Mauricio Amar / Sobre el cinismo moderno

Filosofía, Política

En uno de sus escritos tempranos llamado Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk interpela a un tipo de subjetivación producido por el proceso de la Ilustración, especialmente en su fase decadente. Indica que en la modernidad prevalece una figura fundamental que vendría a ocupar el lugar de una «falsa consciencia», al lado de las más conocidas mentira, error e ideología. El problema, indica Sloterdijk, es que esta forma de subjetivación –que difiere profundamente del cinismo antiguo, al que el autor prefiere denominar quinismo– es una suerte de extraña falsa consciencia consciente. El cínico es aquel que no se engaña, no pretende que la vida es perfecta (como bien podría cegar una ideología). Es más, puede ser enormemente agudo en desmenuzar el funcionamiento del poder y sus miserias y, sin embargo, seguirá funcionando sin alzar en ningún momento la voz por alguna injusticia.

Sloterdijk dice que esta figura de nuestro tiempo «ha aprendido las lecciones de la Ilustración –sabe que las ideologías son construcciones, conoce los mecanismos de dominación, ha interiorizado la crítica– pero […] precisamente por ello, ya no puede creer en la emancipación ni en los valores que antes sustentaba». Esta inquietante falsa consciencia, quizá un poco exagerada en su masividad por parte del pensador alemán, dado que requiere, como condición, cierta preparación intelectual, indica hoy la situación de la mayoría de los académicos y funcionarios públicos, a quienes acomoda mucho la frase de Fredric Jameson «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

Bajo este proceso de subjetivación, proliferan los irónicos, flemáticos y realistas. Aquellos que dicen que el mundo es así y no podría ser de otra forma. Los que, incluso desde la izquierda, podrán afirmar que si la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, pues bueno, siempre el mundo ha sido igual, siempre han existido los que gobiernan y los que son gobernados, los que sufren y los que gozan, o peor aún, los que viven porque sus vidas valen la pena y los que son aniquilados sin que aquello constituya un crimen. Bajo el paradigma del cinismo moderno, se nos invita constantemente a reconocer que nuestra capacidad de hacer algo, cualquier cosa, en la vida es siempre una cuestión individual que requiere de un esfuerzo que conduce a la realización, homologada, por supuesto, con el éxito económico. El cínico que puede caer tan bien por su lenguaje controladamente provocador –en esto los medios de comunicación han sido una escuela– no puede comprometerse con nada que implique resistencia común, pues su descreimiento es tal que no sólo no intentaría cambiar el estado de cosas existente, sino que las refuerza; hace suyo el programa de control y dominio que cierra el horizonte a lo nuevo.

Una extraordinaria expresión del cinismo moderno se encuentra en la novela Imposturas (el título original es Shroud, sudario) de John Banville. Su héroe, Alex Vander, es un académico ya en retiro que se ha ganado la vida con un pensamiento mordaz que, se fundaba, como él mismo reconocía, en que lograba «discurrir con familiaridad convincente sobre textos que no había leído, filosofías que no había estudiado, grandes hombres que no había conocido», valiéndose de un estilo prodigioso que encandilaba a sus colegas y disimulaba su condición de autodidacta tembloroso. Vander desprecia a sus lectores, a sus colegas, a las mujeres que lo admiran; los ve como ingenuos que compran un producto Axel Vander que él mismo sabe que es vacío. Su cinismo es el de la dominación disfrazada de erudición: ha fabricado una episteme personal donde el estilo brillante oculta el vacío de contenido, y lo hace con plena consciencia de que «la topografía de la mente» es lo único que importa, no la verdad de los hechos.

De pronto, Vander recibe una carta anónima que le hace saber que alguien sabe quién es realmente. Esto ocurre al inicio del libro, de modo que todo el resto está signado por este temor y deseo de Vander por saber quién le ha enviado la misiva y qué es realmente lo que sabe de él. En esta apremiante situación, no sólo se desenmascara una vida cubierta por capas y capas de mentiras que nos va a llevar hasta su misma identidad, sino también la de una construcción moral que tendrá de arquetipo al cínico. Vander cree que es un profeta de sí mismo, un creador de mundo que finalmente no le debe nada a nadie porque lo que ha descubierto que toda verdad es una mentira o, al menos, una capa de verdades a medias (no es casual que en la novela constantemente estén presentes la casa de Nietzsche que Vander quiere visitar y el santo sudario que está en exhibición).

Pero la carta comienza a carcomer la existencia ficticia de Vander. Primero la carta, cierto, luego su portadora, Cass Cleave, una suerte de alter ego de Vander. Quiere llegar a una verdad aunque eso signifique entrelazar las cosas más inverosímiles. Lo más interesante, creo, es que cuando la verdad puede salir a la luz, Cass se mantiene en una tensión permanente. Quiere la verdad, pero también quiere a este hombre que se ha convertido en lo más parecido al amor que ha tenido en su vida. Ella es la mortaja, como el santo sudario de Vander. Es la que sostiene el secreto de su muerte simbólica como impostor y la que ofrece, quizás, la posibilidad de una redención que Vander nunca se había permitido imaginar. Se fisura el cinismo, pero el profeta de sí mismo ya sólo puede convertir la propia redención en una pose más. Una nueva ficción de sí que finalmente nunca sabremos cuánto tiene de verdad.

Esta es la tragedia del cínico. Sólo puede creer en la verdad como poder, mentira y sobrevivencia. De ahí su visión desilusionada pero atenta a cómo seguir desilusionando. Conoce el negocio. Tiene las herramientas de la razón. Accede a los cargos más altos o al menos a ellos aspira toda la vida. Cualquier crítica hacia su forma de actuar la devuelve con un «no nos vamos a leer la suerte entre gitanos» o «no nos pisemos la sotana entre curas».

En gran medida el avance del fascismo contemporáneo ha hecho uso del funcionario cínico, pero este ya no es su mundo. Las cosas han cambiado y su posición empieza a ser cuestionada. Los nuevos fascistas, digamos tecno-fascistas, fascistas libertarios y brutos que los siguen con uniforme y armas, han recuperado para sí un concepto de verdad. Las ficciones de la raza, la cultura o la comunidad cerrada vuelven a florecer, mientras los académicos y funcionarios, acaso son lo mismo, siguen defendiendo el ideal del cinismo. Así como Benjamin nos enseñó en su momento que la idea de progreso, reivindicada por la socialdemocracia, era solidaria del avance del fascismo, hoy el cinismo deviene algo así como la caricatura de esos progresistas que todavía creían en algo, aunque fuese extendido al infinito. Hoy la verdadera solidaridad con el fascismo es de los cínicos. Ellos han cerrado el horizonte de futuro para que los fascistas terminen de romperlo.

Nuestra tarea es muy grande y no se trata simplemente de ofrecer otra ficción como plantean otros cínicos que ya afincados en redes de poder se preguntan cómo volver a controlar a las masas, generalmente para que nada, en absoluto, cambie. Nuestra tarea, más bien, consiste en un ejercicio de lo común. No en la creencia, sino en el afecto, en el estar-con, se encuentra nuestra única posibilidad de abrir un mundo. Esto es lo que nunca comprendió Alex Vander, que su redención era simplemente estar, afectar y dejarse afectar por Cass. Que lo común no está construido de antemano en un manual, ni siquiera (y sobre todo no) el de la Ilustración. Por el contrario lo común es en sí mismo un encuentro no necesario del que puede surgir lo insospechado. Pero esa aventura no está simplemente al alcance de la mano, pues por todos lados nos rodean cínicos y fascistas. Un mundo post-cinismo ya no partirá de los grandes relatos, sino de la calidad de los encuentros de que seamos capaces. Sólo entonces tendremos una chance contra el fascismo.

Referencias

Banville, John. Shroud. New York: Vintage, 2002.

Sloterdijk, Peter. Crítica de la razón cínica. Traducción de Joaquín Jorda. Madrid: Ediciones Siruela, 1990.

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