Javier Agüero Águila / La ruina y el porvenir (Una imagen a partir de “La lengua del fin del mundo” de Mauricio Amar)

Filosofía, Política

Este texto está redactado en un teclado diseñado para escribir en otra lengua: “una que no es la mía”. Cada palabra -o casi cada palabra- que suelto nace “condenada” a la ruina; es malparida, la “q” es la “a”, la “d” es la “s”, los acentos no corresponden, las comas no son comas, la sintaxis no es reconocida y debo volver una y otra vez sobre una escritura arruinada desde antes de ser ruina. Y entonces no puedo sino pensar en esto y detenerme y apuntar que la ruina, antes de serlo, es siempre su todavía parcial e inexorable llegada. Ella va ahí donde no fue esperada, ni invocada o presentida; solo estuvo sin más, íntegramente diferenciada, en la espectralidad de una promesa que no por ser promesa deja de estar contenida en la ruina. 

Así es que es sobre esta suerte de escritura secundaria, resorte de un permanente error, que algo puede ser dicho; mas se trataría de un error que no fracasa, tampoco triunfa, sin embargo esva siendo y tiene sentido, todo el sentido en el tiempo y en el espacio porque tal como lo sostiene Jacques Derrida: “La ruina no ocurre como un accidente a un monumento ayer intacto. En el comienzo está la ruina” (Mémoire d’aveugle, 1990, p. 72).

Giorgio Agamben / La verdad y la opinión

Filosofía

El antiguo problema de la relación entre verdad y opinión, ya enunciado en los orígenes de la filosofía occidental en el poema de Parménides, adquiere hoy una nueva actualidad. Es, en efecto, evidente que la clara distinción entre las dos formas de conocimiento, para los antiguos obvia, está hoy completamente anulada. Solo hay opiniones que pretenden ser verdades. Resulta por tanto más urgente recordar que la verdad y las opiniones se sitúan en dos planos distintos. La verdad —que los griegos llamaban aletheia, que significa no-ocultamiento, apertura— concierne al ser, es decir, a la experiencia de que algo sea, de que haya algo en lugar de la nada. La opinión (que los griegos llamaban —y aún hoy llamamos— doxa) concierne a los entes, al conocimiento de que las cosas estén de una cierta manera en lugar de otra. La primera, dice Parménides, es inmóvil (atremes, que no tiembla, in-trepida), circular y fuera del tiempo; la segunda puede ser correcta o errónea y es, por tanto, mudable e incierta.