Mauricio Amar / Backrooms

Cine, Filosofía, Política

El film Backrooms (2026) del joven director Kane Parsons es una de las mejores representaciones en el cine del estado de ánimo de nuestra época. Las interpretaciones pueden ser múltiples. Estamos en una realidad física de varias dimensiones donde la realidad va generando memorias de sí misma cada vez más degradadas, creando pasadizos de estructuras poco lógicas pero que sin embargo se sostienen. Podemos estar dentro de la psiquis de un hombre, mal que mal se trata de un diálogo entre psiquiatra y paciente, de modo que todo podría ser parte de su imaginación, cada vez más deteriorada, llena de fantasmas como su propia esposa y una versión bizarra de sí mismo (medio sultán, medio pirata, soberano y bandido) que termina devorando, como la locura misma, al hombre en busca de ayuda. Lo que me parece plenamente epocal es, sin embargo, la idea de un espacio que al abrirse sólo encuentra una réplica inquietante de sí misma, cuestión que, si miramos bien, sólo evidencia dos operaciones ligadas de nuestra sociedad del espectáculo.

Por un lado, la cultura se vuelve pastiche —usando el término caro a Jameson— es decir, una repetición de lo mismo, un refrito constante de fórmulas que ya han sido probadas, que no pueden incomodar, y que vuelven nuestro tiempo una suerte de mundo sin experiencia. Por otro, la ausencia de utopía y de imaginación política. Cada vez que se abre una puerta lo que representamos como otro mundo no es más que lo mismo de otra forma. La potencia de Backrooms reside no en abrir una utopía, sino en poner plenamente a la vista el mecanismo político del pastiche y, al hacerlo, el film logra efectivamente inquietar.

Que algo como los Backrooms sea posible se debe en parte a una época que ha renunciado a lo inasible e irrepresentable. Un mundo que no deja ninguna salida porque todo ha sido matematizado, calculado, ahora convertido en relaciones algorítmicas, la forma más abstracta del cálculo. Lo que se nos presenta como mundo es una esfera limitada, donde el misterio ha cedido completamente para dar lugar a lo representable, lo figurable. Asesinar lo irrepresentable sólo para ceder su lugar a lo tan conocido y probado que llega a volverse extraño. Como cuando repetimos una palabra muchas veces y comienza a perder para nosotros su significado.

Aún más inquietante es el hecho de que el pastiche modifica y degrada sin que podamos considerar siquiera el cambio. El genocidio en Palestina y el auge del fascismo en todo occidente son mutaciones degradantes que están, por lo demás, unidas a la destrucción del mundo. Entre dimensiones de backrooms atestiguamos cómo la transformación no requiere de lo nuevo y cada vez que entramos en una habitación con las mismas señas y formas de antes pero algo diferentes, aceptamos que esa es la normalidad. El poder opera por repetición, pero antes vehiculizando el deseo. Queremos atravesar el umbral para que todo siga siendo igual y no. Quizá hacer scroll en una red social no sea más que otra forma de recorrer backrooms y, así mismo, otra manera de aceptar cada vez, deseándolo, un mundo más degradado.

Llegados a este punto, creo que la idea de Agamben de una vía de salida es también propia de una época como la nuestra. La salida no toma como a priori un destino o un proyecto, sino la posibilidad misma de abrir el mundo a lo nuevo, a lo que no podría ser replicado o apropiado. Apostar por una salida puede ser la manera en que la potencia se conserve como tal, aún pasando, de alguna manera, al acto. También Marx en La ideología alemana, interpelado por el significado del comunismo, indicaba algo por el estilo. «El comunismo no es para nosotros un estado de cosas que deba establecerse, un ideal al que la realidad deba ajustarse. Llamamos comunismo —decía— al movimiento real que abole el estado de cosas existente. Las condiciones de este movimiento resultan de las premisas existentes en la actualidad».

No es posible decir cómo ni cuando se producirá una verdadera huida, pero no puedo dejar pasar que el peligro principal enunciado por Trump en su discurso conmemorativo de los 250 años de independencia de Estados Unidos, es nuevamente el comunismo. Por supuesto, en su ignorancia —que también es claramente un asunto de época— llena de adjetivos al comunismo, cosificándolo como una ideología contra la libertad y la religión. Esta ha sido siempre la manera en que el poder ha tratado de representar lo irrepresentable, capturar lo que el modo de vida actual no puede tolerar. No otra habitación levemente cambiada a la que acostumbrarse, sino una aventura que parte con la abolición de este mundo, la destitución del poder y un salto no calculado hacia lo irrepresentable.

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