Giorgio Agamben / Libertad e inseguridad

Filosofía, Política

John Barclay, en su profética obra Argenis (1621), definió en estos términos el paradigma de la seguridad que más tarde adoptarían progresivamente los gobiernos europeos: «O se da a los hombres su libertad o se les da seguridad, por la que abandonarán la libertad». La libertad y la seguridad son, pues, dos paradigmas antitéticos de gobierno, entre los que el Estado debe elegir cada vez. Si quiere prometer seguridad a sus súbditos, el soberano tendrá que sacrificar su libertad y, a la inversa, si quiere libertad tendrá que sacrificar su seguridad. Michel Foucault ha mostrado, sin embargo, cómo debía entenderse la seguridad (la sureté publique), que los gobiernos fisiocráticos, a partir de Quesnay, fueron los primeros en asumir explícitamente entre sus tareas en la Francia del siglo XVIII. No se trataba entonces -como ahora- de prevenir las catástrofes, que en la Europa de aquellos años eran esencialmente hambrunas, sino de dejar que se produjeran para intervenir inmediatamente después para gobernarlas en la dirección más útil. Gobernar recobra aquí su sentido etimológico, es decir, «cibernético»: un buen piloto (kibernes) no puede evitar las tormentas, pero cuando se producen debe ser capaz de gobernar su barco según sus intereses. Lo esencial en esta perspectiva era difundir un sentimiento de seguridad entre los ciudadanos, mediante la creencia de que el gobierno velaba por su tranquilidad y su futuro.

Lo que estamos presenciando hoy es un despliegue extremo de este paradigma y, al mismo tiempo, su oportuna inversión. La tarea primordial de los gobiernos parece haberse convertido en la difusión generalizada entre los ciudadanos de un sentimiento de inseguridad e incluso de pánico, coincidente con una compresión extrema de sus libertades, que precisamente en esa inseguridad encuentra su justificación. Los paradigmas antitéticos hoy ya no son la libertad y la seguridad; más bien, en términos de Barclay, habría que decir hoy: «dale a los hombres inseguridad y renunciarán a la libertad». Ya no es necesario, por tanto, que los gobiernos se muestren capaces de gobernar los problemas y las catástrofes: la inseguridad y la emergencia, que son ahora la única base de su legitimidad, no pueden en ningún caso eliminarse, sino -como estamos viendo hoy con la sustitución de la guerra entre Rusia y Ucrania por la guerra contra el virus- sólo articularse de maneras que convergen, pero que son diferentes cada vez. Un gobierno de este tipo es esencialmente anárquico, en el sentido de que no tiene principios a los que adherirse, salvo la emergencia que él mismo produce y anima.

Es probable, sin embargo, que la dialéctica cibernética entre anarquía y emergencia alcance un umbral, más allá del cual ningún piloto será capaz de gobernar la nave, y los hombres, en el ya inevitable naufragio, tendrán que volver a preguntarse por la libertad que tan imprudentemente han sacrificado.

Fuente: Quodlibet.it


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