El mundo comienza a ser inhabitable. Esto que hoy, en la era en que no podemos menos que sentirnos responsables de la destrucción paulatina del mundo, parece evidente, en realidad representa una contradicción. Aún cuando definamos sus límites como los bordes del lenguaje, mundus es la traducción latina de la palabra griega kosmos, que no sólo representa un orden, sino también lo limpio y cuidado y en su historia filosófica ha sido el lugar por excelencia del todo, independiente del punto de proyección (la mente individual, el entorno, el planeta o el universo). De alguna manera, mundo es lo que no se puede descuidar, porque a través de sus señas, marcas, rastreamos la creación, en la superficie de misteriosa profundidad nombramos las cosas. Mundo es el lugar en que todo paisaje puede aparecer, es decir, donde se da la aparición como tal, incluso de aquello que no podemos nombrar. El inframundo puede ser oscuro, imposible de alcanzar, imperceptible, pero sabemos que el mundo también lo acoge y nos lo entrega en su imperceptibildad.
Fin del mundo
Giorgio Agamben / Sobre el fin del mundo
FilosofíaEl tema del fin del mundo ha aparecido varias veces en la historia del cristianismo y en cada ocasión han comparecido profetas anunciando como próximo el último día. Es extraño que hoy esta función escatológica, que la Iglesia ha dejado caer, haya sido asumida por los científicos, que se presentan cada vez más a menudo como profetas, que predican y describen con absoluta certeza las catástrofes climáticas que conducirán al fin de la vida en la tierra. Singular, pero no sorprendente, si se considera que en la modernidad la ciencia ha sustituido a la fe y ha asumido una función propiamente religiosa -es, en efecto, en todos los sentidos, la religión de nuestro tiempo, aquella en la que los hombres creen (o, al menos, creen que creen).
