Abdennur Prado / La estrategia de Deleuze

Filosofía

Gilles Deleuze hace lo mismo que Platón: establece su causa, identifica a sus rivales y toma de ellos todo aquello que lo fortalece, para derrotar al enemigo con sus armas. La causa de Deleuze se llama, en principio, «materialismo ateo». Pero esta es una causa muy limitada desde una perspectiva filosófica. Requiere ser expresada de forma más potente, como una invitación a experimentar con uno mismo y con la vida, afirmar la diferencia y privilegiar el devenir, la creatividad frente al resentimiento, jugar a desterritorializarse y a territorializarse, a hacer como un rizoma y no plantarse como un árbol, proliferando los buenos encuentros y las buenas vibraciones, inventando a cada paso conceptos que nos liberen de lo ya sabido y de lo ya interpretado… Con el bello propósito de lograr un plano de inmanencia pura y escapar de la servidumbre a los fantasmas de la trascendencia. Con esto ya ha incorporado otros conceptos más apetecibles. En todo momento parece claro tanto lo que afirma como lo que niega. Pero se trata tan solo de posiciones de principio. Son enunciados fuertes, pero lo dejan todo por pensar. Si hablamos de materialismo, ¿qué es la materia? Cuando se habla de trascendencia e inmanencia, ¿de qué/quién y con respecto a qué/quién? Si hablamos de ateísmo, ¿a qué nos referimos cuando decimos «Dios»? ¿En qué sentido inventar conceptos o plantear líneas de fuga es liberador?

El filósofo profesional eludirá responder directamente a las cuestiones que plantea. Tratará, más bien, de delimitar el campo y clarificar el significado del combate. En Lógica del sentido habla de tres tipos de filósofos, relacionadas con tres ámbitos: «el abismo infernal, la altura celeste y la superficie de la tierra». Y relaciona el descenso con la subversión, la superficie con la perversión y la altura con la conversión. Los presocráticos serían filósofos de las profundidades. El paradigma del pensador de las alturas sería Platón, para el cual (según Deleuze) la filosofía consiste en salir de la caverna, purificarse y elevarse. Frente a Platón se rebelan los cínicos y los estoicos, como pensadores de la superficie. Podemos expandir esta distinción. Infierno: cultos mistéricos, iniciación, maestros espirituales, esoterismo, sectas, arcano del secreto… Cielo: trascendencia, revelación, éxtasis, eros uranio, música de las esferas… Tierra: hedonismo, buen vivir, comunidad, amistad, viaje, armonía con la naturaleza… De las profundidades vienen ruidos y rugidos, pues ahí no hay otra cosa que oscuridad y monstruos: algo infra-sentido. En las alturas suenan lánguidos violines, cuentos morales, ideas sin cuerpo, nubes incoloras: algo pre-sentido. Sólo en la superficie todo es acontecimiento y está lleno de sentido. Cada una de estas orientaciones es asociada a una condición psíquica: las alturas platónicas al síndrome maníaco-depresivo, las profundidades presocráticas a la esquizofrenia y las superficies cínico-estoicas a la perversión. La superficie remite a lo común. Los filósofos de las alturas suelen ser ociosos. Pueden orientarse al cielo porque no tienen que cultivar la tierra ni preocuparse de las relaciones con los otros más allá de su utilidad. Viven escindidos. Se elevan hasta el éxtasis y luego caen en hondas depresiones. A un júbilo indecible le sigue la tristeza. Y esta provoca la depreciación del mundo como un valle de lágrimas. Esto no quiere decir que todos los pensadores de las alturas sean bipolares. Es una asociación perversa, ideada por un filósofo de la superficie para fastidiar al enemigo. La clasificación, tan superficial como divertida, le sirve para clarificar su lugar en el marco de la tradición.

Deleuze se presenta como un pensador de la superficie, que identifica con el plano de inmanencia. Se trata de trazar las fronteras que impidan hundirse o elevarse sin remedio, perdiendo el horizonte material que da sentido a una existencia plena. Los enemigos del materialismo se sitúan a ambos lados, pero también en su interior. El enemigo interior equivale a los sofistas: son el materialismo vulgar y el cientificismo pacato. Pero estos no resultan interesantes ni siquiera como enemigos. Hay que apuntar más fuerte (aquí no podemos decir ni «más profundo» ni «más alto», so pena de abandonar el campo). Sabemos que la fuerza nos viene de nuestro enemigo. Por eso una virtud filosófica consiste en saber escoger al enemigo. No hay ninguno más poderoso que Platón. Una figura imponente: el arquetipo del filósofo creador, el gran patriarca de la filosofía, el pensador-artista y el acuñador de conceptos dentro de los cuales todavía nos movemos. Un enemigo invencible que, de conocernos, nos desdeñaría. Un genio creador cuyo nombre, escritos, ideas e influencia seguirán operativos cuando nuestra memoria haya desaparecido. Ante Platón solo cabe decir, con Pasolini: “asumo la culpa de luchar rindiéndome”. Y sin embargo Platón es, para cualquier filósofo que aspire a ser «alguien» en filosofía, el pensador con quien debe confrontarse.

Frente al pensar metafísico inaugurado por Platón se posiciona el filósofo nietzscheano. El materialismo y el ateísmo son apenas las consignas necesarias para que dicha rebelión tenga sentido. Es un punto mínimo, pero es necesario conceptualizarlo de un modo potente y atractivo, lo suficientemente amplio para no dejar nada interesante fuera. Esto es lo que no hizo el materialismo plano de los siglos precedentes, abandonando un ámbito de experiencia y de posibilidades vitales a los que sería estúpido renunciar. Se trata de extraer del enemigo la potencia que alimente el propio pensamiento. Pero esto significará, a la larga, que esa potencia proviene de las alturas celestes y de los abismos infernales. De ahí el gran esfuerzo por permanecer en el campo de inmanencia, sin renunciar a sus incursiones en terrenos enemigos, logrando que eso infra-sentido y eso pre-sentido alimenten el sentido. Pues en la superficie cabe todo. La frontera se disipa y se corre el riesgo de la indistinción, de un eclecticismo que habría perdido su objetivo. Ese es el tour de force al que se entrega.

(Nota: incluso el esquema anterior y sus asignaciones es parte de esta estrategia de incorporación, que no se sostiene fuera de esta perspectiva. En realidad Platón es un filósofo de la superficie, con una misión política que cumplir: si sale de la caverna y asciende al plano de las Ideas es sólo con el fin de adquirir la ciencia que le permita gobernar la polis. El paso por las alturas es subsidiario de una finalidad propia de la superficie. Nietzsche, en cambio, es un filósofo de las alturas. No tiene otro objetivo que elevarse, superarse, ascender… Anhela la eternidad y dialoga con su alma. Como mostró Gaston Bachelard en El aire y los sueños, en Nietzsche la primacía de las metáforas aéreas es obsesiva).

Lo que busca Deleuze es in-corporar: remitir al cuerpo todo aquello que se presentaba como suprasensible. Se trata de una estrategia análoga a la de Platón frente a sus rivales. La filosofía aspira a la hegemonía. Se presenta como la mejor forma de vivir y como una vía, superior a cualquier otra, para acceder a la verdad, al bien y a la belleza. Pero también como la mejor forma posible de gobernar la polis. Para ello, se enfrenta a cuatro rivales poderosos: en el interior de la filosofía, los sofistas. En el plano iniciático, los misterios. En su aspiración política, la democracia. En su pretensión última, la poesía y la mitología. La estrategia de Platón no es solo combatirlos, sino incorporar lo mejor de todo ello y ponerlo al servicio de su proyecto filosófico. A los sofistas es preciso derrotarlos en su propio terreno, la argumentación. Para ello desarrollará la mayéutica e inventará la dialéctica. A la democracia se le opone el gobierno de los sabios según un criterio superior. Frente a los misterios se trata de incorporar su dimensión iniciática, haciendo del filósofo un guía de las almas, pero manteniendo bajo control lo orgiástico y lo demoníaco. A la poesía se la condena y denigra, sin dejar de incorporar el ethos característico de la inspiración: el eros, considerado como un demonio mediador, es puesto al servicio de la disciplina filosófica. También los mitos homéricos son denunciados, pero se les opone otros de carácter filosófico, como «segunda navegación». El genio de Platón reside en su estrategia de incorporación. Como resultado, el filósofo se convierte en una figura dotada de poderes sobrenaturales. Es un sabio gobernante, un iniciador a las ideas y un sanador de almas. Tiene acceso a las verdades últimas de la existencia, pero también al saber práctico que lo capacita para gobernar la vida de los otros. Al lado de este proyecto el de sus rivales queda empequeñecido.

Esto es justo lo que hace Deleuze: conquistar territorios e incorporarlos al propio territorio. La tarea es la de reformular las fronteras, volviendo a territorializar el plano de inmanencia. Realiza incursiones, según el modelo de una guerra de guerrillas rizomática. Es perverso, pero en el buen sentido. Recuerda un aforismo de Nietzsche sobre el filósofo: «vive de manera “no filosófica” y “no sabia”, sobretodo de manera no inteligente, y siente el peso y deber de las cien tentativas y tentaciones de la vida: se arriesga a sí mismo constantemente, juega el juego malo…» (Más allá del bien y del mal, aforismo 205). ¡Apodérate de todo pensamiento que te guste, de todo aquello que te resulte estimulante! No basta con copiarlo, pues esto no sería creativo ni aumentaría tú potencia. Si la idea en cuestión se encuentra en una filosofía que, en principio, rechazas, no hay problema: desenraízala y transfórmala a tú gusto. Quédate con lo que te atrae de ella. Pero ten cuidado: es preciso discernir, tener muy claro aquello que te refuerza pero no te contamina. No cedas a los cantos de sirena ni te dejes arrastrar hacia la trascendencia. Para hacer pasar los contenidos del enemigo como propios no basta con ofrecer interpretaciones novedosas: es preciso inventar nuevos conceptos.

Esto explica que sus primeros libros fuesen ensayos sobre otros pensadores, a los que transforma de forma tan brillante como divertida. Por eso son tan buenos libros. La razón de fondo es la necesidad de situarse y crear un territorio. La historia de la filosofía deviene un campo de operaciones. Los sistemas son los territorios, los libros son ciudades o bastiones. Los ensayos son pueblos. Los conceptos son la tecnología. Y las ideas son las materias primas: la verdadera riqueza del lugar. Todos los libros están llenos de riquezas. Se nos presentan como manjares exquisitos. Pero no todos sientan bien al propio organismo. Hay que evitar las mezclas. Algunos provocan diarrea y otros resultan indigestos. Otros son venenosos. Se trata de seleccionar y concebir cada libro como una aventura prodigiosa, llena de sabores. Mezclar, experimentar, agitar, organizar encuentros. Desechar lo nocivo, lo que debilita o entristece. Integrar lo bueno, lo que alegra y fortalece. El criterio es simple: lo primero esclaviza, lo segundo libera. Deleuze es feliz haciendo eso y solo un infeliz se lo reprocharía. Es una de sus máximas virtudes. Se parece mucho a lo llevado a cabo por Occidente con respecto al mundo, pero también a la capacidad del mercado de transformarlo todo en productos de consumo. Es una estrategia ganadora. Tiene un factor decisivo a su favor: todos somos materialistas en un sentido u otro.

Su lectura de Spinoza se sitúa dentro de esta estrategia de incorporación. Deleuze interpreta a Spinoza (el filósofo ebrio de Dios) como si fuese ateo. Lo mismo podría hacer con Tomás de Aquino. Se trata de dotarse de un antecedente prestigioso y trazar, a partir de él, una visión teleológica de la filosofía. Necesita a Spinoza para situarse en la estela de la lucha contra la opresión. Se identifica con Spinoza, el cual fue expulsado de la sinagoga, se rebeló contra la monarquía absoluta, defendió la democracia y vivió bajo la amenaza del oscurantismo religioso. Sería un ateo encubierto y un cripto-materialista, iniciador de una lucha de emancipación del ser humano. A su triunfo contribuyeron tres factores: el descrédito de las instituciones religiosas, el desencantamiento ilustrado del mundo y el triunfo del mecanicismo en ciencia. El problema es que Deleuze trabaja en un momento muy diferente y en un marco en el cual ser ateo y materialista no solo está bien visto sino que es necesario para hacer carrera. Esto es especialmente cierto para el materialismo vulgar y el cientificismo tecnocrático, pero no para Deleuze, quien se contenta con «devenir minoritario» en una Universidad creada por el Estado francés para contentar a los sesentayochistas. Deleuze no piensa en términos globales: su pensamiento está anclado en una tradición, dentro de la cual busca su lugar, creándose una genealogía a su medida: los estoicos, Spinoza, Bergson, Nietzsche… con la figura espectral de Marx flotando en el ambiente.

Se trata pues de reasignar a la superficie todo aquello que se consideraba propio de las profundidades y de las alturas. Hay entonces una profundidad y una elevación en la superficie… pero se dan en ella. Deleuze nos dice que los filósofos de las profundidades aspiran a habitar los abismos infernales. Y que los de las alturas aspiran a habitar los cielos. El filósofo de la superficie los mantiene unidos en su propio campo de expansión. Puede observar el cielo sin levitar y mirar al abismo sin precipitarse. Esta es una jugada ganadora: robarle su riqueza al enemigo.

Nos encontramos con formulaciones paradójicas: esta es quizás su mayor virtud. Se presenta como una filosofía apegada a la tierra, a la superficie, al afuera, al cuerpo, a los sentidos… pero es altamente esotérica e intelectual. Deleuze ataca al idealismo, pero tiene una tendencia notoria a la abstracción. Incorpora, mediante ajustes teóricos altamente sofisticados, todo lo esencial del platonismo. Estos ajustes son en realidad brillantes ejercicios literarios. Se elude el lenguaje de la metafísica, pero no su contenido.

Gracias a este estrategia, Deleuze tiene la habilidad de ampliar el campo de «lo material» hasta límites insospechados. Aquello que los materialistas vulgares negaron como una mentira religiosa pasa a formar parte del materialismo bajo otros nombres y conceptos. Esto es posible porque en realidad todas las dimensiones de la existencia están conectadas entre sí. Lo espiritual tiene incidencia en lo material, lo social en lo anímico, etcétera. No hay una experiencia de las llamadas «espirituales» que no sean materiales, ni nada material que no invoque a lo espiritual como coartada. Entonces, se puede escoger un punto de vista unilateral e incluir su opuesto. Por ejemplo: alguien puede ser «materialista» y «creyente», pues cabe pensar la identidad de Dios y la materia, como se supone que sucede en el supuesto «panteísmo» de Spinoza. Esto mismo puede aplicarse a la tesis marxista que reduce la esencia del hombre a lo social.

Sirva esto como ejemplo: la idea de un «tercer ojo» es netamente esotérica. Se refiere a un ojo invisible o a un vórtice energético a través del cual se percibe un plano de la realidad situado más allá de lo sensible. Clarividencia, percepción extrasensorial, visión espiritual… En el budismo se habla del «ojo divino» que se abre gracias a la práctica de la meditación. Spinoza dice que las demostraciones son «los ojos del espíritu». Se trata de una visión que permite ver la vida más allá de todas las apariencias falsas… Y añade: esta visión incorpora las virtudes ascéticas como potencias. Cualquier sacerdote estará de acuerdo. Puede hablarse entonces de una «glorificación de los simulacros», planteando una experiencia de la gloria emancipada del ser y desligada de los valores últimos.

El resultado es tan asombroso como seductor: un materialismo que ha incorporado lo más apetecible de sus enemigos. Ya no hay profundidad sino pliegue. No hay sucesos sobrenaturales sino acontecimientos incorporales. No hay almas, pero sí fantasmas. No hay individualidad sino singularidad. No hay apariencias sino simulacros. No hay eternidad sino intensas temporalidades. Es cuestión de sustituir unos conceptos por otros y territorializarlos de forma conveniente gracias a su inventiva desbordante. Con esto ha logrado ampliar vigorosamente el plano de inmanencia. Ningún materialista anterior al siglo XX lo reconocería como tal. Para muchos es una fuente inagotable de inspiración y de deslumbramiento, para otros se trata de un pensamiento hermético. Cabe dudar incluso de que sea ateo. De hecho es más fácil interpretarlo en términos teístas, haciendo de él un cripto-católico en la Francia laica. Esto es tan lícito como concebir un Spinoza ateo. Depende del juego al que se juegue. Todo lo cual queda dicho en su favor.

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