Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Filosofar la filosofía

Filosofía

Physis y Kosmos

Suele decirse que «la física está en todo». Tal proposición resulta innegable. Si concebimos el todo como un conjunto absoluto cuya característica esencial consiste en reunir la totalidad extensiva de los entes intramundanos materialmente constituidos, la física, en cuanto ciencia que estudia las leyes universales que rigen sobre el decurso material de los fenómenos empíricos, ha de expresar su dominio sobre todos y cada uno de aquellos entes. Así, el objeto de estudio de la física, el reino de lo físico, manteniendo su connotación etimológica originaria, esto es, el sentido de la noción de “naturaleza”, propia de la physis griega, no tan sólo representa, sino que constituye materialmente la objetualidad fenoménica de los entes circunscritos bajo la idea de naturaleza.

Javier Agüero Águila / La cesantía y las flores

Filosofía

La cesantía no es la falta de horarios. No va de timbrar o no timbrar; no es la organización de tu día o de la desesperación de “no tener nada que hacer”. En ningún caso se trata solo de extrañar el sueldo de fin de mes que veías pasar como una ráfaga de viento frío y que te llevaba, de inmediato, a esperar que el mes termine para que viniera la misma ráfaga y despuntara otra vez el ciclo.

La cesantía no es la “desvinculación” (una de las palabras-fetiche más sediciosas que pueda existir, sobre todo si después le viene el predicado “… por necesidades de la empresa”, haciendo sonreír socarrón al sadismo vestido de santo).

No. La cesantía no es perder un “círculo” de personas con las que te relacionabas diariamente pero que, después de que te sacaron, no puedes sino percibirlos como fantasmas y ni siquiera tienes la certeza de que alguna vez existieron y permanecen ahí, en tu recuerdo, diferidos, envueltos en vapor y en sueños, en medio de la niebla; y sus rostros comienzan a desaparecer y te das cuenta que, de plano, ya no existen más, o al menos tal como lo hacían ahí, en las oficinas, en las reuniones, en algún cigarrillo de patio o en una discusión que no siempre terminaba bien, pero era.

Aldo Bombardiere Castro / Primera divagación en torno a la muerte: Encuentro

Filosofía

Su advenimiento detenta el mayor rango de necesidad: resulta absoluto. La muerte es ineludible. Un bostezo oscuro, cataclísmico o parsimonioso, cuyo modo de darse ha de ser único e irrepetible. Quizás lo únicamente importante que sabemos acerca de la muerte radica en la certeza no tanto de su fatal advenimiento, sino de la postrera donación que nos hace: la apertura de aquel último espacio de experiencia que antecederá a nuestra finitud.

Por cierto, el pensar la muerte abre un evento límite de la experiencia. Un tipo de experiencia, por así decirlo, contrafáctica. Por lo mismo, algunos filósofos tan centrados en la vida, han hecho de la muerte un margen de negatividad no sólo imposible de ser tematizado, sino también un acto afectivamente perjudicial para el despliegue de un feliz habitar en el mundo. Así, tras afirmar que la muerte no es nada con respecto a nosotros y de mostrar el necio terror que anima al anhelo de inmortalidad, Epicuro, con un tono de despreocupada sabiduría, a la vez que profundo y ligero, afirma lo siguiente:

Javier Agüero Águila / Amar al mundo

Filosofía

El relámpago no era más que una luz ordinaria, ¿Acaso nada podrá mantenerte aquí, mi amor. Leonard Cohen)

¿Y si el mundo fuera el amor? ¿El amor de alguien hacia un otro que en búsqueda de una cierta justica termina por abrazar al mundo, se recoge en él, se acoge y se confunde con él? Nos referimos a todo el amor del mundo que es el mundo; un mundo que contiene la promesa de amar incondicionalmente, más allá de toda muerte, de toda vida y en la sobrevida1, a ella, a él y a nosotros (en latín del pronombre personal “nos” y del adjetivo en plural “otros”; en latín, también, con el sufijo “ter” se forma el posesivo noster, nostra, nostrum. Puntualmente se entiende en su etimología como “yo y otros más”, es decir amar en singular y en plural tanto como se pueda, por lo tanto, amar a la vez todo lo que sea posible amar). ¿Pero este amor que es el mundo es una posibilidad para ir, directamente, al amor mismo? en el sentido de la rectitud –droiture2–, en otras palabras, a esa zona donde se juega sin condiciones la justicia, la responsabilidad, la hospitalidad, la herencia, el otro, en fin, todas figuras de amor en el mundo y a partir de las cuales se nos exige una respuesta, también, política.

Javier Agüero / Jacques Derrida: el menos judío siempre judío

Filosofía

Traiciona su tradición

Habría en Derrida, como lo sostiene Gérard Bensussan, “una afirmación negativa de sí” (“Le dernier reste”, 2003). Resentimos en su escritura un temblor de circuncisión que se desplaza constatando un cuerpo, desde siempre, mutilado; escindido de alguna manera y condenado a la nostalgia de la suplementariedad desde su nacimiento o, para ser precisos, después de ocho días de nato, tal como lo impone la tradición judía. Serían ocho días en que se vive fuera de cualquier mandato, sin pertenencia y en el vapor de una alianza que aún no es consumada. No obstante, todo se “encarna” pasado este tiempo, imprimiendo en el cuerpo la orden que Dios da a Abraham y que hará posible el pacto:

Aldo Bombardiere Castro / Divagaciones: Donar-se

Filosofía

Pese al ruido de la ciudad, advierto la oxidada circularidad de sus pasos. Me levanto del sofá y camino hacia el balcón. Desde allí la veo. La bicicleta tiembla tal cual lo hacen sus manos empuñadas al volante. Antes de estacionarse alza sus ojos, asiente levemente con la cabeza y levanta su mano en señal de saludo. Aunque no entiendo lo que dice, respondo casi por inercia: levanto ligeramente mi mano hasta sentirme ridículo e infantil. Noto que ladea la bicicleta apoyándola contra la reja del jardín y, con una lentitud muda pero dolorosa, interna su curvado cuerpo en el edificio. Ahí la pierdo de vista. Algo en ella me recuerda a mi madre. O quizás a mi abuela, quien fuera el primer cadáver que vi cuando, a la edad de cinco años, mi madre me alzó en brazos para obligarme a besar el cristal del ataúd: “tienes que desearle esos lindos sueños que ella te deseaba cada noche”, me dijo ella, mientras mi beso caía a la altura de los párpados mal cerrados de mi abuela. Los golpes de la puerta interrumpen ese recuerdo. Me apresuro a abrirla. Veo el rostro de la mensajera, su uniforme de la empresa de correo, ambos más ajados que nunca. Con todo, ella sonríe. Yo también lo hago. Entonces procede a entregarme los envíos. Extiende las cartas más pequeñas sobre la encomienda más grande, pero, retardando el ritmo, deja una pequeña carta para el final, y la coloca en mi mano realizando una exagerada parábola en el aire, como si con ese gesto buscara dibujar la prolongación de su sonrisa. Es un regalo, me dice sin hablar. Y mientras intento descrifrar el nombre del remitente, mientras me obsesiono por saber a cuál rostro refieren esos signos ininteligibles escritos por una mano temblorosa, el rostro de la anciana desaparece de mis pensamientos. Cuando lo noto, ya todo parece demasiado tarde. Ella se ha ido y, desde el balcón, sólo logro ver, a lo lejos, cómo el meta de su bicicleta refleja los primeros rayos del amanecer.