Mauro Salazar J. / Hegemonía. Flujos libidinales

Filosofía, Política

¿Qué es el amor sino comprender y alegrarse de que otro no viva, actúe y sienta de manera opuesta a la nuestra? Para que el amor supere con alegría los antagonismos no deberíamos suprimirlos, negarlos. Incluso el amor a sí mismo contiene como presupuesto suyo la dualidad (o la pluralidad) indisoluble, en una persona”. Nietzsche. Humano, demasiado humano.

Si recordamos la imagen de las palabras y sus consensos visuales, cuál sería el corpus sexual de un término “celebrado” y “manido” como hegemonía (gegemoniya) al interior del modo de producción heteronormado. Las singularidades deseantes en tanto mundos posibles y su reducción al Point de capiton, aún pueden preservar una economía de los cuerpos. En sus flujos libidinales cómo discurre el lugar de la philia en la hegemonía en tanto disposición del cuerpo masculino como gubernamentalidad de los sexos.

Aldo Bombardiere Castro / Copamiento

Filosofía, Política

Resulta sintomático notar cómo durante estos últimos años la -así llamada- esfera de opinión pública se ha caracterizado por un acelerado copamiento discursivo. Si, según el sueño del liberalismo habermassiano, la opinión pública moderna estaba destinada a constituir un terreno capaz de garantizar tanto la discusión y la deliberación racional, como el ejercicio y perfeccionamiento del Estado de Derecho, de la libertad de expresión y de una cultura democrática al amparo del ideal de la autonomía subjetiva, durante la última década tal sueño ha quedado definitivamente sepultado. La opinión pública, en tanto esfera presuntamente autónoma y posibilitante del ejercicio de la propia autonomía subjetiva, ya no va más: ha extraviado -en caso de alguna vez haber contado con ellas- sus propias condiciones de posibilidad: el carácter crítico de la racionalidad.

Alejandra Castillo / El no lugar de la hegemonia

Filosofía, Política

Comentario a revista Pléyade 16 (2015)

¿Es posible describir una ciudadanía post-marxista? Dicho de otro modo, es posible establecer un orden de lo político que se describe, al mismo tiempo, como un orden universal pero, a su vez, como una interrupción al orden de la identidad. ¿Cómo pensar, aquí, entonces la pretensión hegemónica que el propio orden de la ciudadanía porta? En esta línea de argumentación bien podría ser sostenido que la apuesta del postmarxismo de una “democracia radical” más que descartar a la ciudadanía, por ser un concepto originado y arraigado en la tradición de la política de la identidad, se propondría el ejercicio contrario, esto es, de reponerla como el principio articulador de las posiciones de sujeto del agente social. Desde esta línea argumental, no está demás, explicitar que la re-descripción de la democracia contemporánea ofrecida por el postmarxismo parece descansar en una “contradicción constitutiva”. Contradicción que la teoría sociológica ha tendido a observar en la relación modernidad-modernización, y que la teoría postmarxista se ha representado, con singular intensidad, en las imágenes del liberalismo y la ciudadanía.