Mauro Salazar J. / No literal. Contrabando e institución

Filosofía, Política

Comentario crítico a No-literal: filosofía en órbita de Javier Agüero Águila (Editorial Deriva, 2025)

EX-ERGON:No-literal: ensayos de filosofía en órbita (2025), es un libro que no se deja situar en la estela de un solo contrabando, sino en la zona de intersticios e incomodidades de tres economías de la escritura que hicieron del género discursivo un problema antes que un recipiente: el agotamiento beckettiano de una voz que persiste más allá de toda capacidad y de todo deseo de expresar, el goce barthesiano que infiltra la pulsión del cuerpo allí donde la teoría exigía la asepsia del concepto y la destinerrancia (Derrida) de un envío que porta en su estructura misma la posibilidad de no llegar nunca a destino. El subtítulo, «filosofía en órbita», nombra una temporalidad que no coincide con ninguna de esas tres (no habría parergon del saber académico) y que sin embargo las requiere a todas como condición de su propia inteligibilidad: la de una escritura que gira alrededor de lo real sin la pretensión (epistémica, disciplinar, programática) de convertirlo en objeto de apropiación cognitiva, que se mantiene en la zona de atracción del mundo resistiéndose a la ficción de que el conocimiento pueda atrapar aquello que orbita, porque atraparlo sería fijarlo, y fijarlo sería matarlo como pensamiento para resucitarlo como dato. La «órbita» es la forma chilena del contra-bando (ensayo de extramuros); una textualidad que va más allá de las biografías existenciales y los territorios vigilados de la academia filosófica. Tal operación se produce después de octubre de 2019, que dejó a la escritura crítica en estado de orfandad hermenéutica, desprovista de las categorías que antes le garantizaban un lugar en la distribución de lo legible.

  1. La destinerrancia. Para Shakespeare Lunfardos

No-literal: no es un índice, sino prosa de prosaico. Tampoco una tabla de contenidos acumulativos que organizan los temas de izquierda a derecha. De arriba abajo, del principio al final, esa secuencialidad es ya una forma de policía.

Las imágenes de Agüero se disponen como un diagrama de intensidades donde las figuras tartamudean, se tropiezan y abrazan la vacilación vocálica. No migran según el orden en que aparecen, sino en líneas de fuerza que se atraen, se repelen y se contaminan entre sí. La noción derrideana de destinerrancia es aquella condición estructural por la cual todo gesto, mensaje o carta porta consigo la posibilidad de «no llegar nunca a su destino», haciendo de ese extravío la condición misma del movimiento del deseo (Derrida, 1980/2001). Esta categoría, elaborada por Derrida a partir de La tarjeta postal, implica que en la estructura de todo envío —postal, lingüístico, político— habita ya la posibilidad de extraviarse, de no arribar, de ser recibido de maneras imprevistas (Derrida, 1980/2001). No Literal cultiva una glosa torrencial, la anáfora y la repetición intensificada. Todo al riesgo de comprometer pares que deberían permanecen intactos: literal/no-literal, paz/guerra, derechos humanos (existentes/inexistentes), filosofía del acontecimiento (válida/insuficiente). Desde la deconstrucción no se trataría de invertir estas oposiciones, poner lo no-literal sobre lo literal, la guerra sobre la paz, sino en mostrar que la oposición misma es inestable, que cada término habita al otro, que el «no» de «no-literal» no se opone simplemente a lo literal sino que lo parasita desde dentro.

Los pliegues de Agüero son fragmentos mundanos (en desplazamiento y fragmentación) que responden al Chile de la post-revuelta como un nodo posible: no el nodo que organiza ni el que clausura, sino el que conecta intensidades dispersas, el que permite leer en la dislocación misma una forma de pensamiento que no se deja reducir ni al lamento ni al diagnóstico. En Espectros de Marx (Derrida, 1993), se introduce la «hantologie» como desplazamiento de la ontología. No se trata de una mera sustitución terminológica sino de un desplazamiento del régimen de la presencia. La ontología piensa el ser bajo la égida de la presencia: solo es aquello que se presenta, y lo que no se hace presente queda expulsado del ser. La «hantología», en cambio, concierne a lo que comparece sin llegar a ser (la revuelta chilena del 2019, en este caso), a lo que retorna sin haber alcanzado nunca la plenitud de la presencia, a lo que insiste desde un régimen que no es ni el de la existencia plena ni el de la simple ausencia (cf. Derrida, 1995).

La filiación mundana que el libro reclama —«una ética de la responsabilidad de cara a una realidad estremecida»— no es concesión al empirismo ni rendición ante el dato: es la exigencia de que el pensamiento no se des-orbite, no se eleve a la abstracción desafectada que convierte el dolor en categoría y la herida en objeto de seminario, sino que permanezca «fusionado con el mundo que se vive, se padece, pero también se ama» (p. 16). La profanación, aquella filigrana entre filosofía y pensamiento, opera como reclamo de «una filosofía con filiación mundana», atenta a las circunstancias del presente, fuera del refugio de las competencias disciplinares.

En el centro, si un mapa sin jerarquía puede tener centro, la revuelta: significante que irradia hacia todos los bordes y que todos los bordes devuelven modificado. Pero la revuelta no está sola: está atravesada por Gaza (la herida que la conecta con la violencia planetaria, la que le impide ser solo un acontecimiento local) y por la universidad-empresa, sino por la máquina de expertos que aplanan (normalizan) lo que la revuelta despertó y lo convierten en indicador, en dato, en paper sobre octubre. Lateralmente, sin subordinación: Derrida, Glas, La tarjeta postal, Envíos. Una letra que rompe la linealidad del argumento filosófico, que multiplica las columnas, los registros, las voces, que se niegan a conducir al lector por un camino único. Cabría admitir como nombre de una forma de padecer la lengua, no como autoridad teórica; la paz que no existe como reverso de la guerra que es la continuación de la guerra; los derechos humanos como fetiche vaciado que, justamente por estar vacío, deja ver la obscenidad de lo que recubre (Agüero cita Sobre la cuestión judía (Cf., Marx).

En diagonal, cruzando el mapa como cicatrices que no respetan la distribución de los territorios: el feminismo como quiebre epistemológico que desordena la jerarquía entre filosofía y crítica cultural; la primera persona como riesgo y como ética; el ensayo como contrabando que ingresa al territorio vigilado cargando material ilícito. Y en los márgenes, pero los márgenes son aquí lo decisivo, lo que el mapa oficial deja afuera y que esta cartografía restituye como nervio del texto: el llanto, la órbita, el fracaso, la melancólica confesión de haber dejado a octubre solo. En el prólogo, Nelly Richard consigna la dimensión no compositiva del texto, «Me parece que Agüero ocupa dúctilmente los bordes de esta inevitable tensión entre postura crítico-política y retóricas filosófico-literarias, teniendo a la contingencia social como trasfondo de intervención, pero sin que los bucles sintácticos de su lenguaje se rindan frente al pragmatismo de los hechos» (2026).

Agüero no hace de octubre un objeto político, sino un material de escritura doliente (tampoco se resta: se arriesga, se expone). Tal vulnerabilidad, que no es debilidad sino la forma más rigurosa de la responsabilidad, es la condición de toda escritura que merezca el nombre de escritura y de toda política que merezca el nombre de política.

Nada conduce a nada en este mapa.

No hay objeto (aporía admitida).

Hay que decirlo así, de golpe. No hay objeto porque el objeto es un recurso que se cuenta a sí mismo para sostenerse en su temporalidad productivista: la ficción de que lo real puede ser recortado, enmarcado, reducido a la unidad de un problema que una disciplina administra como quien administra una finca con cercos, cuerpos, escrituras de propiedad y corretaje. El centro que el objeto supone es el centro que el sujeto soberano necesita para seguir creyéndose soberano: ese sujeto que delimita, que clasifica, que convierte el desorden del mundo en procedimiento ordenado, en secuencia de pasos lógicos, en esa fantasía positivista que ha hecho del pensamiento un trámite y del trámite una forma de gobierno.

En Canallas (2005) Derrida aclaró que «por venir» no significa futuro: «La democracia por venir no es una democracia futura que un día será ‘presente’. No se trata de un concepto regulador en el sentido kantiano. La locución ‘por venir’ se refiere a una promesa que siempre puede no cumplirse» (Derrida, 2005: 123). Esa distinción es crucial, porque si la «órbita» es la forma de la escritura que no llega, la democracia por venir es la forma de la política que no se realiza, y no por impotencia sino porque su realización la destruiría. La «órbita», la «constelación» y la democracia por venir comparten estructura: ambas son promesas que se sostienen en la no-realización, y ambas corren el riesgo de convertirse en coartadas para la inacción si no se las entiende como exigencias permanentes, como urgencias que no se satisfacen.

  1. REVUELTA Y ACONTECIMIENTO. Temporalidad de la memoria crítica.

No-literal responde a un Chile que se abrió violentamente en 2019 y que no ha logrado suturarse, ni debería, porque la sutura prematura es siempre cómplice de lo que desgarró. Lo que Agüero propone no es una lectura del estallido porque las lecturas se archivan, se citan, se depositan en el anaquel donde los «archivales disciplinarios» guardan sus trofeos— sino una escritura que órbita alrededor de lo que el estallido dejó expuesto y que nadie ha querido mirar de frente: la crisis terminal del lenguaje institucional que ya no puede nombrar lo que ocurre sin mentir, la obscenidad de los derechos humanos convertidos en fetiche globalizado que funciona como coartada de lo mismo que dice combatir, la necesidad —urgente, impostergable, anterior a todo protocolo metodológico— de pensar desde la herida y no sobre la herida, porque pensar sobre la herida es ya haberla convertido en objeto y el objeto es siempre la domesticación de lo que duele. El subtítulo lo dice todo: «filosofía en órbita». La revuelta (2019) como palimpsesto es la revuelta como archiescritura: no un evento que se clausura en su acontecer, sino una marca que desordena todo orden posterior precisamente porque no puede ser ni recuperada en su plenitud originaria ni borrada definitivamente. Desde la «archihuella», la relación se invierte: la revuelta no vino después del neoliberalismo para impugnarlo; estaba inscrita en el neoliberalismo como su condición de posibilidad reprimida. El malestar, la precariedad, la deuda, la indignidad no eran accidentes exteriores al modelo: eran sus huellas constitutivas, las marcas que el sistema producía al mismo tiempo que producía su discurso de éxito. Octubre no interrumpió un orden: reveló las inscripciones que ese orden necesitaba reprimir para sostenerse.

En el apartado «Octubre, revuelta y palabra filosófica» el autor termina vitalmente atribulado (octubre nos cortó la lengua) y agrega «Veo y leo todo lo escrito durante el tiempo que duró la Revuelta y constato que nunca volverá esa escritura; aquella que se consumió como expresión de sentido en el mismo momento en que intentó ser letra impresa, párrafo, texto» (p. 180). Un pensamiento que gira sin tocar tierra, que se mantiene en la zona de lo real sin la ilusión de poseerlo como objeto de conocimiento —porque poseerlo sería matarlo, porque el conocimiento que posee es el conocimiento que ya no piensa, que ya solo administra lo que alguna vez pensó—. La sociedad chilena, después de octubre (2019) oscila entre la restauración cínica y la melancolía como ausencia de futuro —entre los que quieren olvidar y los que no pueden. Tal órbita es quizás la única posición que le queda a la escritura crítica si no quiere convertirse en cómplice de ninguno de los dos polos que se disputan el derecho a clausurar lo que octubre abrió.

Con todo, el «momento afirmativo» de Agüero, sus «flujos de expresión», en la medida en que se presenta como gesto político de la escritura, corre el riesgo de convertirse (eventualmente) en cuasi-programa. Pero ya sabemos (el autor también) que la afirmación que se sabe afirmativa antes de afirmar ha perdido ya lo que la hacía necesaria. Y sin embargo, es precisamente esa tensión entre el programa y lo improgramable lo que mantiene la escritura de Agüero en estado de órbita: girando entre la certeza de que hay que escribir y la incertidumbre radical sobre lo que la escritura puede.

  1. LA MEMORIA-PALIMPSESTO. Temporalidad del desplazamiento.

La memoria que Javier Agüero despliega no es repetición. La repetición supone un original que se conserva intacto esperando ser restituido, y no hay tal cosa, nunca la hubo (copia). Es «palimpsesto»: escritura sobre escritura, huella sobre huella, donde cada capa no borra la anterior sino que la desplaza, la desfigura, la vuelve a herir de otro modo. Llevar la revuelta a estar «de vuelta» no es regresar; el regreso es la fantasía del sujeto que cree que el tiempo le obedece sino girar: virar, dar vueltas, convertir el significante «octubre» en una fuerza que ya no coincide consigo misma, que no puede coincidir consigo misma porque lo propio del significante es justamente esa incapacidad de reposo, esa condena a decir siempre algo distinto de lo que dijo la primera vez. No hay octubre mítico: la imagen detenida, la postal de la revuelta, el monumento que la izquierda construye para no tener que pensar lo que ocurrió de verdad.

Hay un movimiento que reconvierte críticamente lo que fue en función de lo que insiste en ser: las nuevas potencialidades significantes que subvierten el original precisamente porque el original, en sentido estricto, no existe —nunca existió sino como efecto retroactivo de las vueltas que se dan sobre él, de las heridas que se le infligen cada vez que alguien escribe «octubre» y octubre dice otra cosa, algo que nadie previó, algo que duele de un modo nuevo—. El «palimpsesto» no conserva: transforma. Y en esa transformación —que es pérdida, que es duelo, que es la aceptación de que lo vivido no vuelve sino como espectro— la escritura de Agüero encuentra su tempo propio: no el de la cronología que avanza ni el de la nostalgia que retrocede sino el del giro, el de la vuelta que no llega, el de la «órbita» como única forma de fidelidad a lo que se resiste a ser fijado. Como escribe Agüero: «Dar a estos ensayos el predicado ‘Filosofía en órbita’ intenta expresar, en simple, nuestra atención al mundo (…) Todo pasaría por estar dentro de su órbita y no sin filiación» (p. 17).

La operación es filológica y política a la vez: «palimpsesto» designa un manuscrito donde «se inscribe una escritura sobre las marcas de otra que fue borrada» y donde «las huellas de una escritura que fue, se dejan entrever en la que ahora es» (p. 173). La política es entonces «siempre escritura sobre escritura, tiempo sobre tiempo, historia sobre historia», y la revuelta «habla desde el palimpsesto» porque «dejó una archihuella que no podrá ser borrada» (p. 175). Octubre permanece inédito —in-editable, irresuelto, sin concepto— no porque carezca de sentido sino porque su sentido no se deja clausurar en la gramática contingente de quienes administran el tiempo político.

  1. LA CICATRIZ TIPOGRÁFICA. Temporalidad de la incisión.

El título ya opera como dispositivo de desajuste. No-literal: esa partícula negativa que antecede al sustantivo, separada por un guión que funciona menos como enlace que como tajo (cicatriz tipográfica, marca de una herida en el cuerpo mismo de la nominación), desmonta desde la portada la pretensión de transparencia analítica que organiza los regímenes de legibilidad del discurso académicoinstitucional. El No en cursiva —enfatizado, subrayado en su fuerza de corte y de interrupción— no se limita a negar lo literal: fisura aquella economía del sentido único que pretende que las palabras lleguen intactas a su destino significante, que la cadena de la significación se clausure en el perímetro cerrado de lo dicho, que el texto sea la restitución sin resto ni residuo de una intención previa que lo domina desde afuera.

Agüero instala desde el umbral mismo de su libro una sospecha que vertebra la escritura entera y la recorre como un nervio: la sospecha de que lo literal es siempre cómplice de lo disciplinante, de que la obturación de la metáfora coincide — estructuralmente— con la obturación de lo crítico, de que la transparencia del lenguaje, lejos de ser un valor neutro, es una forma de policía simbólica al servicio de la norma. «Hay una obturación de la imaginación en el texto literal que sutura la liberación no solo de la palabra de su contexto, sino que obliga a evitar toda precipitación de la escritura» (p. 15). No se llega a esta figura por la vía de un recorrido previo: se irrumpe en ella como se irrumpe en una herida; por el filo, por el corte, por la interrupción de lo que parecía continuo—.

  1. EL ENSAYO COMO CONTRABANDO. Temporalidad de la infiltración.

Podría haberse comenzado por aquí, o podría no haberse llegado nunca. La decisión de género —no el género sexual, que también interviene aquí de maneras que habrá que precisar, sino el género discursivo— constituye una toma de posición frente a la maquinaria productivista de la universidad neoliberal que ha reducido la escritura intelectual al paper indexado, al formato codificado que canjea palabras por puntos de acreditación en la bolsa de valores del capitalismo académico. El libro abre con un homenaje al ensayo que no opera como genealogía erudita sino como gesto de filiación político-estética: inscribirse en una tradición donde la escritura no se separa de la intervención pública, donde la subjetividad del que escribe no se borra bajo la máscara de la objetividad disciplinar para garantizar su ingreso al mercado de las publicaciones científicas. Contra-bando, ‘contra-bando: un fardo que viaja sin garantía de llegar, que puede ser desviada, confiscada, mal leída, y cuyo extravío no es un accidente sino una condición estructura’. Materiales narrativos infiltrados en la crítica, materiales poéticos de contrabando en el concepto, materiales literarios circulando sin visa por el territorio vigilado de la filosofía: lo que esa operación desnuda no es una transgresión sino la ficción misma de la frontera —decisión editorial— que necesita reprimir la impureza para seguir administrando lo decible como si su neutralidad no fuera, ella misma, un acto de policía. (Beckett, 1955)1.

La «órbita», esa figura que Agüero arriesga como disposición no-lineal de la escritura filosófica, vendría a ser la modulación chilena del contrabando: no ya la operación furtiva que hace pasar, por debajo de los controles aduaneros de la institución disciplinar, los materiales que la filosofía académica necesita excluir para seguir funcionando como máquina clasificatoria —la confesión, el fragmento, el poema, el manifiesto, el desahogo que no calza en ningún formulario de acreditación—, sino algo más: la decisión de que esos materiales no pidan permiso de ingreso, de que irrumpan en el territorio vigilado del discurso sin credenciales ni justificación metodológica, portando consigo la carga desregulada de lo que ningún paper sabe tramitar. Agüero lo enuncia en la introducción: «la irradiación significante en torno al juego de las palabras que el autor dejaba flotar como excedente metafórico» (p. 19). El contrabando (contra-bando como adulterio) no tiene hora de llegada: se infiltra en cualquier momento del texto —y del mapa—, y es justamente esa capacidad de aparición imprevista lo que lo hace peligroso para los regímenes de la clasificación.

  1. LA MÁQUINA DEL «CAPITAL HUMANO». Temporalidad de la depredación.

Esta figura no sigue a la anterior ni la precede: la atraviesa como una esquirla. La consolidación de la máquina educacional terciaria en Chile ha sido el corolario previsible, metódico e implacable del desmantelamiento de la «Universidad sin libros»: una profanación urdida desde la episteme gestional, sus mediciones algorítmicas y sus formatos de higienización —objetos profesionalizantes que abjuran de subjetividades, cuerpos y territorios— que han instaurado la soberanía gubernamental de la técnica como régimen de verdad.

El collage de la docencia serializada asegura el aumento de plusvalía del «precariato» inscrito en las relaciones mercantiles de la modernización post-estatal. Una máquina produce índices y formatos (propios de lo que no sería exagerado llamar depredación académica) validan la holgura estadística del conocimiento serial, la «axiomatización de los argumentos» y la acumulación de plusvalía cognitiva que consagra la figura del experto indiferente: ese sujeto que sabe mucho de algo y nada de lo que importa (indexación). Las humanidades están cada vez más confinadas a la burocratización de los espacios, a ficcionar la «razón cínica» mediante adornos en las mallas curriculares. Es contra ese paisaje, y desde ese paisaje, porque no hay un afuera del que hablar, que la apuesta de Agüero por el ensayo adquiere su dimensión de resistencia. Como advierte el propio libro: «se creía devotamente en una forma de arte emancipado y resuelto en su toma de posición política, intelectual y literaria» (p. 10).

Hay que señalar, además, que la taxonomía del saber que la máquina universitaria administra no opera solo mediante la indexación sino mediante la distribución jerárquica de las disciplinas, y frente a esa distribución Agüero mantiene una actitud permanente de reivindicación de las ciencias sociales críticas. Muchas veces se devuelve a esas formas de investigación crítica que trabajan en la intersección entre estructura social y subjetividad, entre dato empírico y horizonte crítico, entre análisis institucional e interrogación radical del orden que la institución naturaliza. Los trabajos de Kathy Araujo sobre las formas de autoridad y el lazo social en Chile, de Manuel Antonio Garretón sobre los modelos de democracia y sus agotamientos, de Manuel Canales sobre las hablas populares y la fractura del lenguaje público, de Gabriel Salazar sobre la historicidad de los sujetos sociales que el relato oficial suprime: esas líneas de investigación constituyen para Agüero interlocutores que la filosofía académica prefiere no reconocer como tales, precisamente porque reconocerlos obligaría a admitir que el pensamiento crítico no se produce solo dentro de los muros de una academia filosófica (por momentos precrítica), sino también en el territorio impuro de quienes piensan con los pies en el barro de lo social.

  1. EL SUJETO QUE LLORA EN LA PÁGINA. Temporalidad de la herida.

Se puede entrar a esta figura sin haber pasado por ninguna otra o habiéndolas atravesado todas, lo que a efectos de la lectura produce el mismo vértigo. La escritura de Agüero no compromete una «mañana cartesiana». Esa ficción fundante de un sujeto que se piensa a sí mismo en la transparencia del cogito, desafectado de cuerpo, limpio de historia, inmune a las turbulencias del sentido. Lo que comparece en estas páginas es otra escena de enunciación, otro régimen de la subjetividad que escribe: un sujeto que llora en la página y que habita esa página como se habita una herida que no cierra ni debe cerrar, porque su apertura es la condición misma de que algo sea dicho.

Un sujeto que no separa (que se rehúsa a separar) el cuerpo que escribe del cuerpo escrito, que padece la lengua antes de articularla en concepto, que sabe, con un saber anterior a toda epistemología, más arcaico que cualquier protocolo de investigación, que la deconstrucción no fue nunca un método aplicable a un objeto, sino una forma de sufrir el sentido en su diseminación, en su fuga, en su resistencia a dejarse capturar por la fórmula. Su nombre propio es precisamente aquello que la escritura descompone cada vez que intenta firmarse —cada vez que la mano traza esas letras que deberían decir «yo» y dicen, en cambio, una proliferación de voces que el yo no alcanza a contener ni a administrar ni a silenciar—. La temporalidad de la herida no es cronológica: no viene después ni antes de la depredación académica ni del contrabando ensayístico. La herida es simultánea a todo, late debajo de cada figura como el pulso que las sostiene.

  1. LA DESUBLIMACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS. Temporalidad del estrépito.

No hay camino que conduzca a esta figura: se cae en ella como se cae en la cuenta de algo que se sabía pero que se prefería no saber. «Los derechos humanos no existen»: la frase se repite como martillazo sobre la superficie pulida del consenso, como liturgia invertida que desacraliza aquello que la política internacional ha convertido en fetiche y coartada simultáneamente. Agüero ejecuta ahí una operación de desublimación crítica: arrancar los derechos humanos de su nicho retórico, del pedestal donde funcionan como ícono inerte de la buena conciencia occidental, para exhibirlos como dispositivo legitimante del horror, como vulgata semántica que recubre la barbarie con un léxico piadoso.

La reiteración —«no existen»— funciona como golpe rítmico que fractura la buena conciencia del lector progresista. Gaza opera como herida abierta que impide cualquier reconciliación con el lenguaje diplomático. Cuando la muerte se describe como vibrato, como tajo adherido al cuerpo, la prosa abandona la argumentación filosófica para volverse registro sombroso, casi táctil, de lo intolerable. «Los derechos humanos no existen. Hoy son una trama trivial, un fetiche globalizado que no reporta querella» (p. 51). Pero la escritura que denuncia corre siempre el riesgo de reinstalar aquello mismo que combate: cuando el texto acumula cifras de muertos, la enumeración del horror puede deslizarse hacia la retórica de la contabilidad humanitaria que el propio Agüero cuestiona en otros pasajes. ¿Cómo escribir sobre el genocidio sin reproducir la lógica estadística que convierte a los cuerpos en datos? El libro roza estas preguntas sin instalarse del todo en ellas, y quizás esa sea precisamente su forma de honestidad.

El estrépito no tiene lugar fijo en la secuencia: retumba en cada una de las otras figuras, les impone su urgencia, las interrumpe. «Tal vez, y solo tal vez, se trate de la batalla de la imaginación de vida contra la repetición feroz de la muerte» (p. 63).

  1. LA FILOSOFÍA COMO DUELO. Temporalidad de la destinerrancia.

Esta figura podría ser la primera o la última: la destinerrancia no reconoce puntos de partida ni de llegada. El capítulo sobre Derrida y Palestina introduce un registro que modifica el régimen de lectura del conjunto: la filosofía como acto de duelo y como intervención política que no separa el concepto de la herida que lo engendra. Agüero recupera en el campo de la deconstrucción, la autoinmunidad, la destinerrancia, la guerra contra sí mismo, para pensar la diáspora palestina y el derecho a la resistencia desde un lugar que no es ni la solidaridad abstracta ni el análisis geopolítico desafectado.

Ahí la escritura encuentra una articulación más conseguida entre filosofía y urgencia: no es la filosofía la que se aplica al caso político como grilla interpretativa preexistente, sino el caso político el que revela algo que estaba latente —reprimido, quizás— en la filosofía misma. La noción de «democracia por venir» —que no es promesa ni programa ni horizonte regulativo sino apertura radical a lo que aún no tiene nombre— le permite a Agüero esquivar tanto el mesianismo revolucionario como el cinismo pragmático que administra lo dado como si fuera lo único posible. En esa doble evitación el texto produce su efecto más interesante: una política de la escritura que no clausura el futuro ni lo abandona, que lo mantiene en estado de promesa sin garantías. En palabras de Agüero: «la destinerrancia, la posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino, es la condición del movimiento de deseo que, de otro modo, moriría» (p. 81). La destinerrancia es eso: una temporalidad que no llega, que erra entre las otras figuras sin detenerse en ninguna.

  1. EL QUIEBRE EPISTEMOLÓGICO DEL FEMINISMO. Temporalidad de la fisura.

No importa cuándo se lea esta figura: la fisura que introduce reorganiza retroactivamente todo lo que se haya leído antes —y todo lo que se lea después—. El Prólogo del libro que desarrolla Nelly Richard aporta un encuadre decisivo: el feminismo como quiebre epistemológico que excede su condición de movimiento social para constituirse en teoría crítica capaz de reformular los marcos mismos del saber. Richard observa que Agüero, a diferencia de la mayoría de sus colegas varones, «desordena los índices de superioridad e inferioridad» que la filosofía académica ha naturalizado: la filosofía como «cumbre especulativa» versus la crítica cultural, la escritura ensayística, la teoría feminista, como «derivas estetizantes, feminizadas» —rebajadas por su gusto por la oblicuidad del fragmento y la opacidad de la forma.

Después del mayo feminista de 2018, las escrituras sobre octubre 2019 volvieron a ser firmadas mayoritariamente por autores hombres que se reconocen entre sí autocitándose en una circularidad que reproduce lo que dice cuestionar. Richard inscribe así una fisura críticamente irreductible: la distancia entre reconocer al feminismo como movimiento social —aplaudirlo hacia afuera, concederle visibilidad— y acusar recibo de su revolución epistemológica. Esa fisura que no se cierra, atraviesa lateralmente cada una de las figuras anteriores y posteriores, preguntándoles desde qué cuerpo hablan, desde qué género escriben, qué suprimen para poder enunciar. «El feminismo demostró cómo, dentro de la universidad y sus recintos disciplinares, la organización y legitimación del conocimiento avalan una violencia epistemológica» (p. 23).

  1. LA ÓRBITA COMO DESTINO DE LA ESCRITURA. Temporalidad de la inminencia.

El tramo final del libro —«Volver de la Revuelta»— es donde las capas de escritura superpuestas alcanzan su mayor densidad. Agüero regresa a octubre 2019 no como celebración, ni como duelo clausurado, sino como retorno a un significante que se resiste tanto a la idealización filosófica del Acontecimiento puro como al pragmatismo sociológico que lo reduce a variable. La revuelta se manifestó como mixtura de dialectos errantes, tránsfugas, sin afán de domicilio consagrado —esa dispersión la aleja del Pueblo como sustrato orgánico del «nosotros» indivisible de la izquierda clásica—. Y es ahí donde el libro acusa su quiebre más honesto: Agüero admite la palabra «fracaso», confiesa que quienes se embelesaron con «el romance octubrista» negaron todo principio de realidad, reconoce que dejaron a octubre solo. Esa confesión —dolorosa lucidez, más desolación que programa, más desamparo amoroso que reconstrucción— es quizás el momento más críticamente productivo de sus escansiones, incisiones y tartamudeos.

Las continuidades del texto son tan reveladoras como sus quiebres: la fidelidad obliterada a la deconstrucción (pero siempre fiel) como horizonte filosófico, la apuesta por la primera persona que no se esconde detrás de la impersonalidad del concepto, la dedicatoria —«a mi madre, que nunca me dejará solo»— que instala una economía afectiva que el libro no traiciona. Y las discontinuidades: entre el capítulo sobre Heidegger y Celan —donde la filosofía se confronta con la herida del silencio— y el capítulo sobre Gaza —donde la escritura grita, acusa, se desespera— hay un salto de registro que ningún hilo narrativo sutura. Agüero no intenta suturarlo, y en esa renuncia hay un saber crítico: las tensiones son constitutivas. No-literal sería entonces un libro-síntoma: síntoma de la imposibilidad de sostener al mismo tiempo la escritura oblicua del ensayo y la exigencia de responder al horror que no espera.

El subtítulo —«filosofía en órbita»— condensa la apuesta y su riesgo. Orbitar es girar alrededor sin tocar, mantenerse en la zona de atracción de lo real sin caer en la ilusión de poseerlo como objeto de conocimiento. Pero orbitar es también estar suspendido, sin suelo, en una zona donde la gravedad del mundo tira sin dar reposo. El movimiento orbital, que podría parecer indecisión para quienes miden la escritura con el metrónomo de la tesis demostrable, es la forma más honesta que encuentra la escritura crítica para no reducir la complejidad de lo real a la fórmula del concepto. No-literal es un libro que apuesta por no llegar: por mantenerse en esa zona donde la palabra aún no deviene cósica y conserva su potencia de alteración.

Al final, la pregunta que el libro (formación textual) deja abierta, y quizás sea la pregunta que atraviesa a toda escritura crítica en Chile después de octubre, es si es posible una escritura que no sea cómplice de la literalidad del poder ni de la literalidad de la denuncia. Una escritura que sea, en el sentido más riguroso del término, no-literal: que diga más de lo que dice, que abra más de lo que cierra, que deje temblando la significación en el filo exacto donde el concepto y el afecto aún no se han separado. Agüero subvierte el otoño con su don de Obispo triste. Que lo intente —con esta insistencia, con este riesgo, con esta vulnerabilidad que no se disfraza de sistema— es ya una forma de resistencia en un campo intelectual que ha preferido, hace décadas, la seguridad del formato al vértigo del ensayo. «La paz no existe, nunca, es una esterilidad histórica y culturalmente falsa» (p. 59). Estas diez figuras no se leen de la primera a la última: se barajan, se cruzan, se interrumpen mutuamente.

El subtítulo condensa la aporía: orbitar no es indecisión sino fidelidad a lo que se resiste a ser fijado. El libro «desautoriza la secuencia de un ordenamiento textual, pero en un mismo gesto se desautoriza a sí mismo sin abdicar del mundo que nos implica» (p. 17). La constelación —disposición no jerárquica de palabras que «queman con el fuego poético» (p. 160)— opera como el reverso formal de esa aporía: las figuras no se ordenan en secuencia demostrativa sino en campo de fuerzas donde cada intensidad atrae y repele a las demás sin subordinación ni síntesis.

El vínculo con la deconstrucción es aporético y explícito: «la deconstrucción es una práctica institucional para la cual el concepto de institución es un problema» (Derrida, 1990: 88) y «no va sin institución» —fórmula que Agüero hace suya para pensar la imposibilidad de un afuera puro desde el cual desmantelar estructuras—. La «órbita» replica esa aporía: desautoriza la secuencia desautorizándose a sí misma, como la deconstrucción desmonta la estructura reconociéndose dentro de ella. El «palimpsesto» es la différance hecha memoria política: huellas espectrales que reaparecen negándose a ser escritura muerta, gestualidad espectral que «aparece y reaparece dejándose intuir» (p. 174), acoplándose a lo literal desde una espiritualidad que ninguna borradura institucional consigue colonizar.

Hay otros temas que conviene consignar. Los nudos entre Richard (2007a; 2007b) y Valderrama (2009; 2010) (que en otros contextos han mantenido posiciones intelectuales distintas y a veces divergentes) se produce exactamente en este punto: ambos entienden que la escritura de extramuros no es la negación de la universidad sino su espectro, su fantasma, su retorno reprimido: aquello que la institución expulsó para constituirse como máquina de gestión y que vuelve, insiste, ronda los pasillos vaciados de contenido como una exigencia que ningún protocolo de acreditación puede tramitar ni ningún indicador de impacto puede medir. Cuando la universidad anula los saberes que alguna vez albergó, esos saberes no desaparecen: se desplazan hacia los márgenes, mutan en escrituras que ya no responden al formato que la institución reconoce como legítimo, adoptan la forma del ensayo, del fragmento, de la crónica filosófica, de esos géneros bastardos que la clasificación disciplinar necesita reprimir para que el sistema de las taxonomías siga funcionando como si fuera neutro. Los saberes anulados siguen exigiendo justicia — no la justicia calculable del derecho institucional sino la otra, la incalculable, la irreductible a programa de reforma, la que se enuncia desde la herida y no desde el expediente—: exigen ser leídos, ser oídos, ser restituidos no al lugar que ocupaban sino a un lugar que aún no existe, que habrá que inventar cada vez, que ninguna política universitaria puede prever porque preverlo sería ya domesticarlo. La escritura de Agüero se sitúa exactamente en esa encrucijada: hereda la operación del margen como posición crítica, hereda la desaparición como condición del saber, y las proyecta sobre un escenario que es ya post-universitario —no porque la universidad haya sido abolida sino porque ha sido vaciada de contenido sin que nadie la clausurara formalmente, porque sigue funcionando como cáscara institucional que administra créditos, emite títulos, genera indicadores, mientras el pensamiento que alguna vez la habitó circula afuera, como fantasma, como contrabando, como escritura que no debería existir según la lógica de la producción académica contemporánea—. No-literal es una zona móvil, demasiado personal para ser un paper, demasiado filosófico para ser una crónica, demasiado cronístico para ser filosofía: su existencia misma es la prueba de que los saberes expulsados no mueren sino que regresan bajo formas que la institución no puede reconocer como propias, y que justamente por eso —por esa irreductibilidad al formato, por esa resistencia a dejarse clasificar— conservan la potencia crítica que la universidad indexada ha perdido.

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Hay una promesa en los pliegues de Agüero cuando «no compromete una mañana cartesiana». No se trata de un gesto reactivo ni de una renuncia al rigor: se trata de otro rigor, el rigor de lo que Deleuze llamaba la «experimentación» (1993) por oposición a la «interpretación» —no preguntar qué quiere decir el texto sino qué funciona en él, qué conexiones traza, qué líneas de fuga abre, qué intensidades hace circular—. El ensayo de extramuros, en esta perspectiva, es la forma que adopta el pensamiento cuando se rehúsa a las capturas del aparato de producción académica, cuando prefiere la línea quebrada a la verticalidad del árbol, cuando elige la velocidad del nómada frente a la sedentariedad del funcionario. No-literal es, adicionalmente, un libro que piensa desde la amistad: la amistad con los autores que cita, con los colegas con quienes discrepa, con la tradición del ensayo que hereda y transforma. Derrida escribió Políticas de la amistad (1994) para exponer que toda amistad está constitutivamente atravesada por una asimetría irreductible: el duelo que anticipa la muerte del otro y la promesa de fidelidad que esa misma muerte torna, simultáneamente, necesaria e imposible (Derrida, 1998). Escribir sobre el libro de un amigo —como el propio comentario señala en su epígrafe— es la forma más expuesta de la amistad: la que no protege ni consuela sino que lee. Quizá obliterar (sin restarse) al «pecado de la adjetivación enfermática» (Borges, 1931).

Cismática: al final un eco que evoca la cita con Beckett en El innombrable (1953), «no puedo seguir, [no puedo, pero] voy a seguir [escribiendo]».

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Apostilla. Quien escribe estas líneas no podría sino reconocer la distancia, provincial, si se quiere con la marca de un desvío que es también una posible fidelidad, que sus aproximaciones a la deconstrucción no han sido nunca sino eso, aproximaciones, tanteos en los bordes de un armatoste teórico que muchas veces intimida no solamente por su dificultad (toda dificultad es habitable) sino por la sospecha de que comprender del todo sería ya traicionar lo que en ese pensamiento se resiste a ser comprendido del todo. Quizá la cercanía (y también lejanía) sea siempre Deleuze, más las tramas de la post-hegemonía. Pero lo que importa decir aquí, es que estas páginas están en el corazón de una conversación con Javier Agüero que es, al mismo tiempo, una deuda: no la deuda saldable del intercambio intelectual entre pares sino la otra, la insaldable, la que se contrae cuando alguien nos da a pensar lo que no habríamos pensado solos y eso que nos da no tiene precio porque no tiene medida. Cabe consignar la turbación sobre la fertilidad -actual- del margen (Nelly Richard, 1989) contra el vaciamiento de las ciencias sociales: aquí contrabandear sentidos y admitir impurezas, implica extenuar otras aduanas que no necesariamente tienen como dorso academia metropolitana. No se trata de la compulsiva obsesión de un afuera institucional, dado un paisaje donde la prevalente Universidad sin libros (College). El contrabando se abre al mundo, para evitar la enfermedad de la prosa, «adjetivación enfermática» (inflamación del signo) según Borges (1931).

Dr. Mauro Salazar J. UFRO/Sapienza

NOTAS

1 El contrabando hereda del margen richardiano (1989). Importa la desconfianza hacia las gramáticas institucionales, la atención a los residuos, la voluntad de trabajar con lo que la administración del saber descarta, pero desplaza la operación entera a otra temporalidad: del lugar al tránsito, de la posición a la circulación, del borde a la órbita. No lo reemplaza; lo transfigura. Lo que se conserva en ese pasaje (Escena de Avanzada) no es la topología de Richard —el margen como sitio— sino algo más resistente: la convicción de que la escritura crítica solo tiene sentido si opera donde el poder no la espera. Para Whily Thayer la operación marginal supone una distinción entre centro e institución, pero demuestra que el golpe destruyó esa distinción al consumar la vanguardia: rebasada la institución —con su conflicto interno entre facultades— por la facticidad del mercado, la pretensión de ocupar un margen crítico contra ella se vuelve ilusoria. ¿Qué ocurre cuando la institución misma se ha vaciado, cuando la universidad ya no funciona como centro de legitimación del saber sino como plataforma de circulación de métricas? El margen richardiano operaba bajo la materialidad del libro. Ello implica que después de octubre (2019) se requiere una mutua interpelación entre márgenes y contrabando. Para una lectura del borde activ0 richardiano -del cual reconocemos una deuda, ver: La estratificación de los márgenes (1989).

REFERENCIAS

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