Alejandra Castillo / Me creas una ventana. Una nota sobre Marciano de Nona Fernández

Filosofía, Literatura, Política

“En mi celda de Brasil aprendí a jugar ajedrez mentalmente. Cerraba los ojos y dibujaba un tablero imaginario en mi cabeza. Un gran cuadrado trazado por ángulos rectos, que a la vez se conformaba de sesenta y cuatro cuadrados pequeños que hospedarían a una pieza, también imaginaria, en algún momento del juego”. (Nona Fernández, Marciano)

Contar una historia como quien vuelve a una partida de ajedrez que ha quedado congelada en el tiempo. Repasar los movimientos de memoria, una y otra vez, avanzar por las mismas casillas advirtiendo salidas donde se pensaba un fin de camino. O, quizás, contar una historia solo para trazar cuatro ángulos rectos que en su unión abren una ventana para mirar el mar y desde ese lugar ver a Mauricio Hernández Norambuena, el comandante Ramiro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Nona Fernández crea esa ventana en su novela Marciano1.

Miguel Ángel Hermosilla / La columna Oscura de Leyla Selman. Hacia una poética de la trasgresión mater-ializada

Literatura

Sombra se encuentra en la oscuridad implacable del otro”. Leyla Selman. La Columna Oscura.

La escritura Madre- hijexs, que recorre la lengua menor y desterritorializada en el texto La columna oscura de Leyla Selman publicada por Mocha Editores, traza una complicidad entre lo que Bataillie sostendrá sobre el erotismo; como un movimiento que consistiría en “la afirmación de la vida hasta la muerte”, y la narración des- personalizada y des- realizada que esta escritura de trasgresión y destrucción de la lengua literaria dominante performatiza en el desgarro de la potencia del cuerpo que ahí escribe, y tal vez en eso se juega toda la erótica de la anasemia verbal del juego de signos que escenifica la polisemia des-centrada de esta poética mater-ializada1, que en todo momento guiñe y se deja habitar por la muerte pero en función de la ritmicidad y el eros mater-ial que pulsa en su escritura.

Efrén Giraldo / Un ensayo de mirada

Estética, Filosofía, Literatura

Sobre La mirada disyecta de raúl rodríguez freire, Santiago de Chile: Mimesis, 2024.

El más reciente libro de raúl rodríguez freire ejemplifica la manera en que, desde la reflexión y la creación, en América Latina se siguen desarrollando nuevas formas y modos del ensayo. La mirada disyecta. Corpoficción es una obra que trata de responder a la extraordinaria movilidad que el género de Montaigne ha empezado a tener en contextos que parecerían distantes de la literatura. Y también, da ocasión para discutir el punto que han alcanzado los cruces entre edición, imagen y ensayo.

Ahora bien, antes de discutir los perfiles ensayísticos que se insinúan en este libro, valdría la pena referirse a la relación entre mirada y ficción que se plantea desde el primer capítulo, un texto “redondo” sobre La invención de Morel, la célebre novela de Adolfo Bioy Casares. En este capítulo, rodríguez freire se ocupa de algo más bien desatendido: el modo en que la novela Bioy hace suyas algunas preguntas cruciales sobre la mirada. Desde el prólogo de Borges hasta el libro aquí reseñado, pasando por el ensayo de Blanchot y la película de Resnais, podemos darnos de cuenta de un tema que ha permanecido, hasta cierto punto, en la sombra: que la novela de Bioy es una ficción sobre el mirar. Esto, como se sabe, ya estaba en el referente fundamental de la novela: El castillo de los Cárpatos, una novela de Verne publicada en 1892 que reelabora una larga tradición que se remonta hasta el mito de Pigmalión. O, incluso, hasta el mito de Pandora, que recientemente ha sido reelaborado por películas como Her de Spike Jonze y, un poco antes, por novelas como La ciudad ausente de Ricardo Piglia. Este mito no es otro que el de la mujer imaginaria, proyección de un hombre.

Gerardo Muñoz / Los balleneros del mundo

Filosofía, Literatura, Política

Rodrigo Karmy me da el pie forzado: “¿Cuál es la figura genealógica que mejor recuerda a esa forma de enemistad? El pirata”. Y en efecto, hay que entender los acelerados procesos en curso como extensas coreografías civilizatorias que ahora, en pleno chisporroteo y agitación, encuentran un temible punto de legibilidad. ¿En qué sentido asistimos a un orden integral de piratas, como sugiere Karmy que leamos el dominio de la política imperial y del imperio de la política? En este punto me gustaría recordar un brillante y ya olvidado libro de Charles Olson titulado Call Me Ishmael (1947), en el que ofrece una interpretación aguda de la esencia y orientación del Americanismo como civilización planetaria. Y es que a diferencia de tantos otros – pensamos en Max Weber sobre el calvinismo y la deificatio comunitaria; o en los marxistas sobre el modo de producción fordista y la revolución pasiva; e incluso si pensamos en la economía del espectáculo y el psiquismo de la cultura de masas – para Olson, quien da un necesario paso atrás, la civilización desplegada por el Americanismo es esencialmente un régimen de producción que nace de la extracción del aceite de las ballenas en el siglo diecinueve [1].

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Inv(f)ierno

Filosofía, Literatura

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La experiencia del insomnio es, en sí misma, la experiencia de la angustia ante el absurdo. En ella se expresa, como una mueca cruel y trémula, el desfondamiento de cualquier ilusión acerca de la armonía de la existencia y de su sentido. ¿Por qué? Porque el insomnio revela la peor de las tragedias, el más lacerante de los propios males. Al irredento sudor de esas noches, los insomnes flaquean: los hombres, quienes creen ser siempre hombres, dueños de sus pensamientos y gobernantes de sus acciones, siente cómo el vértigo de la nada perfora su pecho hasta vaciarlo por completo, hasta tornarlo un abismo. En efecto, la experiencia del insomnio pareciera, antes que constituir una experiencia límite, tensar y retorcerse sobre todos los límites. En la plaga de inmediatez que padece el insomne, el tiempo se manifiesta de modo contraído, como si hubiese suprimido su naturaleza sucesiva: no hay desesperación por el ayer ni por el mañana, sino por un inhabitable ahora que, lejos de cuajar en presente, aparece como límite y limitación. El caudal de pulsiones atormenta y asedia al insomne, llevándolo a enfrentarse consigo mismo: tal vez sólo en ese estado se pueda responder con total seriedad a la pregunta por el suicidio, aquella pregunta donde se juega el más mínimo sentido o sinsentido de la vida. Pues, cuando nos interpela, el insomnio apela a la contradicción de nuestra voluntad: mientras más queramos dormir, menos podremos hacerlo; mientras más esfuerzo pongamos en dormir, en abandonarnos, más lejos nos encontraremos del sueño, y más cerca de la culpa, de la locura, de la muerte. La serpiente se come la cola, los hombres se suicidan, los atormentados no pueden entregarse al descanso. En medio de esta batalla, sólo vale confiar en que el cuerpo cruce un último límite: tensarse hasta la extenuación, hasta un desvanecimiento que le permita dormir o morir. He ahí la mortal aporía que exhibe el insomnio: envenenarnos con la turbiedad de ese aire interior, enrarecido hasta la psicosis, el cual ya no encuentra poros por donde lograr huir; el cual ya no encuentra poros por donde, dicho mismo aire, logre respirar.

Alejandro Palavecino / Alfonso Alcalde, réplicas de un temblor de tierras

Literatura

Hay una foto de ese día. Un autoretrato junto a un columpio. El ministro de fe era un viejo y sabio profesor de un barrio tomecino. Alfonso fue el padrino. La madrina, la abuela del infante. Todos, menos ella, ateos declarados.

— “Te bautizo y recibo en nombre de los hombres de buena voluntad: Darwin Rodríguez”, pronunció el improvisado bautizador. Así el pequeño Darwin, a la sombra de las ruinas de una vieja construcción de adobe, en el cerro Frutillares de Tomé, recibió su nombre y lo ató para siempre a su padrino: Alfonso Alcalde, quien, para inmortalizar el evento, sacó un par de fotografías del niño y una de él mismo, junto a un columpio, la soga alrededor del cuello.