconocida y debo volver una y otra vez sobre una escritura arruinada desde antes de ser ruina. Y entonces no puedo sino pensar en esto y detenerme y apuntar que la ruina, antes de serlo, es siempre su todavía parcial e inexorable llegada. Ella va ahí donde no fue esperada, ni invocada o presentida; solo estuvo sin más, íntegramente diferenciada, en la espectralidad de una promesa que no por ser promesa deja de estar contenida en la ruina.
Así es que es sobre esta suerte de escritura secundaria, resorte de un permanente error, que algo puede ser dicho; mas se trataría de un error que no fracasa, tampoco triunfa, sin embargo es, va siendo y tiene sentido, todo el sentido en el tiempo y en el espacio porque tal como lo sostiene Jacques Derrida: “La ruina no ocurre como un accidente a un monumento ayer intacto. En el comienzo está la ruina” (Mémoire d’aveugle, 1990, p. 72).
Y entiendo esta cita ahora que escribo en un teclado que se querella como un otro radical, al cual solo puedo acceder por vía de otro topos y a riesgo de arruinarlo todo, a cada segundo; en cada irritante detención que me exige volver a escribir la palabra de nuevo. Pero aquí está la belleza de la ruina porque no cierra, no cauteriza el sentido nuevamente, sino que lo hace poroso, frágil, heterogéneo al máximo y obliga a recomenzar indefinidamente porque le ruina está en el principio, no en el origen; más bien en el principio de lo que no tiene origen. Entonces leo y resiento al texto de Derrida como una juntura en donde todo lo que puede ser “original” debería, necesariamente, recomenzar sin detenerse; hasta el fin de todo o, como lo señala Mauro Amar; hasta que se consume “La lengua del fin del mundo” (Ficción de la razón, septiembre, 2026).
De esta forma la ruina no es el pasado, sino que todo el porvenir posible. Y esto no deja de ser, al mismo tiempo, profundamente político; político en tanto se transparenta un nuevo y potencial horizonte categorial que desde un arcano lugar nos puede enchufar la corriente que necesitamos para evitar caer definitivamente en el abismo de la humanidad. Tal como lo escribe con hermosa fuerza poética Hélène Cixous: “La ruina exuda, transpira; ves a la naturaleza recuperarse en la ruina. La ruina se recupera. Comienza una narración. Una ruina está habitada. Expresa la vida perdida, conservada” (Ruines bien rangées, 2020, p. 58).
Y es tal, la ruina es plena, múltiple, destituida de todo vacío; no destruye sino que da mundo(s); no apaga las razones sino que enciende otras. Y toda la tradición greco-judeo-cristiana que nos ha heredado el significante de que ella es lo que queda -en modo destrucción- de un esplendor de antaño, es decir la fibra de un antes que fue glorioso y que hoy no puede ser vista y tocar al ojo más que como la consumación de una decadencia, desaparece porque en ella se aloja, siempre, la posibilidad de un comienzo. No se trata aquí del resto de lo que no tiene resto y que para Derrida se diseminará como ceniza (cendre), difunta ceniza. No. Es lo que persiste más allá de toda forma como palabra aun no sacudida ni capturada por la cultura, por Dios; ruina que entra en desacato; que resiste de ser un objetivo de museo imaginológico de una tradición cualquiera para dar paso a una ácrata (im)posibilidad de retención.
La ruina no puede ser capturada, puesta en cautiverio por el tiempo cronológico; éste no tiene esa potencia porque la ruina, en la medida que siempre “la hay”, no sobrevive al tiempo porque ella tiene el suyo y no es de este mundo.
Razón tiene Mauricio Amar entonces cuando apunta que hay “Lenguas productivas, sin poesía, de bordes definidos, reductoras de toda complejidad. Lenguas que no son capaces de salir de ellas mismas, de operar desde la exterioridad que hace toda lengua” (Ídem). Hay en este pasaje de Amar algo escondido, pienso; una suerte de inmemorial e insondable pérdida que debiera alertar porque es sobre este falsacionismo en el que los tecnofascismos contemporáneos conducen no solo su retórica, sino que su batería suturante y en extremo peligrosa. Pero lo que pulsa sin tiempo es la ruina ya sea como trauma, fantasma, huella, ceniza, en fin, como resto y esta es, pienso, la lengua poética que así como Derrida, Amar deja transpirar en su escritura del fin del mundo.
Escribo en una lengua, y es la mía, pero solo en su forma de ruina para siempre en espera.
p.s. Este texto puede tener palabras que no me pertenecen.
Porte d’Italie, septiembre 2026
