La palabra «Occidente», con la que definimos nuestra cultura, deriva etimológicamente del verbo caer y significa literalmente: «aquello que está cayendo, que no cesa de caer». Vinculados con este verbo están también los términos caso y casual. Aquello que no cesa de caer y de declinar (occasus es en latín el ocaso, la puesta del sol) se halla por ello también a merced del azar, de una incesante casualidad. No sorprende, por tanto, que el gobierno de los hombres y de las cosas tenga hoy la forma de protocolos de intervención, independientes de resultados ciertos, sobre un mundo concebido como disponible y calculable precisamente en cuanto casual. Occidente existe y se gobierna solo en el tiempo de su fin y de su asidua caída y, como su Dios, está ininterrumpidamente en acto de morir. Pero precisamente en esto consiste su fuerza: una muerte incesante es propiamente sin fin, una caducidad o casualidad infinita se pretende propiamente imparable.
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Giorgio Agamben / Bilingüismo y pensamiento
Filosofía, PolíticaVivimos en nuestra lengua como ciegos que caminan al borde de un abismo… la lengua está preñada de catástrofes y llegará el día en que se volverá contra quienes la hablan. G. Scholem
Todos los pueblos de la tierra se hallan hoy suspendidos sobre el abismo de su lengua. Algunos se están hundiendo, otros están ya casi sumergidos y, creyendo usar la lengua, son en cambio, sin darse cuenta, usados por ella. Así los judíos, que han transformado su lengua sagrada en una lengua instrumental de uso, son como larvas en los infiernos que deben beber sangre para poder hablar. Mientras estaba confinada en la esfera separada del culto, esta les proporcionaba un lugar sustraído a la lógica de las necesidades económicas, técnicas y políticas, con las cuales se medían en las lenguas que tomaban prestadas de los pueblos entre los que vivían. También a los cristianos el latín les ofreció durante largo tiempo un espacio en el que la palabra no era solamente un instrumento de información y de comunicación, en el que se podía rezar y no intercambiar mensajes. El bilingüismo podía ser también interno a la lengua, como en la Grecia clásica, en la que la lengua de Homero —la lengua de la poesía— transmitía un patrimonio ético que podía de algún modo orientar los comportamientos de quienes hablaban cada día dialectos diversos y cambiantes.
