Mauro Salazar J. / Quiróz. Vamos a seguir gobernando igual

Política

Vamos a seguir gobernando igual, porque también existe la gestión y también están los decretos». La frase pronunciada hace horas por el titular de Hacienda en el seminario de Clapes UC merece detenerse: no por su contenido programático, apenas la defensa rutinaria de una megarreforma en aprietos, sino por el desnudo formal con que la lengua del poder se deja ver allí, sin retórica, sin pliegue, sin esa cortesía parlamentaria que en otros tiempos cubría la operación con el barniz de la deliberación. Hay en esa frase un gesto que, leído bajo cierta clave, la que cierta tradición centroeuropea dejó como herencia para entender los engranajes íntimos del mando, resulta intolerablemente legible.

Habría que comenzar por el verbo. Seguir. Continuar. La declaración no anuncia un proyecto sino una inercia, y en esa inercia se condensa la operación más antigua del poder: aquella que se sostiene no en la legitimidad del acto sino en la mera capacidad de durar. El que sigue gobernando igual, independientemente del Congreso, independientemente del dispositivo deliberativo que la modernidad llamó parlamento, ejecuta el viejo gesto del superviviente, esa figura que constituye, según ciertas páginas inolvidables sobre los engranajes del poder, el corazón mismo de la lógica soberana. Sobrevivir al rechazo legislativo, sobrevivir a la inflación, sobrevivir al malestar, sobrevivir al desempleo. La política se vuelve técnica de permanencia, y no necesita aprobar nada: solo necesita estar.

Mauro Salazar J. / Pinochetismos híbridos. Persistencia espectral y sintaxis de los cuerpos

Filosofía, Política

La hacienda no fue tierra: fue gramática, fue látigo inscrito en la carne oscura. Alguien firmó el dieciocho y el dieciocho se hizo mito, se hizo cueca, se hizo la forma exacta del miedo que se viste de bandera. El cuarenta y cuatro por ciento no votó por un hombre: votó por seguir siendo legible en el orden que los hizo sombra con nombre prestado. Borrarlo sería borrarse. La traza no cede.

La formulación misma del problema (despinochetizar) no significa que el tiempo está fuera de quicio, sino que contiene su propia clausura. No se trata de un fracaso operacional de la «transición», de su pedagogía cívica, sino la evidencia de una dificultad geográfica que las ciencias sociales -y los actores políticos- se han resistido sistemáticamente a reconocer en el orden de lo diacrónico-temporal: la despinochetización, como ilusión metafísica de la reversibilidad, es impracticable porque implicaría la deschilenización de una arquitectura oligárquica, racista y autoritaria de un modo que precede y excede a Pinochet, y persiste después de su muerte física como sustrato político-cultural activo. La política de la conjuración, con sus trazas y herencias, se mantiene suspendida porque la hacienda, la encomienda, el vasalle y el racismo fundacional se mantienen en vilo. Una tarea que, sin negar los afanes reformistas (1990), trasciende cualquier agenda transicional y que las ciencias sociales, aún presas del empirismo del presente no han querido, todavía, comenzar. El «cuerpo colonizado-hacendal» no fue simplemente explotado: fue ordenado semánticamente. La hacienda produjo una sintaxis de la carne, un sistema de posiciones que distribuía la voz, la obediencia y la pertenencia según coordenadas que nada tenían de naturales. La encomienda no fue, en primer lugar, un dispositivo económico: fue una operación metafísica que separó a los seres con densidad ontológica propia de aquellos condenados a existir solo como funciones de otro.

Aldo Bombardiere Castro / Huasca y catástrofe

Política

Los síntomas anuncian la inminente catástrofe.

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El domingo 28 de agosto, a una semana del Plebiscito de Salida que dirimirá el resultado de la Propuesta de Nueva Constitución, un grupo de partidarios del Rechazo, vestidos con indumentaria de huaso, armados con huascas y comandado tradicionales carretas de madera arreadas por caballos, arremetieron criminalmente contra ciclistas simpatizantes del Apruebo en plena Alameda de Santiago. Las escenas son tan grotescas como indignantes. Pero también son reveladoras.