A pesar de hoy, a pesar de los brazos sin piel que estallan bajo o sobre las pantallas; a pesar de los ayeres, de los olvidos y de los mártires apenas recordados; a pesar de la culpa, debemos escribir sin culpa. A pesar de hoy y justamente porque hoy aún escribimos, porque aún vivimos con culpa, hemos de escribir sin culpa.
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Sí. Heráclito lo sabía: el logos modula y despliega las lenguas de fuego con que se escribe la poesía. La idea heraclítea del hombre que nunca se baña dos veces en el mismo río apunta al centelleo de un devenir. En realidad, consiste en un pensamiento y no en una idea: la frase constata algo: el devenir sólo puede empezar a ser pensado por la filosofía en virtud de imágenes poéticas. Por otra parte, la forma conceptual del concepto “devenir”, su intento de ser acuñado en calidad idea, representa un accidente más en el movimiento del kosmos. La pretensión de detener con una mano el pulso polimorfo que recorre tanto al universo como a todo ente constitutivo de éste, consiste en el acto contra el cual, sin necesidad de tocarlo, la poesía se reconoce en resistencia, siendo resistencia. Estar a la escucha del logos nada tiene que ver con intentar traducir aquello que el logos nos tiene qué decir, con desentrañar la preexistencia de su mensaje. Estar a la escucha del logos significa disponerse a resistir en tal escucha, disponerse a escuchar, antes que todo, nuestro acto de escucha y la potencia de su sutil irrupción dispuesta a lo que irrumpa. Siguiendo a Heráclito, hablamos de una pequeña guerra, del caos y el caleidoscopio dibujado por el caos mismo, donde, manteniendo el combate, uno y otro logran danzar y disolverse en sus polos contrarios. Para el escuchar poético, en verdad, no importa el contenido de lo escuchado, en cuanto concepto a comunicar, codificable o transmisible; de importar algo, sólo importa el estar atento a la escucha, incluso, cuando el susurro de lo viniente no termine, ni tampoco cese, de llegar.
De haber poesía en la lógica cibernética y dinámica algoritmo, guardaría relación con las posibilidades arbóleas y cuánticas de su simultaneidad y no con el significado y la semántica de los datos codificados y entrelazados en un acto puntual. Es decir, la poesía estaría allí donde las ramificaciones probabilísticas crean y recrean árboles, nodos y fractales; mas no en el significado resultante de tales nodos, en lo datificado por los datos ni en lo dicho por los conceptos que su factum nos transmitan. Así, no importaría tanto que la inteligencia artificial, siguiendo nuestras instrucciones previas (cuestión no menor), pueda, por ejemplo, dar a luz a una imagen técnicamente más virtuosa que las pintadas por Dalí; la poesía no estaría allí, en la figuración del cuadro ni en lo logrado de éste, ni tampoco en nuestro conocimiento acerca de la escalonada concatenación que constituye a la serie de funciones requeridas para hilvanar el input de nuestras instruccionescon el output de la imagen obtenida. Al contrario, en caso de darse, la poesía se encontraría en la errancia de la estupefacción con que nos recorre la emergencia de lo imposible: en cómo nos asombra que las obras realizadas por la inteligencia artificial sean, al mismo tiempo, posibles y factuales, en el asombro de que la monstruosidad creativa de la inteligencia artificial haya sido posible en cuanto obra humana concreta. Asombro frente a la inteligencia artificial como obra humana concreta, sin embargo, no en tanto concreción de una posibilidad prevista dentro de ciertas posibilidades de concreción, sino de la concreción de un raudo subuniverso posibilístico cuyo único punto de equilibrio, hoy en día, reside en la corrección de los sesgos. El terror barroco de pender de un hilo sobre el abismo. He ahí, en los intersticios poéticos lanzados hacia el infinito, donde el posicionarse a la escucha del logos todavía puede ser pensado como una, quizás inútil, bellamente inútil e innecesaria, invocación al asombro. Y aquello continúa resistiendo, incluso dentro del algoritmo.
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El capitalismo y el fascismo únicamente han de relacionarse con la poesía a través del encadenamiento que la lógica de cada uno de ellos ejerce sobre la vida. Así, para el capitalismo la poesía es marketing publicitario, psicologismo e hipnotismo de masas orientado al cumplimiento del consumo. Para el fascismo, la poesía se torna sierva ornamental de un monumentalismo mitológico; queda circunscrita al marco de un metarelato acerca de una historia ancestral y heroica, a la cual la superioridad del “nosotros”, afirmada desde un presente renacido, se hallaría enraizada. El capitalismo y el fascismo hacen de la poesía un recurso prosaico: en el primer caso, un burdo microcuento con final feliz; en el segundo, las rimas impresas en un orgulloso estandarte marchando hacia la batalla.
Así, la poesía en toda su amplitud, desde las esporas sopladas por la música hasta el grito de un infante, desde los versos leídos y por leer hasta la expansión de los átomos que no conocen el “hasta”, resulta odiada por el capital y por el fascimos. Al no ser capaces de darle muerte, deben limitarse a odiarla: ése, más que un consuelo, es un gesto que vaticina nuestro triunfo allí donde no hemos ganado nada. Porque la poesía no requiere ganar, no piensa en ganar. Tan sólo resiste y su triunfo sin gloria consiste en un mínimo ademán de perseverancia: estar abierta a lo incapturable de su uso, desatar la potencia de una imaginación cuyo movimiento prolifera en diferido con la contundencia del acto taxativo reclamado por el capital. Todo lo que llega a ser en la poesía, tras un cerrar de ojos, ha dejado de ser. Su esencia -de tener la- no aspira a la ontología, sino que se desliza sobre y entre la infinita superficie de alguna topología del devenir.
Allí donde dinamitan las sonrisas, donde la fase agónica del capitalismo dociliza los cuerpos y hace de la sangre un remedo dinamitado de otras sonrisas irremediables, debemos cuidar la lengua de los astros y el aliento de los muertos. Es nuestro deber, pero un deber sin culpa ni deuda, una tarea desprovista de logro y de respuesta esperada. Se trata del vaticinio de un porvenir cuya profecía no se vanagloria de la robustez del concepto ni pretende ingresar a la historia. La poesía consta de un tipo de deber que sólo exige aquello que siempre y desde siempre podemos dar: crear un mundo otro entre la asfixia de polvo, de los órganos expuestos y crudamente palpitantes y de las bodegas de huesos en que se multiplican por un planeta israelizado.
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Pero para que no exista culpa a la hora de escribir poesía en medio de este apocalipsis genocida, se precisa un gesto anterior a escribir poesía: que cuando venga la culpa, no la niegues, no escapes de ella ni la esquives. Es necesario poetizarla: ceder por un segundo ante la turbiedad de su mirada, hundirse y ovillarse en la solapada vergüenza de la cual carece el fascista, el sionista y el desvergonzado, tragar saliva, apretar los puños y la garganta, llorar, ser cobarde en su mínima o moderada expresión, querer nunca haber sentido culpa e, incluso, cuando aquella culpa anuncie su cansina retirada, llegar sentir culpa por haber sentido culpa. Sólo así, después de haber cedido a su horror, podremos sentarla en nuestros muslos, tenderle la cabeza hacia atrás y, ya sin suplicar ni desear besarla, dejar la culpa de lado: porque, hundiéndos en ella, hemos hecho la experiencia de atravesarla y sacudirnos, hasta contemplar la inmóvil miseria a la que nos ataba su poder. Sólo la poesía, en su sentido más amplio sea escrita o vivida, sea música, o la suicida llamada de un amigo antes del amanecer, es capaz de hacer de la culpa el dibujo de un enemigo por vencer, y ante el cual huir. Escribir poesía significa cultivar otra forma de sentir y, en el mismo acto, otra forma de habitar el aliento de ese mundo otro de este mundo.
No hay culpa ni deudas. Sólo un deber sin tarea: cuando se escribe poesía, cuando se vive poéticamente, nada ha de quedar pendiente; todo es realizado cómo debe ser realizado y desrealizado, cómo la dignidad nos dicta y, al mismo tiempo y performáticamente, cómo nos lo hace cumplir: con imaginación y sensibilidad, con miras a un horizonte inesbozable, a un horizonte sin horizonte y sin fin, pero pletórico de común porvenir. Resistir es potenciar el aquí desde aquí: desobrar la irrefutable actualidad del mundo actual.
En ese sentido, o en el sentir de ese sentido, escribimos poesía para desandar y herrar las huellas del camino, las cuales, exitosas, se extraviaron al encontrar tan sólo un único y certero destino. Escribimos, vivimos poesía para imaginar otras huellas, quizás las de Heráclito, como si, plantando cara al desgaste, tales huellas -ahora mismo- habitaran en el fondo del río, mientras los contornos de sus pies nos fueran traídos a esta única imaginación común y diferida (la mía, de quien escribe, la tuya, de quien lee) por el inescrutable devenir de ese mismo río, pero sin nunca llegarnos del todo ni completamente, sólo llegando a nuestras manos las huellas de las huellas de los pies de Heráclito, sus contornos desprovistos de contornos.
La poesía resiste cuando nos vence, cuando, en medio de esta mierda de planeta, del sopor de las escrituras burocráticas y conocimiento reproductivas, puede derrocar la desolación y el pánico, frustrando cualquier oposición que nuestra individualidad intente ante los padecimientos y arrobamientos que ella porta. Por eso, aunque hoy la poesía parece yacer triste y angustiada, víctima de una melancólica sobredosis de sí misma, marginada como un paria invisible sobre hielos y placas de lisura y transparencia, de genocidios y algoritmos, ella resiste y no claudica en irrigar imaginación al mundo desde el corazón de los pueblos. Porque el corazón de los pueblos siempre será la imaginación del mundo. La poesía es la potencia común con que imaginan todas y cada una de las formas-de-vida.
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Sin culpa; tras haberla atravesado culpa, después de resistir a ella. Sin verse obligado a más culpa, sin verse obligado a encubrir la vergonzosa cobardía de no enfrentarla, de haberla esquivado o huído de ella, siendo doble, recursivamente culpable. Pero, tampoco, jactándose, con absoluto orgullo, de encontrarse más allá de la espesa turbiedad con que ella nos anega el alma: ¡Escribid sin culpa, dándole cara a la culpa! ¡Atravesadla! ¡Escribid por el deber y por el honor que os han conferido quienes hoy ya no pueden hacerlo sino por vuestra poesía, gracias a quienes lo inapropiable de vuestra poesía hoy puede escribirse!
