El antiguo problema de la relación entre verdad y opinión, ya enunciado en los orígenes de la filosofía occidental en el poema de Parménides, adquiere hoy una nueva actualidad. Es, en efecto, evidente que la clara distinción entre las dos formas de conocimiento, para los antiguos obvia, está hoy completamente anulada. Solo hay opiniones que pretenden ser verdades. Resulta por tanto más urgente recordar que la verdad y las opiniones se sitúan en dos planos distintos. La verdad —que los griegos llamaban aletheia, que significa no-ocultamiento, apertura— concierne al ser, es decir, a la experiencia de que algo sea, de que haya algo en lugar de la nada. La opinión (que los griegos llamaban —y aún hoy llamamos— doxa) concierne a los entes, al conocimiento de que las cosas estén de una cierta manera en lugar de otra. La primera, dice Parménides, es inmóvil (atremes, que no tiembla, in-trepida), circular y fuera del tiempo; la segunda puede ser correcta o errónea y es, por tanto, mudable e incierta.
Parménides
Tariq Anwar / Notas sobre el Parménides
FilosofíaLo que llamamos filosofía no es quizás, en última instancia, sino el gesto de quien pone en cuestión su propio pensamiento, y precisamente por esto Platón en el Parménides nos ha dejado no una doctrina, sino algo más precioso: el paradigma de un pensamiento que se expone a su propia imposibilidad. El joven Sócrates que es refutado por el viejo Parménides no es simplemente un personaje dramático, sino la figura misma del filósofo que debe confrontarse con la aporía constitutiva de su saber. Que Platón haya elegido mostrar la derrota dialéctica de su maestro frente a las objeciones del tercer hombre y a las paradojas de la participación no es un ejercicio académico, sino el gesto supremo de quien comprende que la verdad no reside en una teoría de las Ideas que se posee, sino en la experiencia misma de su disolverse.
